VI.

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No sabía qué estaba pasando conmigo. No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido ayer, en lo que había sentido al ver a Ahyeon tan cerca de Canny, y eso solo aumentaba la confusión dentro de mí. ¿Por qué me molestaba tanto? Después de todo, ella no era nada mío. Pero, entonces, ¿por qué sentía esta presión en el pecho cada vez que las veía juntas?

Me sentía ridícula. Tan absurda. Canny no me debía nada, y yo no debía estar controlando su vida ni quién se acercaba a ella, pero no podía evitarlo. La idea de perderla me aterraba, y el miedo se transformaba en enojo cada vez que pensaba en lo que había pasado.

Decidí que debía hablar con ella. Tenía que explicarle lo que sentía, aunque no sabía si sería capaz de ponerlo en palabras. Y, sobre todo, tenía miedo de lo que pudiese pensar de mí.

Caminé por la casa buscando a Canny, pero no estaba en su habitación, ni en la cocina ni en el gimnasio. Empecé a preocuparme. ¿Dónde podría estar? Mi estómago se apretó con esa sensación incómoda que se instalaba cuando algo no estaba bien. La busqué por todo el lugar hasta que, finalmente, decidí ir al jardín.

La encontré allí, como siempre, tan solitaria. Estaba en el sofá, mirando las estrellas, sin un abrigo, a pesar de que la brisa de la noche comenzaba a sentirse fría. No pude evitar sentir que algo no estaba bien, que esa distancia entre nosotras, esa frialdad, era algo más profundo de lo que había imaginado.

—¿Qué estás haciendo aquí afuera con este frío? —le dije con más severidad de la que pensaba.

Canny no me miró, ni siquiera pareció escucharme. Me quedé un momento observándola, tratando de controlar la frustración que empezaba a surgir en mi pecho. ¿Cómo podía ser tan indiferente, tan... ausente? El corazón me latía con fuerza, pero me obligué a calmarme antes de hablar de nuevo.

—Canny, por favor. Vamos, entra a la casa. Hace mucho frío —insistí, sin saber si estaba hablando por su bienestar o para calmarme a mí misma.

Pero ella no se movió. El silencio entre nosotras se estiró como un hilo fino, y el enojo que había estado guardando todo el día volvió con fuerza. No podía soportarlo más.

—¿Por qué me ignoras ahora? —pregunté, sintiéndome un poco más vulnerable de lo que quería.

Finalmente, Canny cerró los ojos, soltó un suspiro, y me miró, con una expresión que mostraba cansancio y, tal vez, algo de frustración.

—Ahora entiendes cómo me sentí yo todo el día, ¿no?

Su respuesta me golpeó como un balde de agua fría. ¡Era cierto! La había ignorado, la había tratado de forma distante y casi fría. No podía seguir echándole la culpa a las demás. Sabía que la culpable de todo esto era yo, de mis inseguridades, de mi miedo irracional.

Me quedé en silencio, sintiéndome pequeña frente a ella. Sabía que tenía razón, pero, aún así, no podía dejar de sentirme culpable. Mi pecho se tensó más al escuchar su tono, pero no podía quedarme ahí sin decir algo.

—Lo siento —dije en un susurro, mirando al suelo—. No debí haberte tratado así. Estaba... confundida.

Canny no respondió de inmediato, y ese silencio me hizo sentir aún peor. ¿Cómo podía haber sido tan insensible? ¿Por qué me había dejado llevar por la rabia sin pensar en sus sentimientos?

Finalmente, ella habló, pero con un tono que me dolió más que cualquier grito.

—¿Confundida? —repitió, como si no pudiera creerlo—. Me ignoraste todo el día, Asa. Y ni siquiera me explicaste por qué.

No podía mirarla a los ojos, y mis manos empezaron a temblar. Estaba tan avergonzada, pero sabía que no podía quedarme callada. Tenía que decir lo que sentía, aunque eso me aterraba.

Te Quiero a Ti (GiP) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora