2.7 - El Infierno

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La noche se asentó sobre la casa de Mark con una calma que pronto sería interrumpida. Estaban en el salón, disfrutando de un momento de tranquilidad, cuando de repente escucharon el sonido frenético de una puerta abriéndose de golpe. El padre llegó a casa con una expresión de pánico y preocupación que nunca habían visto antes.

— ¡Amelia! ¡Mark! —gritó mientras entraba, casi sin aliento—. Necesito que me ayuden con algo.

La madre se levantó rápidamente, preocupada.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan alterado? —preguntó, avanzando hacia él.

— No hay tiempo para explicaciones. Solo... escóndeme esto en la caja fuerte —dijo mientras entregaba un maletín ancho.

Rápidamente Amelia se dirigió hacia el sótano.

— ¿Qué está pasando? —preguntó con ansiedad, tratando de entender la situación.

— No es seguro aquí... No puedo hablar ahora. Solo... guarda la llave debajo de la almohada de Mark —ordenó mientras colocaba la llave en la almohada del hijo y regresaba apresuradamente a la sala.

Sus manos temblaban y su rostro estaba pálido mientras se sentaba en el sofá, mirando fijamente hacia la puerta.

— Papá, por favor, cuéntame qué sucede. Me estás asustando —dijo Mark, acercándose a él.

— No puedo, Mark. Solo prométeme que harás lo que te digo. Es por tu bien —respondió el padre, con la voz temblorosa.

El sonido de golpes bruscos en la puerta rompió el silencio de la noche. La madre y el hijo se miraron con pánico. El padre, con una mirada de desesperación, les advirtió:

— No abran la puerta. No quiero que los vean.

Los golpes se hicieron cada vez más fuertes hasta que la puerta finalmente cedió. Los agentes de seguridad irrumpieron en la casa con una firmeza implacable.

— Jonathan James, está usted detenido. No se mueva —dijo un agente de Hydronova con voz autoritaria, mientras otros entraban rápidamente al hogar.

El padre intentó resistirse, pero los agentes lo sujetaron con fuerza.

— ¡No! ¡Suéltame! —gritó Jonathan, forcejeando—. ¡No puedo irme!

La madre, con lágrimas en los ojos, corrió hacia él y se aferró a su brazo.

— ¡Por favor, no se lo lleven! —suplicó, su voz rota por la desesperación—. ¡Necesitamos respuestas!

Mark, con el corazón destrozado, gritó desde el umbral del salón—: ¡Papá! ¡No! ¿Qué está pasando?

Un agente se acercó y le lanzó una mirada fría a la familia, el semblante impasible.

— Su padre ha violado múltiples cláusulas del contrato laboral. No lo volverán a ver —informó con una frialdad desconcertante.

La madre se aferró al brazo de Jonathan con fuerza, su rostro reflejando una mezcla de horror y angustia.

— ¿No lo volveremos a ver? ¿Qué significa eso? —preguntó, su voz temblando—. ¡No es posible!

— Es una medida definitiva —respondió el agente, con un tono distante—. Se le otorgará una compensación económica equivalente a tres años de su salario como parte del acuerdo por el altercado. Pero, por favor, entiendan que esto es irreversible.

La madre, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies, soltó el brazo de Jonathan y cayó de rodillas, su llanto llenando la habitación.

— ¡No, Jonathan, por favor! —exclamó, su voz desgarrada, mientras se arrastraba hacia él—. ¡No nos dejes! ¡No puedes hacer esto!

Jonathan, mientras era arrastrado hacia la salida, miró a su familia con una expresión de dolor y resignación, una tristeza profunda reflejada en sus ojos.

— Lo siento, lo siento tanto —dijo, su voz temblando—. No quise que esto pasara. Cuídense.

Mark, de pie, paralizado por la impotencia, observó cómo su padre era llevado hacia la puerta.

— ¡Papá! ¡No te vayas! —gritó, su voz rasgada por el dolor—. ¡Te necesitamos aquí! ¡No es justo!

La madre, aferrándose a Jonathan con desesperación, sintió que el nudo en su garganta se hacía cada vez más fuerte.

— ¡Por favor! ¡No se lo lleven! —gritó, sus lágrimas brotando sin control—. ¡Jonathan, prométeme que volverás!

Los agentes empujaron a Jonathan fuera de la casa y lo metieron en una van negra, el motor rugiendo como un presagio ominoso. La madre y el hijo se quedaron en el umbral, gritando.

— ¡No! ¡Jonathan! —exclamó la madre, cayendo al suelo, el grito de su alma resonando en el aire. Su corazón estaba roto y el mundo a su alrededor se desmoronaba.

La voz del agente resonó, fría y cruel: —Nunca volverán a verlo...

Las palabras se deslizaron como un veneno en el aire, llenando la habitación con un silencio mortal. La madre se desplomó, abrazándose a sí misma, mientras el eco de la despedida se hacía más fuerte.

Mark, con los ojos llenos de lágrimas, miró a su madre, el horror y la incredulidad apoderándose de él.

Ambos entendían a lo que se refería el agente...

— ¡No, esto no puede estar pasando! —gritó, su voz llena de desesperación y rabia—. ¡Papá, regresa!

La madre, aún en el suelo, lloraba desconsoladamente—: ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasar esto?

La angustia y el dolor llenaron el aire, mientras el silencio se convirtió en un grito sordo. La pérdida de Jonathan era una herida profunda que apenas comenzaban a comprender.

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