14

237 17 4
                                        

— Harry, será imposible explicarle — murmuró.

Su seguridad había durado lo mismo que había tardado en beber la taza de té.

En su pecho, aún la decisión estaba tomada, sin embargo, su cabeza le pedía que diera vuelta aquella decisión y volviera a la cocina para empezar a preparar la merienda de su esposo. Estaba complicada. Siempre que su corazón y su cabeza se metían en un problema, terminaba ganando la parte racional. Parte que luego hacía que su corazón se volviera cenizas.

— Yo hablaré con él, Bekah, no te preocupes —, explicó él, mientras su asistente buscaba en el vestidor, sin embargo, se frena al escuchar aquel apodo.

— ¿Bekah? No me llamas Bekah desde la universidad —, ella respondió, y él rió, encogiéndose de hombros, haciéndola sonreír también.

— Tu esposo es demasiado celoso, ¿lo sabes? Por poco no te llamo Señora Rossi delante de él —, explicó apoyado en el umbral de la puerta, cruzado de brazos mientras la veía caminar de un lado a otro.

Rebekah no dijo nada, aunque tenía tanto que decir. Su mente, en un enjambre de pensamientos que no habían sido invitados y que no podía echar, la hacía sentirse condenada y señalada últimamente. Su esposo, quien estaba trabajando en la empresa, no solo despreciaría aquel apodo, sino también el hecho de estar en una habitación junto a su amigo en un ambiente tan casero que incluso parecía familiar.

Tomó su ropa y luego ingresó al baño de la habitación, comenzando a quitarse aquel espantoso vestido de esposa modelo y enfundándose con su ropa de empresaria. Un conjunto de pantalón y chaleco negro con finas líneas blancas, con solo un sujetador de encaje y tacones altos. Soltó su cabello y se miró al espejo. Ahí estaba, la mujer con la que había soñado durante la noche. Sonrió y buscó sus maquillajes, comenzando a retocarse. Miró el labial rojo y se miró a los ojos.

Aún recordaba las palabras de Cipriano y aquella duda inmensa acerca del color de su boca.

«No es adecuado para una mujer casada, no es adecuado para mi mujer».

No dudó más. Iba a necesitar un impulso extra si quería ir en contra de los deseos de su esposo. Aquel escudo era estúpido, pero el labial la había hecho sentir poderosa la noche de Navidad. La había hecho sentir vanidosa y valiente.

Retocó su boca y se miró al espejo. Salió del vestidor, dándole la espalda al hombre que parecía estar enterrado en mensajes de texto y, cuando ella menos lo esperó, él estaba observándola fijamente. Sus pensamientos, los de Harry, eran tan profundos y revoltosos como los de Rebekah, pero tenían un tinte diferente. No era un tinte gris y de vergüenza, sino un tinte rojo carmín, el que estaba llamando desde sus labios.

Tuvo que tragar saliva y respirar. Ella se veía increíble. No solo era su figura y su rostro de muñeca. Era la forma en la que se manejaba sobre esos tacones y la actitud casi infartante que tenía mientras se dirigía hacia él, robándole hasta el último aliento de su cuerpo.

— ¿Estás listo? Creo que tengo todo —, murmuró ella y se colocó delante de él, compartiendo aquel pequeño umbral de un cuerpo.

Su perfume lo estaba envolviendo. Sus ojos azules lo estaban hundiendo y los pensamientos parecían navegar en el mar rojo de sus labios. Necesitaba respirar.

— Bekah —, murmuró, y ella casi sintió sus mejillas doler por aquella sonrisa que le dio y el calor que la atravesó. — Te ves increíble.

Se miró a sí misma y luego lo miró a él. Su traje azul parecía estar irradiando poder. Era tan elegante, poco ostentoso, sin embargo lo hacía ver como el hombre más codiciado de la ciudad. Aunque estaba casi segura de que así era. Harry Styles era el soltero más codiciado de la ciudad y estaba en su vestidor, haciéndola sentir hermosa, mientras su esposo, su mejor amigo, la había hecho sentir como una sucia cenicienta que debía quedarse en casa.

illicit affairs | Harry StylesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora