Una fila de camareros nos sirve la comida y nos encienden las estufas exteriores para que no nos congelemos. La idea de comer o cenar en un rooftop llevaba rondando a Juanjo desde hacía muchísimo tiempo, pero nunca encontraban un hueco. Al ser invierno y haber menos turistas fue fácil conseguir que la cerraran para nosotros, lo único malo era el frío, pero los del hotel nos solucionaron el problema enseguida.
La comida se alargó durante horas. Nos contamos de todo, anécdotas del cumpleañero en mayor medida; tiernas cuando venían de sus padres, vergonzosas si venían de Javier, para morirse de risa si las contaban sus amigos y cursis y ñoñas si era yo el que hablaba. El resultado era siempre el mismo, Juanjo queriendo meterse debajo de la mesa pero feliz de tenernos a todos allí reunidos después de tanto tiempo.
El cumpleañero sopló las velas y repartimos la tarta entre todos. Luego se dedicó a abrir regalo tras regalo sentado en el suelo de la propia terraza, con todos sus amigos desperdigados también por allí. Mis padres hablaron con mis suegros y antes de bajar a Madrid se hicieron con los regalos que las fans le dejaron en mi casa en Getxo. Al final mi pobre chico terminó enterrado entre envoltorios brillantes, cajas, y montones de ropa que irá directa para nuestro armario compartido.
Más tarde, y tal y como teníamos planeado mi cómplice y yo, nos despedimos de los padres de Juanjo para irnos todos los jóvenes a pasar el resto de la tarde a una bolera. A escondidas le dejé a Nieves mis llaves de nuestro piso ya que esa noche ellos se quedarían a dormir en Madrid. Lo que Juanjo no sabía era que nosotros, técnicamente, no.
- Poco más y nos vamos a la Sierra para buscar la bolera –se queja después de casi media hora de trayecto en coche.
Conduce Irene, con Juanjo de copiloto. Atrás vamos Javier y yo. Ella me lanza una mirada por el espejo central del coche y yo me muerdo la lengua cuando mi cuñado me da un toque con su rodilla sonriendo socarronamente.
Al llegar al sitio somos tantos que decidimos hacer equipos para jugar. Muy a mi pesar descubro varias partidas después que es imposible ganarle a los hermanos Bona. ¿De dónde mierda sale tanta puntería? Yo hice un pleno por pura suerte en toda la tarde y ellos era raro cuando no lo hacían.
Cerca de las nueve Irene se acerca a mí con el móvil en la mano para enseñarme la pantalla. Se me ilumina la cara nada más ver las fotos que le han enviado del sitio al que vamos.
- Todo preparado. Cuando quieras nos lo llevamos, que aún nos queda algo más de media hora de camino.
Salgo disparado hacia Juanjo que en ese momento vacilaba a Salma y a Bea por haber fallado tres tiros consecutivos.
- Amor, te voy a secuestrar –le digo con la más radiante de las sonrisas.
- ¿Qué?
Saco una venda negra del bolsillo de mi pantalón y procedo a colocársela mientras sus amigos empiezan a gritarnos y a silbarnos.
- Os lo robo –les digo sacando la lengua haciéndoles gritar todavía más.
- Espera, espera –me pide apartándose la tela un poco-. Muchas gracias por haber venido y haber pasado mi cumple conmigo. Os lo agradezco de corazón, de verdad. Y a ti... -dice girándose y tomándome de la cintura-, gracias por organizar todo esto y lo que sea que hayas hecho ahora. Si muero esta noche, que sepáis que moriré muy feliz.
Sus amigos nos lanzan miradas coquetas y algunos que otros se empiezan a dar codazos. Tardan nada en ponerse a gritar y a lanzarnos consejos que nadie les pidió para pasar una noche de amor segura. Juanjo se esconde él mismo tras la venda con los papitos más rojos que nunca.
- Imbéciles, no lo decía por eso. Pero vale, también puede servir... -dice con una sonrisa tan tierna que podría morir ahí mismo.
A carcajadas saco a Juanjo de la bolera y con cuidado le ayudo a subir al coche de Irene. El camino se me hace interminable, en parte porque es largo, porque me estoy muriendo de la anticipación y porque Juanjo no se calla ni debajo del agua. Debería haber considerado una mordaza.
