CAPÍTULO 13

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Unas suaves caricias en mi rostro acaban despertándome, pero no de manera brusca, ni siquiera abro los ojos todavía, simplemente disfruto de esos mimos sabiendo de que se trata de Carmen, mucho más madrugadora que yo. No es la primera vez que me despierta de esta forma y sé que cuando abra los ojos la encontraré mirándome con ternura a través de su mar celeste.

Anoche después de la reunión con las chicas vine a verla, adoro despertar junto a ella los días que no tenemos clase, como hoy. Con la mano tanteo la cama para dar con ella y no tardo nada en encontrarla, está muy cerca de mí. Ella misma coge mi mano y la guía hasta su cintura la cual no pierdo el tiempo en abrazar, descubriendo que continúa desnuda, tal y como nos quedamos dormidas.

Es un coñazo que durante las relaciones no podamos hacer ruido, nos tenemos que conformar con escuchar nuestras respiraciones y ver nuestras caras de placer para que las profesoras de los dormitorios contiguos al suyo no nos escuchen, pero aun así lo disfrutamos muchísimo.

—Qué bien que voy a despertar así todos los días estas semanas —comento acurrucándome junto a ella.

Carmen no duda en abrazarme y acariciar mi cabello.

—Todos los días tampoco, es arriesgado, ya lo sabes.

—Bueno, casi todos los días —insisto ignorando como de costumbre su prudencia.

Así somos y no vamos a cambiar. La prudente de las dos es ella, yo soy la que la lleva a cometer las locuras que sola no se atrevería a hacer. Carmen me separa un poco de su cuerpo y busca mi boca para besarla. Me entrego a ella sin resistencia alguna y acaricio la espalda que hace solo unas horas llené de besos.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asiento y ella se incorpora quedando sentada en la cama, aunque yo decido apoyar la cabeza sobre su regazo y dejar que continúe acariciándome como estaba haciendo antes.

—¿Por qué no te vas a ir de vacaciones como muchas de tus compañeras?

Su pregunta me pilla por sorpresa. Hasta el momento no se ha interesado por mi vida, nunca hablamos de nosotras, y no es que no tengamos interés, o al menos yo, simplemente respetamos nuestros tiempos y no presionamos a la otra a hablar de algo que quizás no le apetece. Por eso me sorprende que de pronto me pregunte por mi vida, porque para responder a su pregunta debo hablarle de cómo llegué aquí y cómo se encuentra mi actual situación que me impide irme como algunas de mis amigas.

—Viví con mi abuela dos años hasta que murió —comienzo a relatar mi historia y decido contar la peor parte ahora, hablar de mi abuela siempre me duele demasiado.

—Lo siento —susurra ella y se agacha para dejarme un beso en la cabeza.

—No estoy sola, tengo a mis padres —le aclaro antes de que piense que soy huérfana—, pero perdieron mi tutela, y después de la muerte de mi abuela me quedé a cargo del estado. Mi actitud en el instituto no era la mejor y tampoco aprobaba ni religión, así que me mandaron aquí, por lo que irme a pasar la navidad con asuntos sociales no es una opción muy viable —digo esto último con gracia.

Me incorporo para verla con una divertida sonrisa y la descubro con los ojos vidriosos.

—Ey, no te sientas mal por mí, nadie elige las circunstancias que le toca vivir, solo las acepta y continúa.

—Siento haberte llamado inmadura o niñata alguna vez, qué equivocada estaba —dice ella atrayéndome para darme un abrazo y no reprimo una lagrimita que se me escapa, siempre he sido demasiado sensible, aunque intento no serlo tanto.

—Que haya vivido esto no me hace madura —digo después del abrazo—, pero sí más propensa a ver siempre el lado positivo y divertido de la vida.

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