EPÍLOGO

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Es una locura. Una completa y maldita locura. Aun así estoy dispuesta a hacerla. Qué ingenua fui al pensar que mis queridísimos padres me llevarían con ellos de vacaciones. No, claro que no. Supuestamente están liados con el juicio de divorcio, que no va a acabar nunca al ritmo que llevan con sus mentiras y chantajes. Así que están tan ocupados matándose entre ellos que dudo que les preocupe mucho lo que voy a hacer, por lo que me escabullo entre las sábanas y saco de debajo de la cama mi mochila con la poca ropa que me dejaron meter aquí hace ya casi un año. Lo tengo todo preparado desde que hace unos días me llegó una extraña carta sin remitente. Todavía no me explico cómo llegó hasta mi cama, pero reconocí su letra en seguida y no necesité pensármelo mucho para aceptar su desafío.

Salgo del dormitorio no sin antes echar un último vistazo a mis compañeras. Las que quedan. Marina se fue hace una semana y nunca pensé que extrañaría tanto su silenciosa presencia, Sofía hace dos meses que dejó su cama vacía, y Lucía no comenzará el nuevo curso a falta de una semana, lo cual tiene especialmente triste a Dani. Suerte que elle y Elena sí podrán permanecer juntes un curso más, al igual que Carla e Irene. Eva también perderá a Zoe iniciado el curso y no seré yo quien le haga compañía. No nos odiamos, y más con la reconciliación que nos instó a hacer Marina la última noche que estuvimos todas juntas en el cobertizo, pero no hemos vuelto a ser amigas como en un principio. Es mejor así, cada una por su lado.

Enfilo el pasillo con todos mis sentidos puestos en alerta, atenta a cualquier mínimo ruido. Aunque con las vacaciones la mitad de profesoras se marchan, queda la otra mitad que se queda para darnos clases de refuerzo y controlarnos hasta que roten los grupos y puedan irse las de ahora de vacaciones. Pero a pesar de ver menos profesoras, las rondas nocturnas siguen ocurriendo, aunque con las chicas me hice una experta en saber sus horarios y recorridos para poder escapar por la puerta de la cocina como tantas veces he hecho a lo largo de este curso.

Cuando salgo al exterior me refresca la brisa veraniega que ofrece el bosque, ya que dentro del edificio hace un calor insoportable incluso con todas las ventanas abiertas. Rodeo la Fragua hasta llegar a la entrada principal. No es la mejor idea, pero es el único lugar de todo el centro con un camino transitable a través del bosque.

Espero impacientemente durante varios minutos, no sé cuantos, pero se me hacen demasiado, hasta que por fin veo a lo lejos las luces de un coche llegar con rapidez por el bosque. El corazón me da un vuelco de la alegría, los nervios, el miedo, y de muchas sensaciones distintas. Pero la alegría por estar a punto de ver a Sofía de nuevo se trunca cuando escucho a mi espalda la puerta del centro abrirse.

—Mierda —mascullo echando a correr hacia el bosque.

Bea no grita porque sabe que alertaría a todo el edificio entre tanto silencio, si no lo está haciendo ya de por sí el motor del viejo coche que debe conducir algún amigo de Sofía, pero sí corre detrás de mí con más rapidez de la que me hubiera imaginado de ella.

La puerta trasera se abre incluso con el coche en marcha, aunque va reduciendo la velocidad conforme se acerca a mí, y del interior salta Sofía extendiendo una mano y animándome a que me de prisa para meterme rápidamente en el coche.

Estoy a punto de alcanzarla cuando siento que tropiezo con algo y caigo de bruces al suelo.

—¡Eh! ¡Qué coño haces! —grita Sofía por encima de mi cabeza.

Desde el suelo, doliéndome por la caída, la veo avanzar a zancadas y pasarme de largo.

—¡Eso mismo os tendría que preguntar yo a vosotras! —replica Bea enfadada.

Así que ha sido ella la que me ha puesto la zancadilla para hacerme caer e impedir que me fugue con Sofía. Me pongo en pie, notando dolor en la rodilla y viéndola ensangrentada por la caída. En cuanto veo a Bea recular tratando de mantener una distancia de seguridad con una enfurecida Sofía, me apresuro a ponerme delante de ella para calmarla. Sabía que esta idea era demasiado precipitada y arriesgada. Había muchas más posibilidades de que saliera mal a que bien, y aunque tenía esperanzas de escaparme de la Fragua con ella, debo ser consciente de que no es lo mejor y que Bea solo nos acaba de hacer un favor a las dos.

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