CAPÍTULO 20

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― ¡Ey, chica, despierta!

―Los ojos amarillos... los ojos amarillos... los ojos amarillos...

― Para, para. ¿Qué ojos? ¿Qué dices?

Me desperté de golpe, gritando. Estaba empapada en sudor y aturdida, las sábanas estaban revueltas como si hubiera pasado una caballería por encima de la cama. Frente a mí estaba, Esme me observaba, con el ceño fruncido, tan confundida como yo.

― Solo ha sido un sueño ―murmuró, intentando calmarme―. No pasa nada, ya está.

Pero no era un simple sueño. El Sol iluminaba por completo mi habitación, sin embargo, seguía completamente desubicada. Cerré los ojos y los volví a abrir. Aquello no había sido un sueño normal... había sido otra cosa. Como un recuerdo manifestado en mis sueños a través de mi subconsciente.

― No era un sueño ―susurré―. Creo que no lo era.

― ¿Por qué no me lo cuentas? Tal vez así puedas tranquilizarte.

Respiré hondo y, a pesar de la vergüenza, le conté todo. Cada sensación, cada detalle. Le hablé de cómo sentía que alguien se había metido dentro de mi cabeza haciéndome prisionera de él y su voluntad, aunque sentía falsamente que también era lo que yo deseaba. Que era como si su mente dominara la mía, como si cada fibra de mi cuerpo obedeciera órdenes que no eran mías. Le conté que no parecía un simple sueño, que estaba completamente segura de que no lo era.

― ¿Me estás diciendo que te preocupa un sueño erótico con un sueño erótico con un hombre? ―preguntó Esme, intentando quitarle hierro al asunto―. Seguro que fue por lo que hablamos anoche... y el alcohol ha hecho estragos en tu cabecita.

― No, Esme. No era un sueño erótico. Yo conocía esa habitación. Había fotos. Era como si estuviera viendo un recuerdo de mi vida pasada, uno de antes de aparecer aquí. Y a él... lo conocía. No era un encuentro normal, Esme, me estaba dominando, estaba metido en mi cabeza, él mandaba en mi y, yo solamente estaba bajo su control.

―Bueno ―titubeó―. Supongamos que es un recuerdo, como dices. ¿Qué más da? Tú disfrutaste ¿No? Pues ya está, no lo veo tan importante.

― No. No disfrutaba exactamente. Era yo físicamente, pero estaba como hechizada. Él era quién decidía por mí. me estaba usando como si fuera su juguete, su marioneta. Él era quién ordenaba en mi mente lo que tenía que hacer o sentir. No podía pensar, solamente estaba sucumbida a él, me dominaba, ni yo ni mi cuerpo teníamos voluntad propia. Se estaba aprovechando de mí.

― Kyria... la situación es complicada ―dijo Esme más seria esta vez―. Nunca he escuchado algo así ,y no sé muy bien que decirte... Los sentimientos que me cuentas que tenías, o que todavía tienes no me gustan. Lo que estas describiendo suena a abuso. ¿Has pensado en si podría ser alguna expareja?

― Espero que no... sobre todo sabiendo quién era.

― ¿Sabes quién era?

― Cancervero.

― ¿Qué?

― Era él.

―Pero... ¿cómo puedes estar tan segura? Nadie ha visto su cara hasta la otra noche, en el Plenilunio. Y mucho menos se le ha visto en su forma humana...

― Tenía sus ojos, Esme. Esos malditos ojos amarillos... los mismos que me han acechado desde que llegué aquí. Los mismos que estaban cuando atacaron a Dante...

― ¿Cuándo atacaron a Dante? ―preguntó Esme, confundida.

―Es una larga historia ―murmuré, bajando la mirada―. Pero eran los mismos ojos que tuve enfrente la otra noche. La misma sonrisa... que parece salida del mismísimo infierno. Sé que era él. Estoy completamente segura.

Claro de LunaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora