Capítulo 2

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      Sobra decir que ese día me la pasé deprimida dentro de la soledad de mi habitación. Cada vez que el viento soplaba por la ventana y mi cabello se movía me daban ganas de llorar y retroceder el tiempo. ¡Yo no quería ser rubia! No había nacido para ser una chica para la que todo el mundo tenía un estereotipo ridículo en su cabeza.

   Es una verdad universal que a las chicas rubias se le considera como tontas, superficiales y niñas mimadas que no se valen por si mismas. Y a veces era así, pero la mayoría de las veces no. No es que yo fuera una chica muy perfecta que digamos, pero esas características no me definían en lo absoluto. Pero al final no importaba lo que yo pensara, ya que los demás pensarían lo que quisieran.

   En definitiva, este iba a ser el peor invierno de mi vida.

***

  Cuando la gente piensa en la mañana de un domingo, lo que normalmente se imaginan es despertarse tarde y vaguear todo el día en la casa con pijama. Pero como yo soy América Parker, ese tipo de suerte no me ocurría. En cambio, desperté con el pie izquierdo, como siempre solía suceder.

   Despierto en el suelo sin ninguna razón aparente, con una pierna aún en la cama y mi brazo doblado en una posición dolorosa, con alguien tocando la puerta de la habitación con insistencia. De mal humor por aquella forma de despertarse, abro la puerta de un tirón.

  —¿Mala noche?  —fueron las primeras palabras de mamá al ver mi rostro.

  —Mal despertar, para ser exactos.

   Grace Smith  —mi mamá—, era una mujer muy bajita, demasiado. Si yo era pequeña, ella era como cinco centímetros mas baja que yo. Pero tenía de carácter lo que no tenía de estatura. Su cabello castaño oscuro estaba corto hasta los hombros y siempre, siempre me preguntaré por qué no pude sacar sus ojos azules, los cuales me miraban con diversión en estos momentos.

  —¿Qué ocurrió esta vez?

—Amanecí en el suelo y no sé cómo—explico, blanqueando los ojos. Esta era una conversación muy típica, no dormía bien desde hacía varios años cuando papá se había ido.

  Mamá se ríe, pellizcando una de mis mejillas.

—Lávate la cara y baja a desayunar cariño. Tenemos cosas de las que hablar.

Oh, oh. Nada bueno sale de el tenemos que hablar de mi madre, pienso mientras cierro de nuevo la puerta un poco asustada. ¿Ahora que será?

   Recién salida de una ducha relajante y ahora de buen humor, bajo las escaleras tarareando una canción de Imagine Dragons. A mi fosas nasales llega el dulce e inconfundible aroma de el chocolate caliente y voy corriendo hasta la cocina. Mi hermosa y amada cocina.

   Cuando entro, veo a mi madre cerca de la tostadora de pan. Mi vista recae en la encimera situada en el centro de la cocina que tiene un plato de tostadas y huevos revueltos esperándome. Y una taza de chocolate caliente que se ve tentadora.

  —¡Gracias, gracias, gracias! —. Me acerco a mi madre y le doy mucha besos en sus mejillas, sonriendo—. ¡Eres la mejor!

De un salto me subo a el banco de madera y empiezo a comer el desayuno. Menos mal que no hay nadie más que mi madre en esta cocina, porque cuando tengo hambre se me hace difícil comer de una forma decente. Unos minutos después mi mamá se une a el desayuno conmigo.

Ahora que lo pienso, anoche bajé a buscar comida pero no había encontrado nada de esto, sólo leche de soya y avena. ¿De dónde la había sacado mi mamá?

Una chica rubia Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora