Hace 27 años, el Oráculo del Bosque de los Siete Sabios habló por primera vez después de siglos en silencio:
"La primera niña nacida en Luna Nueva no será hija de la Luna. Ella tendrá su propia magia, y esa magia será la Luz en la Oscuridad. El fin...
Me sacaron de la celda y me metieron en una habitación oscura.
Uno de sus hombres se acercó a mí por la espalda y me clavó una daga que sacó rápidamente. Grité de dolor.
ꟷ No sufras, te recuperarás. No es de plata. No puedo permitirme acabar contigo tan rápidamente.
Cancervero me quitó las cadenas de plata; mis muñecas estaban llenas de quemaduras.
Entre los dos hombres me llevaron a dos correas de cuero que colgaban del techo. Cogieron mis brazos y los levantaron, colocando cada uno en una de las correas. Las apretaron bien y se aseguraron de que no podía sacar mis manos, para que no escapara. Aun así, yo me movía con intención de soltarme, aunque en el fondo sabía que era imposible. Me encontraba de pie, con los brazos hacia arriba, amarrados a esas malditas correas.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
ꟷ ¿Ahora no eres tan valiente, verdad?
ꟷ Te odio.
Cancervero se reía. No contestó ni dijo nada; solamente risas salían de su boca. Pero sabía que, aunque no dijera nada, ambos compartíamos el mismo sentimiento.
ꟷ Vosotros ꟷse refirió a los hombres que iban con élꟷ, ya sabéis lo que tenéis que hacer.
Cancervero se dio allí la vuelta para marcharse, para dejarme solo con sus hombres.
ꟷ ¿Esto es lo que haces? ¿Dejar que sea tu gente la que te haga el trabajo sucio?
No me contestó, aunque ya sabía que no iba a hacerlo.
Sus hombres me rodearon. Me fijé en que todos sus hombres tenían la mirada perdida; estaban embrujados. Ellos no eran los dueños de sus actos, estaban manipulados, tal y como había hecho con Kyria, sin ser dueños de su propia voluntad.
Uno de ellos se acercó a mí y volvió a clavarme una daga en el lado contrario donde me la habían clavado la primera vez. Mi cuerpo sangraba. Me dieron puñetazos, patadas, clavaban sus uñas en mis heridas, haciéndolas sangrar. Uno de sus puñetazos me dio directamente en la cara; mi boca enseguida empezó a tener un sabor metálico, me habían partido el labio.
Cogieron uno de los puñales y empezaron a escribir con él en mi torso, como si mi cuerpo fuera un lienzo en blanco y esa daga su pincel. Según escribían, clavándome la punta de aquella maldita daga, notaba cómo mi piel se rajaba, notaba el escozor y mi sangre cayendo. Los hombres se reían entre ellos.
"MUERTE AL ALFA"
Eso es lo que habían escrito en mi torso. Mientras hacían todo eso, de mi boca no salió ni un solo ruido de dolor. Sabía qué era lo que querían conseguir: querían que me retorciera de dolor, que gritara e incluso que les rogara por mi vida, y no iba a darles esa satisfacción.