Una tormenta inevitable

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La tormenta llevaba horas fraguándose en el cielo. Los relámpagos iluminaban a intervalos irregulares los pasillos de la Academia. La lluvia caía con fuerza, resbalando por los cristales y llenando el espacio con un eco rítmico y envolvente.

Juanjo y Martin habían terminado sus respectivos ensayos de la Gala 3 agotados, y en el caso del primero, también preocupado por el baile.

Casi todos sus compañeros dormían, pero ellos se habían rezagado preparándose para ir a cama.

- Es que estoy seguro de que la voy a cagar en algún paso –comentaba Juanjo.

- Pero si te he visto en plató en el último ensayo y lo has clavado –respondió Martin.

Era cierto, el vasco se había quedado a verlos a pesar de que su ensayo había terminado mucho antes. Además, gracias a Bea, sabía que le había dejado literalmente con la boca abierta hasta tal punto que los de plató le vacilaron con traerle un babero. Juanjo no pudo hacer mucho contra la satisfacción que sintió en ese momento.

Arrastrando los pies hasta la habitación se dirigieron hacia la cama de Juanjo aunque Martin parecía algo inseguro.

Últimamente, no sabían muy bien desde cuando, habían adquirido una curiosa costumbre. Cada noche uno aparecía en la cama del otro y permanecía allí al menos un par de horas. En ese tiempo hablaban, se desahogaban, recordaban a sus familiares, amigos... o simplemente permanecían en silencio hasta que alguno de los dos consideraba que era lo suficientemente tarde. Tras eso, cada uno volvía a su cama como si nada.

Esa noche, sin embargo, el reloj marcaba cerca de las dos de la mañana y al día siguiente había gala. Definitivamente sería una malísima idea quedarse a hablar.

Juanjo vio la duda en los ojos de Martin y antes de darle tiempo a protestar lo arrastró hasta su pequeño refugio dentro de la Academia, su cama.

Martin terminó por no decir nada y se dejó hacer, dispuesto a pagar las consecuencias al día siguiente. La noche se sentía diferente, como si la tormenta, además de electricidad, trajera algo más en el aire.

Martin se asomó a la ventana para observar el impacto de los relámpagos a lo lejos. Juanjo, sentado en la cama, lo observaba en silencio, con una extraña tensión acumulándose en su pecho con cada trueno que sonaba.

Naiara, la única además de ellos que permanecía despierta, al verlos así frunció el ceño con curiosidad.

- ¿Vais a dormir con la cortina abierta? - preguntó en un susurro, con voz somnolienta.

Martin giró la cabeza hacia ella, sonriendo.

- No, tranquila, ya la cerramos ahora.

Naiara asintió y desapareció entre sus sábanas deseándoles buenas noches.

Juanjo no entendía a qué se debía su pulso acelerado, pero con un movimiento rápido se puso de rodillas sobre el colchón al lado de Martin.

- Espera -susurró, cerrando la cortina que colgaba sobre su cama y metiéndose por debajo. Martin no pudo evitar reírse de la situación. Aunque últimamente esta cercanía era habitual, esta vez, en la semi-oscuridad de la habitación, se sintió distinta.

Un relámpago más fuerte que los anteriores iluminó sus rostros fugazmente y el trueno rugió pocos segundos después. La tormenta estaba cerca. Muy cerca.

El corazón de Juanjo saltó en su pecho causándole nauseas a su estómago. Martin sonrió levemente y bajó la voz hasta un susurro.

- ¿Te dan miedo los truenos?

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