Después de su viaje por Italia, celebrando su primer aniversario juntos, Martin y Juanjo pusieron sus pies en las iluminadas calles de Madrid solamente por un día.
Esta sería la primera Navidad que podrían haber pasado juntos fuera de la Academia, pero al estar la mayor parte del año en Madrid o de un lado para otro lejos de sus familias, su corazón está dividido.
- En realidad me da un poco de pena no poder celebrar aquí, ni adornar nada... -confiesa Martin.
Juanjo aprieta su mano y le mira con tristeza cuando su chico le dedica un puchero adorable.
- Pero podemos hacerlo. Todavía estamos aquí y aún está todo abierto –le anima-. Podemos comprar un árbol, algunos adornos, luces...
La cabeza de Juanjo comienza a maquinar y la solución se le presenta delante en forma de bazar. Martin le observa sin decir nada, pero no puede ocultar la ilusión que empieza a formarse en sus ojos.
Juntos, y con las bufandas tapándoles media cara, se pierden entre los pasillos de bolas, guirnaldas, rollos de luces y todo tipo de adornos navideños.
- Necesitamos un árbol Juanji –dice Martin mirando con mala cara a los abetos de plástico que les rodean.
- Algo me dice que ninguno te convence –responde Juanjo aguantándose la risa.
- Es que preferiría uno de verdad... aunque supongo que da igual, solo va a estar puesto hoy –la tristeza lo vuelve a invadir.
El señor de la tienda, vigilando la marabunta de gente que colapsa los pasillos, los escucha hablar.
- Tenemos otra tienda al final de esta calle donde pueden encontrar árboles naturales.
Juanjo ve como la alegría vuelve a los ojos de Martin casi de sopetón.
- Vete tirando tú, yo miraré algunos adornos aquí y enseguida te alcanzo.
Martin sale corriendo de la tienda, algo que hace sonreír tanto a Juanjo como al señor del bazar.
Aunque la tarea de encontrar el árbol, en principio, debería haber sido la más fácil, pronto se dan cuenta de que no.
- Amor, ¿dónde piensas meter eso? –pregunta Juanjo con los brazos en jarra, tratando de hacerle entender que un abeto de dos Martins de altura no coge en el piso.
- Es que es el más bonito –el puchero ha vuelto.
- Si no te digo lo contrario, pero nuestros techos son bajos y eso no entra ni rezándole a la virgen –responde Juanjo riéndose.
Media hora más tarde, abrigados hasta las orejas, salen de la tienda llevándose un árbol algo más pequeño, tres bolsas de adornos, una de luces y un par de renos.
En cuanto llegan al piso empiezan los problemas. El árbol no entra en el ascensor. Juanjo mete a Martin y a las bolsas dentro, mientras él se encarga de arrastrar el dichoso abeto escaleras arriba.
Cuando llega a su puerta sus mejillas hacen juego con el gorro de Papá Noel que Martin se ha puesto en la cabeza.
- Espera, que te ayudo –le dice sonriente.
Entre los dos meten el abeto hasta el salón y una vez allí... Ambos se miran esperando a que el otro se ría primero.
- Sabes que vamos a tener más árbol que salón, ¿verdad? –suelta Juanjo.
Las carcajadas inundan el piso. Martin intenta meter el tronco de la base dentro de la maceta que han comprado, pero al ponerlo de pie la punta se dobla contra el techo.
