03: MAEVE.

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La alarma no sonó, y terminé yendo tarde a mi primer día de clases en la universidad. Me cepillé los dientes, me peiné y vestí lo más rápido que mi cuerpo perezoso pudo hacerlo. Antes de largarme intenté no hacer ningún ruido, mi mejor amigo Ethan, dormía como un bebé, parecía ser que el paseo de la noche anterior le había caído bien para que pudiera descansar.

El campus de la universidad era tan grande que me aterraba, sus estructuras y todo lo que había dentro me asustaba, incluso las personas, y en realidad, creo que eso era lo que más miedo me daba: socializar. Allí no había una edad fija, me daba cuenta de que quizá era una de las pocas personas con una corta edad ingresando a una carrera, porque los demás tenían pinta de que me pasaban por más de diez años. A excepción de Grey, una chica que conocí en la parada de taxis, y que de casualidad o suerte (quien sabe) se dirigía al mismo lugar que yo, y no terminé de procesar la situación cuando la escuché decir que era ingresante de primer año de la carrera de Literatura. Cuando le conté que yo también, casi gritamos siendo cómplices.

A veces la vida me parecía un tanto extraña. Las personas. Las situaciones. No podía entender muy bien como sucedía aquello, del porque a veces cuando nos morimos de ganas por conocer a alguien que se asemeje a nosotros, o por lo menos que fuese alguien con quien poder compartir lo mismo, no hay manera de encontrar, simplemente no pertenecemos en ningún lugar, y no podemos ser con nadie. Me había pasado desde que soy una niña, hasta que conocí a Ethan en la escuela primaria, y después de eso no pude volver a conectar con alguien de esa manera; natural. En cambio, en aquella ocasión estaba sucediendo lo que creí que jamás volvería a suceder. Grey y yo habíamos tenido esa conexión extraña e instantánea, desde el primer segundo en que nos vimos en aquella parada, y pasó así, sin buscarlo.

—¿Tú también sientes lo mismo? —preguntó con cierto entusiasmo en su voz.

—¿Miedo? —Tragué saliva fuerte.

—¿Qué?, ¿Miedo? —Me miró con indignación —. No seas una loca, Maeve. Te hablaba de sentir emoción al ver lo enorme que es este lugar. Imagínate todo lo que vamos a poder vivir desde hoy en adelante...

—Bueno, yo pensaba en...

—Ven conmigo —Me interrumpió tirándome hacía ella, y no tuve más opciones que la de caminar a su lado.

En el transcurso, no pude evitar no observar a mi al rededor. Seguía sintiendo que tenía algo atorado en mi garganta, también que cada vez se me secaba más la boca, haciendo que se me dificultara tragar mi propia saliva. Sin embargo, más allá de eso, me gustaba lo que veía. Era un lugar tranquilo, lleno de gente, pero ninguno era realmente atente, cada persona estaba sumergido en lo suyo: en los exámenes que tenían, los trabajos pendientes. Yo que sé. Intenté pasar desapercibido los síntomas de ansiedad que estaban atacándome, pensando en lo lindo que sería después, y que Grey tenía razón, viviríamos muchas cosas, y en ese momento no tenía ni idea de que más personas se nos unirían más tarde.

En clases nos sentamos juntas. Hicieron la presentación e introducción de las materias, para que fuésemos teniendo una noción de lo que se trataban. Ninguna me disgusto, sabía que cada cosa nueva que aprendiera en todas ellas, me iban a servir para todos los proyectos que tenía pensados para mi futuro. Al finalizar, Grey me invitó a almorzar con ella en la cafetería del instituto, pero me negué comentándole que ya había quedado en hacerlo con mi mejor amigo. Me disculpé con ella, y prometí que algún día se lo presentaría, pensaba en que podían llevarse bien. Para mi suerte, no se molestó, pero me hizo prometerle que uno de esos días almorzaría con ella. 

Cuando llegué a mi departamento, tarde unos segundos en abrir la puerta. Ethan había quedado en que cocinaría, él comenzaba sus clases a las tres de la tarde, así que cuando di un paso hacía dentro, mi nariz activó todos mis sentidos al sentir el rico olor que venía de la cocina. Dejé mi mochila en uno de los sillones que estaban en la sala, y caminé dejándome llevar por el aroma de la comida.

—¿Eso es lo que creo que es? —pregunté emocionada.

—Puré de...

—¡Chirivía! —exclamé saltando hacía él, colgándome de su cuello.

—Maeve, preciosa... —Me abrazó rodeándome la cintura con un solo brazo, mientras que con el otro sostenía un cubierto —, cuéntame, ¿Cómo te fue? Estaba preocupado, te marqué diez veces para preguntarte si te encontrabas bien. Ya sabes, con esto de que tienes ansiedad social.

—¿Me has llamado? No he cogido mi móvil desde que salí de clases, te pido una disculpa —Sonreí y me alejé de él para que siguiera preparando el almuerzo —. Me ha ido de maravilla, conocí una chica llamada Grey, en la parada de taxis y resultó que también es mi compañera de clases. Pensé que nunca más volvería a coincidir así con alguien, mucho menos con una mujer.

Ethan me escuchaba atento, mientras asentía. A él no se le escapaba ningún detalle de absolutamente nada. Sonrió grande cuando le conté que le había dicho a ella que los presentaría porque estaba segura de que también podían llevarse bien. Por otro lado, me estaba frenando a contarle todo porque sabía que en el fondo mi mejor amigo tenía pánico. A diferencia de mí, él a veces prefería guardarse lo que sentía y no contarme nada. Quería convencerme de que era porque no quería alterarme más, y no porque no me tuviese la confianza suficiente para hacerlo.

—Me alegra mucho que te la hayas pasado bien, puré —Sonrió.

Lo imité, pero lo hice con diversión. "Puré", ¿Era un nuevo apodo? Me resultaba chistoso y a la misma vez, tierno, porque sabía bien a que iba con eso.

—Anoche te escuché decirme puré también, ¿Es una especie de burla? —pregunté alzando una ceja.

—No seas boba —dijo sonriéndome de cerca. Tanto que hasta pude sentir su respiración —. Estoy seguro de que sabes porque ese es tu nuevo apodo. Además, sorprendentemente, te queda perfecto —Comenzó a reír.

—Vale, ya encontraré algún apodo fuera de lo común para ti.

Más tarde, después de media hora, alisté la mesa para que pudiésemos almorzar cómodos. Quisimos imitar un poco a los asiáticos que comen sentados en el suelo con una mesa pequeña. Así que nos sentamos en el piso de la sala, utilizando la diminuta mesilla de cristal que estaba frente a los sillones. No dejábamos de hablar. Hablábamos de teorías conspirativas, y de que Ethan había visto la noche anterior un video en el que supuestamente decían que las montañas eran los gigantes dormidos. Nos asustamos ante esa idea, pero después la olvidamos cuando comenzó a contarme acerca de un video que se trataba sobre el iceberg de los trastornos mentales. Yo lo escuchaba atenta, me gustaba hacerlo. Cuando mi mejor amigo contaba con tanto entusiasmo sobre aquellos temas era imposible pararlo, y si soy sincera, tampoco quería hacerlo. Si hubiese sido por mí, me habría quedado toda mi vida escuchándolo.

Latidos que mantuve en silencio.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora