La alegría se respiraba en el ambiente. Mi madre no podía disimular su emoción al vernos finalmente en paz. Elina y Stella también parecían aliviadas; después de tantos malentendidos, por fin todo volvía a estar en calma.
Asher se despidió poco después, con esa amabilidad que lo caracterizaba. Stella insistió en acompañarlo hasta la puerta, y ambos salieron entre sonrisas.
Cuando regresé, comenté que probablemente tendríamos que pasar la noche en el hospital. Mi madre asintió con ternura, acariciándome la mejilla, asegurando que al día siguiente todo estaría mejor. Elina propuso quedarse con nosotras, pero mamá insistió en que regresaran a casa, preocupada por sus padres. Después de un pequeño intercambio de risas y cariño, ambas aceptaron.
Las chicas se despidieron con afecto, deseando que mi madre amaneciera bien. Prometieron volver al día siguiente, y yo les agradecí por su compañía.
Me quedé un buen rato observándola, asegurándome de que su respiración siguiera tranquila, mientras el cansancio empezaba a pesarme en los párpados. La luz blanca del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta, bañando la habitación con un resplandor tenue. El sonido del reloj, marcando cada segundo, fue lo último que escuché antes de que mis ojos se cerraran por completo.
Me desperté con el suave golpe en la puerta. Me incorporé de la cama, con el cabello desordenado y los ojos aún entrecerrados, y fui a abrir.
—¡Buenos días, señorita Elowin! —la enfermera entró con una sonrisa tan luminosa que disipó el silencio del cuarto.
Me aparté un mechón de cabello de la cara y le devolví la sonrisa, todavía con el recuerdo del sueño en mis párpados.
—¡Buenos días, enfermera! —me apresuré a enderezar la bata de dormir—. ¿Sucede algo?
—No, solo vine a tomarle los signos vitales a tu madre antes de que se vayan —sacó el estetoscopio del bolso, con movimientos precisos y tranquilos.
Asentí, intentando ocultar un leve rubor por haberme levantado tan apresurada y con el cabello alborotado, y me aparté un poco para dejarla pasar.
La enfermera revisó a mi madre y yo permanecí sentada en el sofá, con los dedos jugueteando con el borde del cojín. No podía evitar pensar en los gastos del hospital; un nudo de ansiedad se formaba en mi estómago al preguntarme si debía ir a pagar de inmediato o esperar a que me lo pidieran.
Un saludo interrumpió mis pensamientos.
—¡Buenos días a todos! —Asher apoyó una mano en el respaldo del sofá y sonrió con esa seguridad suya que siempre lograba alterarme un poco.
—¡Buenos días, hijo! ¿Qué haces aquí tan temprano? —mi madre se inclinó ligeramente hacia él, con la curiosidad brillándole en los ojos.
—Como usted sale hoy del hospital, vine para llevarla a casa —se encogió de hombros con naturalidad—. Hoy seré su chófer.
Mi madre negó con la cabeza, con una sonrisa cansada pero agradecida.
—No tenías por qué, ya has hecho mucho por nosotras.
Intenté intervenir para que no se sintiera comprometido:
—Podemos irnos solas a casa —crucé los brazos y fruncí ligeramente el ceño.
Él arqueó una ceja y me dedicó una mirada divertida, cargada de intención.
—No trajeron su auto. Además, tu madre acaba de salir del hospital. No sería justo subirla a transporte público.
Suspiré y asentí, reconociendo que tenía razón. Su sonrisa se amplió al ver mi reacción.
—¡Vaya! ¡Me acabas de dar la razón! —una mezcla de sorpresa y burla se le dibujó en el rostro—. No lo puedo creer.
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Desilusión
Teen FictionUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
