CAPÍTULO 25

257 32 24
                                        

Dante me llevaba en sus brazos, aunque yo apenas podía moverme, escuchaba y estaba atenta a todo lo que pasaba a mí alrededor.

― Gertru, ve a su cabaña, la atenderás allí.

― Estaría mejor en mi consultorio, Dante, allí tengo todo lo necesario para atenderla.

― He dicho que vayas a su cabaña.

― No solo te importa a ti, también es importante para mí, es mi sobrina.

― He dicho que vayamos a su cabaña y no hay más que discutir.

― Vamos, Gertru ―interrumpió Esme―. No tenemos tiempo que perder.

Esme agarró a Gertru, que en ese momento tenía los ojos llorosos, y las dos se fueron al consultorio a coger las cosas que necesitaban para llevar a mi cabaña.

― Break, Héctor, Conan, Lucil y los demás, registrad el Claro. Aseguraos de que no queda nadie en nuestras tierras. ―Todos, en su forma de lobo, salieron corriendo tras la orden de Dante.― Padre, ve con ellos. Necesitan un Alfa que los guíe, y aquí no hay nadie mejor que usted para eso.

Edon le puso una mano en el hombro a Dante y asintió. Su cuerpo se transformó en un enorme lobo gris y salió en busca de los demás.

 Su cuerpo se transformó en un enorme lobo gris y salió en busca de los demás

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Dante seguía cargándome en brazos. Mi vestido estaba empapado y mis manos eran completamente rojas por la sangre.

― Aguanta, lobita, ya llegamos. Todo saldrá bien.

Me llevó todo el camino en sus brazos hasta mi cabaña. Allí estaban esperando Gertru y Esme con todo preparado. Danto me tumbó en la cama con cuidado y, cuando ya estaba acostada Gertru lo apartó a un lado.

― Puedes quedarte aquí, pero no molestes.

Dante asintió y se quedó en rincón de la habitación, mirando cómo Gertru y Esme hacían todo lo posible por salvarme.

Esme cortó el vestido con unas tijera para quitarme la ropa; prácticamente todo mi cuerpo estaba cubierto de sangre.

― Primero hay que lavarla. Esme, acércame el agua y el jabón.

Limpiaron mi herida y la sangre que tenía alrededor y ahí es cuando pudieron ver que la herida de la daga ocupaba la mitad de mi abdomen. Gertru se echó las manos a la cabeza.

― No tenías que haberla quitado, hiciste la herida más grande.

― Era... plata.

El único motivo por el que me saqué la daga fue porque no quería que ellos la tocaran, no quería que les pasara nada.

― Cierra los ojos, amiga, esto te va a doler.

― Primero hay que desinfectar la zona, Esme.

Echaron un líquido en la herida, que supuse que era alcohol o algún otro antiséptico. En cuanto el líquido cayó sobre mi piel, empezó a arder. Me ardía, me ardía muchísimo, y el dolor era insoportable.

Claro de LunaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora