CAPÍTULO 5

413 44 36
                                        

Detesto con toda mi alma la asignatura de matemáticas desde que iba al colegio. Siempre odiaba cuando llegaba la hora de dar esa asignatura, rara vez la aprobaba y dejé de hacerlo completamente cuando llegué al instituto, y me demoraba horas en hacer los deberes que nos mandaban porque era incapaz de comprenderlos bien y después de todo el esfuerzo no conseguía hacer ni un ejercicio bien. Eso no ha cambiado al llegar a la Fragua y sé que tampoco va a cambiar porque tengamos a una nueva profesora que está esforzándose en que todas tengamos un mismo nivel y acabemos adorando las matemáticas. La adoraré a ella. De hecho, ya lo hago desde el primer día que cruzó la puerta de nuestra clase, pero nunca simpatizaré con los números y compleja cuentas y problemas matemáticos. No son lo mío.

En realidad no soy buena en nada, no destaco en ninguna asignatura ni arte, como en el caso de Dani, a quien admiro por su habilidad en el dibujo. Pero yo no sé hacer nada de nada. Si acaso se me da un poco mejor la asignatura de literatura comparada con el resto de asignaturas, pero no llego al nivel de Elena en las notas ni de coña, aunque tampoco lo pretendo si eso significa pasarme horas en la biblioteca estudiando.

El caso es que he empezado a temblar de puro nerviosismo, o ansiedad, o pánico, o lo que sea, cuando la profesora ha dicho mi nombre y me ha pedido salir a la pizarra a hacer unas ecuaciones. Pero si a mí me sacas de sumar y dividir y ya me pierdo. Hasta he olvidado como se multiplicaba y nunca llegué a pasar de las divisiones de dos números, ¿cómo pretende que haga una ecuación y delante de toda la clase? Voy a hacer el ridículo.

Me seco las manos en la falda, repentinamente me han empezado a sudar, y cojo la tiza que la profesora me ofrece con un ligero temblor en mi mano. Me planto delante de la pizarra y miro a esos números y letras como si se estuvieran riendo de mi ineptitud. Trago fuerte porque de un momento a otro se me ha secado la boca, y respiro tratando de calmar las pulsaciones de mi corazón, que me martillean en los oídos amenazándome con hacerme desmayar de un momento a otro.

—Venga, Lucía, sé que puedes hacerlo —me anima Carmen sentada en el borde de la mesa con las piernas colgando en una actitud demasiado relajada para ser una profesora de la Fragua, si alguna de sus compañeras la viera así se lo reprocharían.

Y se equivoca totalmente al decirme que puedo hacerlo. Por supuesto que no, no sé hacerlo. No entiendo por qué esos números y letras están mezclados; por qué algunos permanecen encerrados en esos paréntesis, encarcelados y pidiendo ser liberados como nosotras de aquí; y sobre todo no entiendo cuál es la parte de mi cerebro que falla en la comprensión de esta maldita asignatura. Incluso Dani es capaz de hacer esta cuenta, ¿por qué yo no?

—No puedo —digo devolviéndole la tiza a la profesora, sin mirarla, avergonzada de mí misma, y regresando a mi mesa sin que ella me lo mande primero.

—Lucía, espera.

Otra cosa que la hace distinta al resto de profesoras es que no nos llama por nuestro apellido, sino por nuestros nombres. Y eso me gusta. Me gusta todo de ella. Menos que intente creer que puedo hacer algo que por supuesto no puedo.

No hago caso a su llamada, no vuelvo atrás a su mesa y solo me detengo al sentarme en mi asiento, sin levantar la vista de los rayones que yo misma he hecho alguna vez. El lado donde está mi mesa y la de mis amigas se mantiene en silencio, ninguna de ellas se atreve a decir nada ni a mostrar una sonrisa de burla, saben lo mucho que me cuesta estudiar, concentrarme, sacar buenas notas y que hace mucho tiempo, años, que tiré la toalla con esta asignatura. Sin embargo, en el lado de Verónica no tardan en llegar los cuchicheos y risitas.

—¿De qué os reís? —las interrumpe la profesora, enmudeciendo la clase y haciéndome levantar la cabeza para verla con asombro— ¿Os parece bien reíros de alguien por no saber algo? ¿Tú eres más inteligente que ella? —Señala a una de las amigas de Vero— ¿Y tú? ¿O a lo mejor tú, Verónica, que eres quien ha empezado a reírse? ¿Sabrías tú hacer esa cuenta? ¿Quieres intentarlo?

La FraguaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora