Lo que provocas en mí

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Enero le había concedido una tregua a la noche madrileña. Una brisa suave arrastraba el eco de conversaciones y risas desde las terrazas de los bares. Martin y Juanjo habían llegado a la sala del concierto para el que habían cogido entradas con la ilusión de una primera cita. Sus respectivos trabajos les robaban el poco tiempo que podían dedicar a salir por ahí y cuando lo hacían rara era la vez que no iban acompañados de alguien más. Así que esa noche prometía algo distinto y más íntimo.

Las luces tenues del lugar y la voz suave del cantante creaban un ambiente casi hipnótico. Se habían acomodado en una esquina de la sala, medio ocultos entre la multitud pero lo suficientemente cerca como para que la música les envolviera.

Juanjo, inquieto como siempre, había empezado a juguetear dejando caricias distraídas sobre la piel de Martin. Primero un roce de dedos sobre su nuca, después su mano deslizándose por su cintura hasta encontrar su lugar favorito. Ninguno de los dos decía nada, pero la sonrisa pícara en el rostro de Juanjo hablaba por sí sola.

- Juanjito, que nos conocemos -susurró Martin con una sonrisa, sin apartar la vista del escenario. Sin embargo su voz estaba teñida de diversión, no de reproche.

- No parecía molestarte -respondió Juanjo con tono inocente, aunque su mano apretó con más fuerza la cintura de Martin.

Los juegos siguieron, como si ambos quisieran comprobar hasta dónde eran capaces de llegar sin llamar demasiado la atención. Un roce en la pierna, un beso rápido en la mejilla que casi roza la comisura de los labios. El cantante seguía cantando, y la gente estaba más pendiente de la música que de dos chicos que no parecían ser más que una pareja aprovechando el momento.

Juanjo se inclinó para susurrarle algo al oído. Las palabras no importaban tanto como la cercanía, el aliento cálido rozando la piel de Martin y su otra mano enroscándose alrededor de él.

- Si sigues así... -murmuró Martin, con voz más grave y los ojos encendidos de algo más que diversión.

- ¿Qué? ¿Te da miedo que nos descubran? -replicó Juanjo, con esa sonrisa juguetona que desarmaba hasta al más fuerte.

Martin no respondió inmediatamente. En su lugar, deslizó su mano tras de sí por el muslo del contrario, lento, provocador. Esta vez, fue Juanjo quien dio un respingo y se quedó sin palabras.

- Yo solo aviso... sabes que me importa más bien poco -aunque las palabras fueron susurradas, el desafío estaba claro.

La música continuaba, pero para ellos había dejado de importar. Los juegos se hacían cada vez más atrevidos, y lo que comenzó como una simple travesura amenazaba con convertirse en algo mucho más peligroso. Para su desgracia no dejaban de ser quienes eran y en el lugar había demasiada gente que podría reconocerlos.

Juanjo se acercó más, sus labios apenas rozando la piel de Martin cuando se inclinó para hablarle.

- Vamos más atrás –susurró en voz baja, con los ojos brillando de deseo.

Martin tomó a Juanjo de la muñeca y lo arrastró hacia la parte trasera de la sala, donde las luces eran más tenues y la gente menos densa. El bajo retumbaba en las paredes, pero sus propios latidos parecían aún más fuertes.

- Nunca habíamos hecho esto -murmuró Martin antes de acorralar a Juanjo contra la pared, sus cuerpos encajando como piezas perfectas.

Lo besó sin más preámbulos, hambriento, decidido. Juanjo respondió con la misma intensidad, sus manos aferrándose a la cintura de Martin mientras sus bocas se encontraban una y otra vez.

- ¿Liarnos en una discoteca? -jadeó Juanjo, con una sonrisa burlona entre beso y beso-. Siempre hay una primera vez.

- No sabes lo que me estás haciendo -advirtió Martin, su voz un susurro áspero contra el cuello de Juanjo. Su mano se coló bajo la camiseta del otro, recorriendo su piel con dedos firmes-. Más vale que nadie nos reconozca ahora mismo, porque como alguien nos corte el rollo lo mando a la mierda.

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