3.9 - Karma

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En los meses previos al 22 de agosto de 2034, los signos de la catástrofe se tornaron imposibles de ignorar. Lo que al principio eran anomalías climáticas y alteraciones sutiles en la naturaleza se transformó en eventos alarmantes que agitaban la vida cotidiana. El cielo, una vez azul, había adquirido un tono rojizo constante, como si el sol mismo ardiera bajo un velo de polvo y cenizas. El aire, espeso y asfixiante, llenaba los pulmones con una sensación de opresión. Los animales reaccionaban con desesperación; los pájaros volaban en círculos erráticos y los peces morían en masa, flotando sin vida en la superficie de ríos y océanos.Las noticias no hablaban de otra cosa: fenómenos extraños en diferentes partes del mundo, colapsos en la fauna marina, tormentas sin precedentes que arrasaban las costas, y lo más inquietante, la contaminación, que parecía haberse multiplicado de un día para otro, anulando décadas de progreso ambiental.

Mark, Emma, Alex y David se encontraban en la casa de Amelia, la madre de Mark. En las últimas semanas, aquella casa, antaño un refugio de paz se había convertido en un lugar de vigilancia constante. Desde las ventanas, el cielo parecía aún más ominoso, y el sonido distante de los fuertes vientos era un recordatorio de que algo estaba terriblemente mal. Amelia,  había permanecido serena frente a la adversidad, pero incluso ella no podía ignorar las señales.

—Esto no es solo un fenómeno natural —comentó ella una noche mientras miraban las noticias—. Algo más está ocurriendo... más allá de lo que sabemos.

Los jóvenes habían pasado los últimos días en un estado de tensión, revisando documentos y noticias, esperando que su intuición estuviera equivocada. Sin embargo, el 20 de agosto, las cosas comenzaron a acelerarse. Las alertas meteorológicas, que al principio parecían exageradas, empezaron a aumentar en frecuencia y gravedad. Anunciaban tormentas inusuales, temperaturas extremas, y lo peor de todo: movimientos sísmicos que afectaban las áreas urbanas, algo que no ocurría desde hacía siglos en esas zonas.

El 21 de agosto, un terremoto sacudió el suelo bajo la casa de Amelia. No fue demasiado fuerte, pero fue suficiente para alterar los nervios de todos. Las lámparas colgantes se balanceaban violentamente y los vidrios vibraban, emitiendo un crujido que hacía eco en cada rincón de la casa. El ambiente se volvió pesado, cargado de un miedo silencioso que ninguno de ellos se atrevía a verbalizar.

Mark fue el primero en reaccionar.

—Esto no es normal —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro—. Necesitamos ir al laboratorio. Si esto empeora, no podemos quedarnos aquí esperando.

Emma y Alex intercambiaron miradas. Sabían que tenía razón. Desde que empezaron a trabajar para Hydronova, sabían que algo más estaba en juego, algo más profundo que las simples lecturas ambientales que habían monitoreado.

—El laboratorio es nuestro mejor refugio —asintió Alex—. Allí tenemos las herramientas y el equipo para hacer frente a lo que venga.

David, siempre práctico y protector, fue el primero en levantarse. Sabía que quedarse en la casa, aunque familiar, no sería seguro si las cosas empeoraban.

—Nos vamos ahora mismo. No podemos arriesgarnos a quedarnos aquí. Esto apenas está comenzando.

Mark miró a su madre. Sabía que tenía que despedirse, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Amelia lo observaba en silencio, con los ojos cargados de una tristeza profunda, como si supiera lo que estaba a punto de suceder. Ambos lo sabían, aunque ninguno se atrevía a decirlo en voz alta: esta sería la última vez que se verían.

Mark se acercó a ella lentamente, tratando de mantener la compostura. Su corazón latía con fuerza en su pecho, y aunque quería decir algo reconfortante, lo único que pudo hacer fue abrazarla. El abrazo fue largo, cálido, pero cargado de una sensación de pérdida inminente.

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