Los siguientes dos días fueron agotadores. No porque Rebekah y Harry hubieran compartido momentos intensos, sino porque el trabajo los absorbió por completo. Entrenar a la nueva secretaria resultó ser una tarea extenuante, especialmente cuando ella no era capaz de redactar un correo sin errores o reservar correctamente una mesa en un restaurante.
Rebekah supervisó cada detalle con eficiencia, mientras Harry anhelaba un instante a solas con ella. Solo tenían dos días antes de que ella volviera a su castillo impenetrable, pero resultó imposible robarse siquiera veinte minutos, sobre todo con la molesta presencia de Cipriano, que parecía haberse convertido en su sombra.
Harry jamás lo había visto tanto en la empresa. Normalmente, apenas coincidían. De hecho, había ocasiones en que debía llamarlo o ir a buscarlo a otros pisos si quería hablar con él. Pero ahora era diferente. Cipriano parecía un halcón con la vista clavada en ellos, vigilante. Incluso aparecía en los almuerzos y, como siempre llevaba consigo a Rebekah, sus planes quedaban descartados antes de siquiera proponerlos. Suficientemente irritante era el hecho de que ella siguiera asistiendo a esas comidas, como para sumarle la molestia de rechazar la invitación.
Una semana había pasado desde entonces. Mientras Harry se acomodaba el saco sobre su camisa negra, supo que el día se tornaría aún más gris, porque llevaba ocho días sin verla. Ese pensamiento lo acompañó mientras conducía por la ciudad, ignorando las insistentes llamadas de Kendall, quien quería verlo ahora que había regresado a Londres tras unos días fuera.
La idea de Kendall se sentía lejana. Apenas unas semanas atrás, había ido con Rebekah a comprar el anillo de compromiso, y ahora aquella pieza estaba enterrada en un cajón, sin ver la luz del día. Se sintió un poco estúpido. Sabía perfectamente que Rebekah amaba a su esposo. Había sido testigo de cada momento importante en sus vidas, incluso fue el padrino de su boda. También había ensayado pasos de baile con ella cuando Cipriano estaba demasiado ocupado para hacerlo.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Acompañarla a elegir un traje para su boda, como si no se estuviera muriendo de amor por ella desde los diecisiete años? Por supuesto que no.
Él ya había pasado por esa situación. La había visto probar pasteles y hablar de Cipriano como si comiera estrellas y cagara arcoíris, cuando él sabía exactamente lo contrario. No la pondría en esa posición nuevamente, pero tampoco podía engañarse creyendo que ella dejaría al hombre que amaba, a su mejor amigo, por él. Era una locura.
—Fiona, por favor, envíame la copia de mi agenda para estos días —le dijo, mientras se dirigía a su oficina. La despampanante asistente que ahora ocupaba el lugar de Rebekah le sonrió de inmediato.
Cinco minutos después, Fiona apareció con su café, su rollo de canela y un mail perfectamente redactado con los detalles de cada día. Incluso se había tomado la molestia de hacer una reservación para su almuerzo. Definitivamente había sido bien entrenada y solo le había costado dos días. Sin embargo, Harry extrañaba a Rebekah y sus trajes de oficinista que lo hacían olvidar cualquier otra cita.
Revisó los antecedentes laborales de Fiona. No estudiaba y trabajaba en un bar, lo que no era ninguna sorpresa para él. Fiona estaba allí por una razón: ser otra de las amantes de Cipriano, al igual que Vanessa.
El sonido de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Cuando vio entrar a Kendall, supo que ya no tenía escapatoria.
—No me has hablado en todo el día —murmuró ella, caminando hacia él. Corrió la silla y se sentó en sus piernas sin que él hiciera nada para evitarlo. No podía apartarla, incluso cuando ella no era la mujer que deseaba.
—Lo lamento, cariño, estoy tapado de trabajo —se excusó pobremente. Kendall besó su boca, y él sintió una punzada de culpa. No por ella, sino por Rebekah.
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illicit affairs | Harry Styles
FanfictionNo me llames infantil, no me llames bebe. Mira este desastre en el que me haz convertido. Me mostraste colores que sabes no puedo ver con nadie más. No me llames infantil, no me llames bebe. Mira esta maldita idiota en la que me convertiste. Me en...
