Entramos al salón de clases y, al instante, notamos que casi todos los asientos ya estaban ocupados; nosotras éramos las últimas. Nos deslizamos a los tres libres junto a las ventanas, buscando un respiro en medio del bullicio.
La puerta se abrió de golpe. Un hombre de aspecto grave entró, con un traje oscuro y corbata perfectamente ajustada, sosteniendo unos libros que parecían pesar más de lo que el cuerpo puede medir. Su presencia llenó el aula como una sombra repentina.
—¡Buenos días! Soy Walter Johnson, su profesor de Derecho. Este año les pido puntualidad y concentración. Y por favor, enamórense de la materia —su voz fue firme, sin rodeos.
—¡Buenos días, profesor! —en coro, sin mucha emoción. Ya conocíamos ese tipo de bienvenida.
—Tomen asiento —la orden cayó pesada en el aula.
En ese momento, la puerta se abrió nuevamente. Dos figuras entraron con calma y determinación. Fruncí el ceño. La espalda ancha, el porte rígido, el traje impecable... no había duda.
—¡Ustedes dos! —interrumpió el profesor—. Llegan tarde. Preséntense y tomen asiento.
—¡Buenos días! Soy Asher Jones —anunció el joven, sin rastro de arrogancia.
—Hola, soy Milán Thompson —se presentó su amigo, con un aire más relajado.
—Muy bien. Ahora quiero los nombres y apellidos de todos los demás, comenzando con estas tres —ordenó el profesor, señalando nuestros asientos junto a la ventana.
Sentí la presión en el pecho. Ser el foco de atención me hacía sentir la beca un poco más lejana.
—¡Buenos días! Soy Stella Anderson. Enderezó la espalda; su confianza parecía llenar todo el espacio a su alrededor.
—¡Buenos días! Soy Elina Jess —pronunció con cuidado, delatando los nervios en un pequeño gesto al morderse el labio.
—¡Buenos días! Yo soy Elowin Harvey —dije, aferrándome a la calma mientras mis ojos evitaban perderse.
—Excelente —zanjó el profesor, dando por terminado el asunto antes de pasar a los demás.
Al tiempo que se presentaban los demás, mi mente permanecía en este chico. No solo su porte era rígido, casi ceremonioso; había en él una perfección que parecía construir un muro invisible. Sus ojos verdes captaban la luz como cristal, pero detrás de esa perfección había algo frío, distante, como si la soledad estuviera grabada en cada movimiento. Milán, en contraste, parecía despreocupado, con jeans y camiseta, rompiendo la rigidez de la escena.
—¡Atención! —ordenó el profesor—. Veinte minutos. Un informe sobre derechos humanos.
—¡No puede ser! —Stella frunció el ceño, bajando la voz con molestia.
—Tranquila —le dio un codazo Elina—. Ya lo repasamos la semana pasada en tu casa.
—Es cierto —pasé la hoja en blanco y tomé el bolígrafo—. Solo hay que organizarlo.
—Siempre dicen eso las becadas que se leen todos los libros —Stella apoyó el codo en la mesa, divertida—. Pero bueno, ¡aquí vamos!
A medida que la clase empezaba, no pude evitar mirar hacia la fila de atrás. Aquel chico no prestaba atención al profesor; su mirada estaba fija en nuestra mesa. Y no era a mí, sino a Stella.
Ella estaba completamente concentrada en Elina, discutiendo sobre el informe, sin notar el escrutinio silencioso de Asher. No era interés común: parecía analizar cada gesto, cada palabra, evaluando y midiendo con precisión incómoda.
El aire en el aula parecía más denso, y mis manos temblaban ligeramente al tomar el cuaderno. Algo había cambiado, y no estaba segura de qué era, pero sentí que nada sería igual a partir de ahora.
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Desilusión
Teen FictionUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
