Era Viernes, de la última semana de Septiembre. Estaba recostado sobre mi mochila, en el césped del campus de la universidad. El cielo parecía que iba a caerse tan pronto como sea posible, y para mi suerte, ya comenzaba a acostumbrarse al clima de Edimburgo.
—Anda, acuéstate conmigo —Le dije a Juliette, que se encontraba de pie a mi lado, observándome con rareza —. ¿O eres una princesita que no se quiere mojar un poco? —Bromeé.
—Ja ja ja, mira como me haces reír —respondió volteando sus ojos —. El césped esta húmedo y frio, Ethan, no quiero que quede marcada en mi ropa. Además, debo ir a la biblioteca en una hora.
Me senté enderezándome. Bufé ante su amargura por disfrutar de las cosas pequeñas de la vida. Pensaba en que si Maeve, hubiese estado allí conmigo, se habría revolcado a mi lado con una sonrisa gigantesca, porque a ella si le gustaba volver a ser una niña.
—¿Por qué vas tanto a la biblioteca? —pregunté con curiosidad.
—Mmmm —Titubeó —, porque mis amigas pasan el rato ahí, y aprovechan el tiempo para pasarse entre sí los apuntes —dijo sin mirarme, y algo en mi hizo que no le creyera.
No me gustaba etiquetar a la gente que no conocía, aun que debo admitir que, lo hacía siempre con mi mejor amiga. Criticábamos. En la adolescencia era divertido, y llevarle la contra a los demás por el simple hecho de que todos se lo tomaban tan personal. Maeve y yo, llegamos a la conclusión de que la mayoría de mujeres se estaban volviendo huecas, les preocupaba más como se veían por fuera. Sabía que la razón por la que a ella le costaba tener amigas, era porque en el instituto de North Berwick, las chicas que solían ser nuestras compañeras, la odiaba sin razón aparente, y desde ahí, Maeve, quedó un poco afectada.
Tenía ganas de correr a ella y contarle lo que estaba escuchando, seguramente me diría lo que yo estaba pensando; que Juliette mentía. Esa chica era linda, y de vez en cuando sacaba buenas conversaciones, pero parecía igual de vacía que muchas otras que había llegado a conocer, y sus amigas; Lorna y Charlotte, no eran la excepción. Eran iguales, en todos sentidos, y desde lejos se podía notar que no eran ese tipo de personas que se encerrarían en una biblioteca para copiar apuntes.
—Te creo —dije forzando una sonrisa.
—¿Cuándo me invitarás a cenar? Siempre me cuentas que cocinas para esa tal Maeve, y por lo visto, lo haces bien, ¿Pero y yo? —preguntó reprochándome.
—Algún día, quizá. No lo sé, primero debería presentarte a Maeve, es su departamento también.
Juliette se quedó en silencio, mantenía sus ojos abiertos en grande, sorprendida por lo que decía. Al cabo de unos segundos, abrió su boca y soltó una carcajada sínica que no me había gustado para nada.
—¿En serio? Ethan..., siento que le pones tanta prioridad a una chica que no hace lo mismo por ti. O, dime, ¿Ya han hablado sobre ese chico que ella llevaba y que no te gustaba?
—Mason —Recalqué su nombre con disgusto —. Y sí, lo hablamos, más o menos.
—Bueno —espeto con seriedad, al saber que no podía seguir opinando al respecto —. Avísame cuando quieras invitarme. Podríamos tener una cita, tal vez.
Me levanté a duras penas del suelo, limpié mi ropa con las manos y me coloqué la mochila en el hombro. Debía comenzar a caminar hacía la parada de taxis si quería llegar a casa antes de que anocheciera y lloviera.
—¿Una cita?, ¿De qué me estás hablando? —pregunté confundido.
Juliette, se acerco a mi a pasos lentos y con una sonrisa pícara en su rostro. Acomodó mi cabello con sus dedos, y luego acarició mi mejilla. Para mi sorpresa, no sentí nada, solo un ligero escalofrío, que se debía a la verguenza que me daba que una persona a la que muy poco conocía, tomara esa cercanía conmigo.
—Por favor, Ethan, ¿En serio no te has dado cuenta?
—¿De qué? —pregunté nervioso.
—De que me gustas.
(...)
Miré el reloj que estaba colgando en la pared de aquella cafetería a la que había entrado desbastado. Marcaban las diez de la noche, y el lugar comenzaba a llenarse de gente mayor, había olvidado que era Viernes. En realidad, había perdido la noción de todo.
El mesero iba y venía a cada rato, ya llevaba tomando la quinta taza de café, quien sabe a cuanta cafeína equivaldría eso. Mi pierna se movía cada vez más rápido de la ansiedad que tenía encima. No me sentía bien, me sentía fatal, no sabía que hacer, como actuar o que decir. Estaba perdido.
Cuando salí de la universidad para dirigirme a la parada de taxis, me encontré con una imagen que habría preferido no ver nunca jamás en mi vida, al menos si hubiese sabido desde el inicio que ver algo como eso me rompería el corazón en mil pedazos chiquitos incapaces de juntar de nuevo. Creo que fue el instante exacto en el que termine de aceptar todo lo que sentía, todo aquello que venía abrumándome la mente desde hacía más de un mes, o quizá desde años antes, solo que no le había prestado atención a lo que sucedía a mi al rededor. Quizá tenía miedo de aceptar que mi corazón siempre había latido por ella; por Maeve.
En el camino, vi en una esquina a mi mejor amiga, subiéndose al auto de ese chico que comenzaba a odiar con toda mi maldita alma: Mason. Mason Miller. Aquel al que tenía ganas de golpear por quitarme lo más preciado que tenía en mi vida, lo único que me quedaba, lo único que me hacía feliz.
Ella no solo se había subido a su auto, si no que, se abrazaron fuerte, de una manera en la que Maeve, jamás me había abrazado a mí, no con esa intensidad, no con esas ganas. Además, se habían mantenido mirándose tan fijo que comenzaron a sonreírse a tan solo unos milímetros de cercanía. Tal vez, para cualquier otra persona habría estado exagerando, pero no, yo sentía que eso era demasiado para mi, no podía soportarlo, no quería que tuviese esa confianza con él, no con Mason. Estaba hirviéndome la sangre de los celos, sí.
Estaba sentado en una de las mesas que se encontraba al lado de la gigantesca ventana que había en la cafetería, eso me dejaba ver la hermosa vista a la ciudad que yacía iluminada bajo la aquella noche de Septiembre. Al mismo tiempo en el que sentía como me dolía el corazón, pensaba en que el cumpleaños de Maeve, estaba a dos pasos de la esquina, que no sabía que regalarle. Los años anteriores siempre le había obsequiado libros en cuales se interesaba demasiado, solo que ese año nuevo, sorprendentemente, no la había escuchado hablar sobre su amor que tenía por ellos y cual pensaba leer próximamente.
Me odié a mi mismo por amarla demasiado, porque aun cuando me había roto el alma inconscientemente, porque ella no tenía idea de nada, pensaba en alguna cosa que la hiciera feliz en un día que tenía que ser especial. Me odiaba por no poder enojarme con ella, o al menos, que ese cariño que sobre pasaba las líneas de nuestra amistad, reduciéran un poco.
Decidí volver al departamento caminando. Mi móvil sonaba una y otra vez, sabía que era mi mejor amiga preguntándome a que hora volvería. No le había cogido las llamadas desde que la había visto en aquella esquina siendo tan amorosa con otro chico. Estaba mal, y prefería ser silencioso, porque habían cosas estúpidas que podían salir de mi boca por el impulso que solía tener. Al mismo tiempo, había aceptado completamente mis sentimientos hacía ella, aun que aún me costaba un poco reconocerlo, sabía que no era lo mejor, y que quizá habían cosas que debían quedarse como estaban. Maeve y yo como pareja jamás habríamos funcionado, así que decidí seguir otro camino, tal vez, intentar enamorarme de alguien más, con quien si pudiera ser correspondido. Decidí tomar el camino fácil.
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Latidos que mantuve en silencio.
RomanceMaeve, es una chica que apenas esta saliendo de su adolescencia. Ella siempre ha soñado con tener un compañero, y se la ha pasado en su corta vida, buscando y tratando de encajar con chicos que ella creía que eran correctos. Se negó internamente a a...