CAPÍTULO 9

461 40 40
                                        

Los rayos del sol iluminaron la cueva.

― Despierta, lobita, tenemos que irnos.

― No, no quiero...

― ¡Venga, dormilona, levanta! ―Dante empezó a hacerme cosquillas.

― Vale, vale para ya, ya voy.

No podía parar de reírme; me cogió con sus grandes manos y se tumbó encima de mí. Me besó y le besé; no podía parar de besarlo, era como una droga y yo me estaba haciendo adicta de él y no quería parar. Le toqué el pecho y le apreté hacia mí; quería tenerlo lo más cerca posible de mi cuerpo, quería sentir su piel lo más pegada posible a la mía.

― Para, lobita, para... o no podré contenerme.

Se levantó y me cogió en brazos; me pegó contra las paredes de la cueva mientras me sujetaba y seguíamos besándonos. Me besaba como si yo fuera lo más especial y lo más bonito que él tenía.

― No sé qué me haces... me estás volviendo loco. ―Podía notar que estaba igual de excitado que yo en ese momento.― Tenemos que parar, amor; aunque me muera de ganas de hacer el amor contigo, este no es el lugar en el que me gustaría hacerlo la primera vez.

Puse cara triste y me bajé al suelo; aunque en ese momento no lo había pensado y me había dejado llevar por la excitación del momento y por la fuerte atracción que sentíamos el uno por el otro, tenía razón. Esa cueva no era el lugar.

― Tienes razón, aunque no quiera admitirlo.

Cogimos nuestras cosas y salimos de la cueva abrazados; parecíamos dos adolescentes. Dante no paraba de sonreír y ambos bromeábamos y nos reíamos; me encantaba verlo así. Estaba acostumbrada a verle siempre tan serio y autoritario que todo eso era nuevo para mí.

― Me gusta verte sonreír.

― ¿Qué puedo decir? Tú me haces sonreír.

Le volví a besar; estaba como en una especie de nube en ese momento, todo parecía un sueño y yo no quería despertar, pero el momento de felicidad desapareció. En ese instante Dante se detuvo y me hizo un gesto para que me callara.

― Creo que nos observan.

Lo vi mirando a todas partes y justo en ese momento, delante de nosotros, salió un pequeño conejo que se metió entre las piernas de Dante y lo tiró al suelo.

― ¡Mierda! Todavía no estoy recuperado del todo, tenía que haberme dado cuenta. ―Intentó levantarse, pero le costaba.

― Ven, yo te ayudo. ―Le tendí mi mano para que le agarrara y tiré de él.― ¿Estas bien?

― Me noto algo mareado, pero estoy bien, no te preocupes.

― No hace falta que te hagas el duro conmigo; yo también puedo cuidarte como haces tú.

Cogí su brazo, y lo pasé por mis hombros y le agarré de la cintura; seguimos andando así durante un rato y ya estábamos cerca de nuestras tierras.

― Sigo sintiendo que nos observan. ¿Tú no notas nada?

No había notado nada, la verdad; miré a mi alrededor, pero tampoco veía nada extraño.

― No.

Nos quedaba muy poco para llegar; apenas un metro nos separaba de nuestros límites. Pero ahora sí lo había notado, era esa sensación que había tenido ya varias veces. Volví a mirar hacia todas partes y lo volví a ver, allí estaban esos ojos amarillos observando en la oscuridad.

 Volví a mirar hacia todas partes y lo volví a ver, allí estaban esos ojos amarillos observando en la oscuridad

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Claro de LunaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora