CAPÍTULO 9

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Me he levantado temprano para salir al bosque a caminar, necesito aclarar las ideas. No sé en qué demonios estaba pensando cuando le devolví el beso, pero tengo claro que las neuronas no las estaba usando correctamente en ese momento. Por dios, Carmen, es tu alumna, esto es serio. Encima ella me presiona para que hablemos cuando no hay nada que hablar, lo que tenemos que hacer es olvidarnos de este asunto lo antes posible. Reconozco que me pareció buena idea darle clases de refuerzo para acercarme a ella y ver si me abría algún camino en mi investigación, ya que gracias a ella y sus amigas descubrí el cobertizo. Como también sé que le gustaba y he forzado alguna situación a propósito pensando que así podría acceder a alguna información que pudiera darme más fácilmente.  Lo que no esperaba es que fuera tan impulsiva como para besarme a la primera de cambio. Me sorprendió mucho ese beso, pero perdí totalmente el norte al devolvérselo, esto ha sido una total equivocación por mi parte.

Distraídamente voy mirando el suelo y me voy impregnando del olor a humedad por el rocío de la mañana. No hay nada a simple vista que destaque o se salga de lo normal, así que vuelvo mis pasos para darme una ducha antes de comenzar las clases, pero me detengo al encontrarme con el cobertizo. No he entrado aún en él, aunque lo divisé el primer día que llegué al dar una vuelta por el exterior del centro. La verdad es que es un edificio majestuoso por fuera y tétrico por dentro, pero su exterior es una auténtica maravilla de la naturaleza, aunque también asusta pensar que estamos tan alejadas del pueblo más cercano y que no es seguro adentrarse mucho en el bosque si no quieres perderte.

La curiosidad me llama a entrar en el cobertizo y echar un vistazo dentro, quizás encuentre algo interesante más allá de viejas herramientas. Sin embargo, lo que me sorprende encontrar son restos de latas de refresco e incluso de cerveza y colillas de cigarro. O sea, que este es un lugar de reunión para algunas alumnas, quizás para aquellas que vi en una de mis rondas nocturnas, para la propia Lucía y sus amigas. Interesante.

Continúo mirando entre algunas cajas donde se guardan las ya oxidadas herramientas que han estado sin usar durante décadas, probablemente, y acabo encontrando un tesoro inusual: un móvil no tan viejo y bien escondido entre las herramientas que he tenido que sacar de una de las cajas, ha sido toda una suerte decidir vaciar la indicada. Aunque no tengo tanta suerte al encender el móvil, ya que me pide un pin del que no dispongo y además le queda muy poca batería, si lo uso solo unos minutos se acabaría apagando.

¿Debería llevármelo? Me gustaría, pero de nada me serviría si no puedo acceder a lo que hay dentro. Tendré que hacer una llamada a un viejo amigo que quizás pueda ayudarme con esto. Así que dejo el móvil en la caja donde la encontré, ya que no sería conveniente que la persona que lo escondió se diera cuenta de su desaparición, y salgo del cobertizo asegurándome de que no hay nadie alrededor.





Estiro los brazos por encima de mi cabeza destensando los músculos de mi espalda, agarrotados después de dos intensas horas en la biblioteca estudiando biología. Odio esa asignatura con todas mis fuerzas, pero a Nuria se le da bastante bien, así que me ha hecho el favor de ayudarme a preparar el examen que tendremos en unos días y que dudo mucho que vaya a aprobar por mí misma.

—¿Crees que a Eva le ha podido sentar mal lo del juego? —me pregunta Nuria terminando de recoger sus cosas.

Su pregunta trae a mi mente la imagen del accidentado beso entre la nueva y Sofía ayer por la noche. Hubiera pasado como una anécdota sin más si no fuera por cómo se miraron después, cualquiera pudo pensar que estaban deseando besarse otra vez, y aunque no he hablado aún con Eva sobre eso, estoy segura de que ella notó exactamente lo mismo. De lo que no estoy tan segura es de si le ha dado importancia o no, ya que técnicamente Sofía y ella no son novias.

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