CAPÍTULO 18

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― ¡Kyria! ―Esme me gritaba desde la puerta del consultorio cuando me vio acercarme―. ¿Ya habéis terminado?

― Sí. ¿Y vosotras?

― Está terminando Gertru de enseñarles unas hierbas a las nuevas y, en cuanto acabe, soy libre como un pajarito.

― ¿Qué tal el día?

― Estresada ―Esme puso cara de horror y echó los ojos hacia atrás―. No saben nada, es un horror. Confunden la flor de saúco con plantas venenosas. Es como si no supieran diferenciar el orégano del perejil.

Empecé a reírme.

― Bueno, creo que a mí me pasaría lo mismo.

― ¡No te rías! Mejor no te cuento la clase de primeros auxilios. Te lo digo completamente en serio, amiga, si mi vida dependiera de ellas, preferiría morir.

― Ya será para menos, llevan poco tiempo. Todavía tienen que aprender.

― Tiempo... ―resopló―. Me agotan la paciencia, y no es que sea algo que me sobre precisamente.

Esme era única. Era fiel y leal, pero también era divertida. Era una persona que te decía las cosas tal y como le pasaban por la cabeza; no tenía filtros. Era especial, hacía sentir bien a las personas.

― Escucha, voy a ver si le meto prisa a Gertru y se van ya. Luego voy a tu cabaña, espérame allí.

Esme se metió al consultorio y yo seguí caminando hacia mi cabaña. Vi cómo los niños salían de la escuela; también habían alargado sus clases. Héctor había puesto un gran letrero en la escuela: por la mañana habría clases de conocimiento y cultura, y por la tarde, clases de defensa personal.

A lo lejos, un grupo de mujeres encabezadas por Lucil también regresaba de su entrenamiento. En principio Esme tenía que ir con ella, pero había decidido quedarse los primeros días con Gertru para ayudarla a organizarse.

El ambiente en la aldea había cambiado en cuestión de días. Se podía sentir el nerviosismo de la gente, el estado de alerta y la preocupación que se empezaba a extender. Cuando pasé por la cabaña de Dante, sentí una punzada en el corazón. Lo echaba muchísimo de menos, pero mi instinto me decía que todo iba bien.

Cuando llegué a mi cabaña, en el banco que había debajo del porche me estaba esperando el pájaro.

― Ey... ¿Qué haces aquí, pequeñín?

― ¡Pío!

Volvió a posarse en mi hombro.

― ¿Estabas esperándome?

― ¡Pío, pío!

Entré en la cabaña con él sobre mi hombro. En la repisa de la cocina le puse un cuenco con agua. El pájaro bebió un poco y luego se metió dentro; se bañaba moviendo su colita y salpicando por todas partes. Cuando terminó de bañarse, salió volando y se marchó.

Las palabras de Edon vinieron a mi mente. Entré ese pájaro y yo se había formado un vínculo. Era cierto cuando decía que una parte de mi vivía en él.

Fui a mi habitación y me cambié de ropa. Después saqué algunos platos con comida para poder picotear con Esme. Y por fin, sonó la puerta.

― ¡Yujuuuuu! ¡Ya estamos aquí!

Al abrirla no solo me encontré con Esme, también estaba Gertru con ella... y dos botellas de tequila.

― Traigo munición de sobra para toda la noche ―dijo moviendo las botellas exageradamente mientras entraba.

Claro de LunaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora