CAPITULO 1

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El pitido insistente de la alarma no me despertó; me atacó

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El pitido insistente de la alarma no me despertó; me atacó. Un zumbido agudo que rompía el silencio a las siete en punto.

Me revolví bajo el edredón, buscando unos minutos más de tregua, pero ya no había espacio para el descanso. No cuando mi inteligencia me había llevado hasta la mejor universidad de Londres con una beca completa.

Y lo mejor de todo: iba a estudiar la misma carrera que mis amigas, las que siempre me habían acompañado desde la secundaria. Saber que nos encontraríamos allá, compartiendo aulas y proyectos, me daba un poco de calma en medio de la ansiedad.

Para la hija de una madre soltera, aquello no era un logro cualquiera. Era el resultado de años de desvelo, sacrificios compartidos y silencios llenos de cansancio. Yo no podía fallar. No cuando cada día allí era una deuda que mamá había pagado con su propio esfuerzo.

El agua fría de la ducha me devolvió la claridad. Dejé que el golpe helado despertara cada músculo, borrando la neblina del miedo y del sueño.

De vuelta en mi habitación, abrí el armario y observé la ropa. No había mucho donde elegir: vestidos sencillos, camisas gastadas, abrigos que habían visto demasiados inviernos. Aun así, escogí mi falda verde con flores pequeñas, la blusa color marfil de algodón suave y mis zapatillas beige gastadas. Cada prenda tenía un pedacito de mí y me hacía sentir capaz de enfrentar cualquier día.

Ese amor por lo silvestre me venía desde niña. Mamá no podía comprarme juguetes, pero me regalaba semillas. Decía que con paciencia crecería algo hermoso, y tenía razón. En una jardinera agrietada, entre cemento y polvo, crecieron mis primeras petunias. No eran perfectas, pero eran mías. Cada vez que las veía florecer, aprendía que la belleza podía existir incluso en los lugares más rotos.

Terminé de vestirme y me miré al espejo. Pasé los dedos por mi cabello, dejándolo caer libre sobre los hombros. No buscaba perfección; quería que reflejara quién era: una mezcla de nervios y determinación. Vestirme era ponerme la armadura de la chica de la beca, lista para demostrar que merecía su lugar.

Bajé a la cocina. Mamá estaba ahí, revisando el correo, con la taza de café en una mano y la preocupación en la otra. Le sonreí, aunque ella no levantó la vista. No hacía falta hablar.

Tomé mis tostadas, bebí un sorbo de jugo y salí.

En el asiento trasero del auto, observé Londres mientras despertaba. Las calles todavía estaban húmedas por la llovizna nocturna, y un aroma a pan recién horneado flotaba desde alguna cafetería. Los transeúntes caminaban apresurados bajo paraguas de colores apagados, y los autobuses rojos pasaban como destellos entre la bruma. Los árboles que lograban sobrevivir al asfalto parecían flaquear ante el concreto, igual que las flores de mi vieja jardinera.

Hoy empezaba mi nueva vida, pero llevaba ese pedazo de tierra conmigo.
Y mientras el motor ronroneaba, no pude evitar preguntarme: ¿qué me esperaba más allá de estas calles grises?

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora