Hace 27 años, el Oráculo del Bosque de los Siete Sabios habló por primera vez después de siglos en silencio:
"La primera niña nacida en Luna Nueva no será hija de la Luna. Ella tendrá su propia magia, y esa magia será la Luz en la Oscuridad. El fin...
― ¡Venga, dormilona, levanta! ―Dante empezó a hacerme cosquillas.
― Vale, vale para ya, ya voy.
No podía parar de reírme; me cogió con sus grandes manos y se tumbó encima de mí. Me besó y le besé; no podía parar de besarlo, era como una droga y yo me estaba haciendo adicta de él y no quería parar. Le toqué el pecho y le apreté hacia mí; quería tenerlo lo más cerca posible de mi cuerpo, quería sentir su piel lo más pegada posible a la mía.
― Para, lobita, para... o no podré contenerme.
Se levantó y me cogió en brazos; me pegó contra las paredes de la cueva mientras me sujetaba y seguíamos besándonos. Me besaba como si yo fuera lo más especial y lo más bonito que él tenía.
― No sé qué me haces... me estás volviendo loco. ―Podía notar que estaba igual de excitado que yo en ese momento.― Tenemos que parar, amor; aunque me muera de ganas de hacer el amor contigo, este no es el lugar en el que me gustaría hacerlo la primera vez.
Puse cara triste y me bajé al suelo; aunque en ese momento no lo había pensado y me había dejado llevar por la excitación del momento y por la fuerte atracción que sentíamos el uno por el otro, tenía razón. Esa cueva no era el lugar.
― Tienes razón, aunque no quiera admitirlo.
Cogimos nuestras cosas y salimos de la cueva abrazados; parecíamos dos adolescentes. Dante no paraba de sonreír y ambos bromeábamos y nos reíamos; me encantaba verlo así. Estaba acostumbrada a verle siempre tan serio y autoritario que todo eso era nuevo para mí.
― Me gusta verte sonreír.
― ¿Qué puedo decir? Tú me haces sonreír.
Le volví a besar; estaba como en una especie de nube en ese momento, todo parecía un sueño y yo no quería despertar, pero el momento de felicidad desapareció. En ese instante Dante se detuvo y me hizo un gesto para que me callara.
― Creo que nos observan.
Lo vi mirando a todas partes y justo en ese momento, delante de nosotros, salió un pequeño conejo que se metió entre las piernas de Dante y lo tiró al suelo.
― ¡Mierda! Todavía no estoy recuperado del todo, tenía que haberme dado cuenta. ―Intentó levantarse, pero le costaba.
― Ven, yo te ayudo. ―Le tendí mi mano para que le agarrara y tiré de él.― ¿Estas bien?
― Me noto algo mareado, pero estoy bien, no te preocupes.
― No hace falta que te hagas el duro conmigo; yo también puedo cuidarte como haces tú.
Cogí su brazo, y lo pasé por mis hombros y le agarré de la cintura; seguimos andando así durante un rato y ya estábamos cerca de nuestras tierras.
― Sigo sintiendo que nos observan. ¿Tú no notas nada?
No había notado nada, la verdad; miré a mi alrededor, pero tampoco veía nada extraño.
― No.
Nos quedaba muy poco para llegar; apenas un metro nos separaba de nuestros límites. Pero ahora sí lo había notado, era esa sensación que había tenido ya varias veces. Volví a mirar hacia todas partes y lo volví a ver, allí estaban esos ojos amarillos observando en la oscuridad.
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