Desde siempre y para siempre

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Barcelona se preparaba para ser testigo de un día único. Tras cuatro años de relación Juanjo y Martin volvieron a sentir las señales del Universo diciéndoles que era hora de dar el siguiente paso. Parecía una broma del destino, pero a medida que la fecha del cuarto aniversario se acercaba ninguno de los dos podía sacarse la idea de la cabeza aunque no le dijera nada al otro. Finalmente fue Martin el que, aprovechando la boda de la prima de Juanjo, decidió hincar la rodilla incapaz de esperar más.

Tras dar la buena nueva a sus familiares y amigos, comenzaron con la locura de planear una boda. Aunque no querían que la prensa se enterara, las idas y venidas de uno y otro a distintas tiendas nupciales de la capital habían dado de que hablar entre las fans y a los pocos días la noticia salía en prácticamente todas las portadas del país.

Habían decidido casarse en la ciudad donde todo había comenzado, donde se conocieron cuatro años atrás en aquella academia de música que les cambió la vida. La discusión sobre dónde celebrar la boda había sido larga y acalorada. Magallón o Getxo, esa era la cuestión. Martin insistía en Magallón, porque sabía que era el sueño de Juanjo casarse allí. Juanjo, por su parte, se empeñaba en Getxo, porque quería darle a Martin la boda perfecta en el lugar que tanto echaba de menos en su día a día. Pero, al final, la vencedora de esa peculiar batalla fue Barcelona. Era su ciudad y de paso, un territorio neutral.

Los preparativos habían comenzado meses antes, pero las últimas semanas fueron un caos lleno de emoción y nervios. Ambos habían organizado gran parte de la celebración juntos, aunque Juanjo se encargó de los detalles de la fiesta mientras que Martin se obsesionaba con cada aspecto de la ceremonia.

En la casita de campo en Magallón, el ajetreo era constante. Javier, el hermano de Juanjo, junto a María y Erik, los hermanos de Martin, preparaban con cuidado los regalitos para los invitados.

- Espero que no se me olvide meter las tarjetitas con los nombres. Vuestra madre me mata si se me olvida un solo detalle -bromeó Javier, mientras colocaba sobre una mesa pequeñas cajas de dulces con un esfuerzo casi obsesivo.

- Y la tuya si no están todas perfectamente ordenadas para recoger -respondió entre risas María, mientras cerraba el lacito de una cajita con delicadeza-. Es muchísimo trabajo pero admito que la mezcla de dulces de Getxo y Magallón fue todo un acierto.

- A Erik le va a dar algo si sigue revisando las listas de invitados como si fuera la tabla periódica -dijo Javier, mientras Erik, concentrado, tachaba nombres de un papel con una seriedad desproporcionada.

- Prefiero eso a que alguien se quede sin regalo. Vosotros dos, menos charla y más trabajo -respondió el pequeño sin apartar la vista de las listas.

Javier y María sonrieron y continuaron a lo suyo.

En la habitación de al lado, Juanjo discutía por teléfono con el director de la orquesta. La vena que le palpitaba en la sien amenazaba con explotar de un momento a otro.

- No, no... ¿Cómo que la pieza aún no está lista? ¡La entrada depende de eso! -se quejaba con desesperación mientras gesticulaba con las manos-. Tienen que arreglarla a tiempo o... No sé, tocaré yo mismo si hace falta.

- Juanjo, relájate, aún queda una semana y solo hay que acortarla. Lo tendremos todo listo para mañana. Prometido -aseguró el director de la orquesta, con una sonrisa calmada que Juanjo, por supuesto, no podía ver.

- Es que no es cualquier entrada... -murmuró Juanjo, como si intentara convencerse a sí mismo más que a los músicos.

Mientras tanto, en Getxo, Martin se encontraba con su madre y su suegra revisando los detalles finales de la decoración.

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