IV.

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Pov Chiquita.

El día había comenzado con una energía vibrante. Todo el grupo estaba emocionado por el plan de ir al parque de atracciones, y yo no podía esperar a disfrutar de algo diferente después de tantas jornadas de entrenamiento. Las luces, los gritos de alegría, y el ambiente de diversión me hicieron sonreír mientras caminábamos hacia la entrada. Sentí una felicidad sencilla y despreocupada que hacía tiempo no experimentaba.

Al llegar a la montaña rusa, las chicas comenzaron a discutir entusiastas sobre los asientos. Antes de que pudiera decir algo, sentí que alguien me tomaba del brazo con firmeza.

—¡Tú vienes conmigo! —exclamó Ahyeon con una sonrisa traviesa, arrastrándome hacia uno de los vagones delanteros.

No tuve tiempo de protestar; me acomodé a su lado, todavía riendo por su entusiasmo. A medida que la montaña rusa ascendía, me di cuenta de que Ahyeon se inclinaba cada vez más hacia mí, sus comentarios alegres y su risa llenando el espacio entre nosotras. No me molestaba; de hecho, su energía contagiosa era reconfortante.

Sin embargo, algo me hizo girar la cabeza hacia el vagón de atrás. Allí estaba Asa, y aunque trataba de disimularlo, podía notar en su expresión algo que no lograba descifrar del todo: ¿era incomodidad? ¿Celos? Cuando nuestros ojos se cruzaron por un breve instante, ella desvió la mirada rápidamente, dejándome con una extraña sensación en el pecho.

Cuando el recorrido terminó, apenas tuve tiempo de procesar todo antes de que Asa diera un paso al frente.

—Vamos a por algodón de azúcar —dijo, interrumpiendo cualquier conversación que pudiera surgir. Me miró directamente y agregó—: Te invito uno.

La propuesta me tomó por sorpresa, pero asentí con una sonrisa. Antes de darme cuenta, Asa ya había tomado mi mano y me estaba guiando hacia el puesto de dulces.

—¿Siempre eres así de decidida? —le pregunté, bromeando mientras caminábamos juntas.

—Solo cuando tengo un objetivo claro —respondió, mirándome de reojo con una sonrisa que me hizo sonrojar un poco.

Después de comprar el algodón de azúcar, Asa sugirió subir a la rueda de la fortuna. No estaba muy segura al principio, pero su entusiasmo terminó convenciéndome. Subimos juntas a una de las cabinas, y mientras ascendíamos lentamente, noté cómo la tensión en el aire cambiaba. Asa parecía relajarse un poco más, aunque sus ojos me seguían con una intensidad que no podía ignorar.

—Siempre he pensado que los parques de atracciones tienen algo especial —comentó Asa, mirando hacia el horizonte—. Como si fueran lugares donde los recuerdos siempre son felices.

—Es verdad. Hay algo mágico en todo esto —respondí, perdiéndome momentáneamente en las luces del parque.

Cuando sentí que Asa temblaba a mi lado, instintivamente me quité la chaqueta y se la ofrecí.

—Toma, póntela. No quiero que te enfríes —le dije, sonriendo.

—¿Estás segura? —preguntó, sorprendida.

—Claro, yo estoy bien.

Asa aceptó con una sonrisa agradecida, y el gesto hizo que algo cálido se instalara entre nosotras. A medida que la rueda alcanzaba la cima, el aire parecía volverse más denso. Entonces, Asa se inclinó ligeramente hacia mí, recostándose contra mi hombro. Pensando que seguía teniendo frío, pasé mi brazo por su cintura y la atraje un poco más hacia mí.

—¿Tienes frío? —le pregunté suavemente.

—Un poco —respondió, aunque algo en su tono me hizo pensar que no era del todo cierto.

Te Quiero a Ti (GiP) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora