Epílogo.

612 32 3
                                        

Pov Asa.

El aire salado del mar acariciaba mi rostro y hacía que los pétalos blancos en el pasillo volaran suavemente. El cielo tenía ese tono perfecto entre melocotón y coral, como si el universo también quisiera vestirse de fiesta para nosotras. Cerré los ojos un segundo, tratando de grabar todo en mi mente: la brisa, los murmullos de emoción entre las sillas, el calor de la mano de mi padre.

Y ahí estaba yo, descalza, con el vestido más sencillo pero más especial de mi vida. Largo, de tela ligera, con mi cabello trenzado hacia un lado, y una flor blanca que Rora me había puesto detrás de la oreja antes de salir. Quería sentir la arena entre mis pies. Quería que esta boda fuera real, natural, nuestra. No de revistas, ni de portales, ni de fans.

Porque nadie sabía. El mundo allá afuera seguía creyendo que solo éramos compañeras, artistas, parte del mismo grupo. Nadie sabía que teníamos una casa juntas. Que habíamos dado a luz en secreto. Que teníamos dos pequeños milagros de ocho meses durmiendo en una cuna compartida. Nadie sabía que éramos familia.

Y entonces la vi.

Estaba al final del pasillo, bajo el arco de flores que Lisa y Jennie habían decorado con sus propias manos esa mañana. Llevaba una camisa blanca de lino con las mangas arremangadas, un pantalón caqui ajustado con tirantes delgados, y también descalza. Su cabello caía desordenado sobre sus hombros. Tenía los ojos rojos, ya lloraba. Igual que yo.

Pero justo cuando estaba por dar el primer paso para recibirme…

—¡Canny no, el escalón! —gritó Rami.

Demasiado tarde.

Mi torpe, hermosa, maravillosa novia no vio el desnivel del altar y se fue de frente, soltando un pequeño grito que hizo a todos soltar un “¡aaay!” colectivo que se oyó por toda la playa.

—¡Otra vez no! —resopló Jennie llevándose las manos al rostro.

—Ni en su boda pierde la gracia —se carcajeó Ruka desde su sitio, seguida por Rora que casi se caía de su silla de tanto reír.

Yo me detuve, preocupada. Pero Canny levantó la mano desde el suelo.

—¡Estoy bien! ¡Estoy bien, lo juro! —dijo mientras se reincorporaba con una mano en la rodilla, el cabello revuelto y una sonrisa nerviosa.

Se sacudió un poco la arena del pantalón, me miró, y abrió los brazos temblando.

—Perdón... —murmuró, con la voz quebrada—. Es que... es que te vi y ya no pude esperar más.

Mi corazón explotó.

Seguí caminando hasta ella, y cuando llegué, me abrazó con tanta fuerza que casi nos caemos las dos.

—¿Estás segura de esto? —susurró contra mi cabello.

—Más que de nada —le respondí, antes de besarle la mejilla.

A un lado estaban nuestras damas: Ruka, Rora y Rami con trajes blancos sencillos y coronas de flores. A mi lado, mis hermanas Pharita y Ahyeon, sonriendo con lágrimas en los ojos. Más atrás, Lisa y Jennie sostenían entre brazos a nuestros pequeños: Malee en un vestidito rosa con encaje y una banda de florecitas en la cabeza, y Joon con un trajecito blanco que ya estaba lleno de babas y una manita en la boca. Dormían tranquilos, ignorantes de que sus mamás estaban por prometerse la eternidad.

Nos tomamos de las manos. Las suyas estaban temblorosas, cálidas, con granitos de arena entre los dedos. Y ahí, frente a todos, mirándome con esos ojos que parecían tener todos nuestros recuerdos dentro, Canny comenzó a hablar primero.

Te Quiero a Ti (GiP) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora