Capítulo 12

181 17 0
                                        

Melissa

Hace años me planteaba tantos sueños, cosas que anhelaba desde mi habitación en mi casa en Estambul, pero fui creciendo, situaciones surgieron y toda mi perspectiva de esos sueños cambió. Ya no tengo esas ganas de ilusionarme por algo, y luego no cumplir o llegar a vivirlo como quisiera.

Quizás, esa niña simplemente se decepcionó de la vida.

Sin embargo, a pesar de que no sueñe, si me trazo metas, trabajo duro por lograrlas. Porque es la única manera de hacer las cosas.

En este momento cuando veo que la galería de arte está en un noventa porciento lista para la exposición, me hace sentir orgullosa de todo el trabajo que se ha hecho en estos meses.

Fred, Sophia y Scarlett, mis compañeros de trabajo, sonríen también al ver la penúltima pieza en la que se ha trabajado para la exhibición. Mi compañero ha hecho un excelente trabajo en esa restauración. He visto como tiene dos semanas quedándose hasta tarde y llegando bien temprano para trabajar en ella.

—Estoy tan entusiasmada por la exhibición —cuenta Sophia entrelazando sus manos sobre su pecho y sonriendo—. Lo bueno de que sea antes de navidad es que luego tendremos un pequeño descanso hasta enero.

Me rio, porque yo no creo tener ningún descanso.

—Ustedes tendrán vacaciones, yo no —le digo con una sonrisa—. No tengo permiso para eso.

Ella hace una mueca.

—Al menos dos días de descanso, Meli —dice Scarlett.

—Ya veremos. —Es lo único que digo.

Fred no dice nada, él ha estado muy callado desde hace días. No me habla con tanto estusiasmo y cuando hablamos, siempre tiene algo que hacer. No sé qué le sucede, me preocupa. Tenemos una buena amistad.

Cuando las chicas se van a sus oficinas, solo quedamos Fred y yo, le invito a tomar una taza de té en mi oficina, pero él dice que debe ir a casa temprano.

— ¿Qué ocurre, Fred? Estás muy distante —le pregunto con preocupación—. Sabes que somos amigos, puedes contar conmigo...

Él niega.

—No es nada, Melissa. Todo está bien.

No dice más nada, se despide y se va. Me deja con un majo de nervios y preocupación, quisiera ayudarle así como él me ha ayudado en todo este tiempo en el museo.

Cuando nos conocimos fue en la primera exposición en la que trabajé cuando apenas comenzaba el trabajo aquí. Han sido varios años ya.

Con una mueca ladeada y un mohín, camino hasta mi oficina para tomar mis cosas e irme a casa, pero antes pasaré por la pastelería de aquí cerca, quiero llevarle una tarta a Akın.

No sé hacer tartas, por lo que la mejor opción es comprar una ya hecha y degustarla con él mientras hablamos de nuestro día.

Siete días han transcurrido desde el incidente en su oficina y de su declaración; ese día estaba tan abrumada por todo, que preferí decirle que fuéramos lento, que podíamos intentarlo, pero que me diera tiempo para pensarlo.

Todo ha sido tan rápido que me abruma, me hace sentir insegura y no me siento preparada, aunque otra parte de mí se muere por estar con él.

Una diatriba tan molesta.

Los días han ido para bien, Akın trabaja, yo también. En las noches es cuando nos vemos y hablamos, cenamos juntos, reímos, charlamos. Nos vamos conociendo, interactuando con el otro. Y puedo decir que me encanta, me encanta todo lo que hace y dice. Nadie había hecho que me sintiera así con una persona. Él se ha hecho una constante en mi vida, y todos los días amanezco con las ganas de hablarle, y cuando llego a casa muero por contarle mi día y saber del suyo.

Dulce deseoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora