Hinata una pintora con peligrosas visiones que la llevan a pintar escenas de crímenes en las que poco o nada puede intervenir. Tras esas experiencias sufre unos estados de shock cuyo elemento dominante es el frío. Un frío interior que sólo un hombre...
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A las nueve sonó el teléfono. Hinata estaba aún aturdida por el impacto del cuadro y tenía tanto frío que no había conseguido calentarse ni con un montón de cafés. Subió el termostato de la habitación hasta que llegó a los veintiocho grados, aunque se negó a subirlo más.
El parte meteorológico, del que informó una mujer a la que Hinata hubiera abofeteado por lo vivaz que era, dijo que el día sería «espléndido» con máximas que rondarían los veintisiete grados. La gente en la calle iba en mangas de camisa, los niños todavía en pantalón corto y ella estaba helada. Sintió como si su núcleo más interno fuera de hielo y que el frío procediese de dentro y no de fuera.
No podía pintar nada, ni siquiera algo que no la satisficiese. Cada vez que veía el horrible cuadro del vendedor de bocadillos le entraban ganas de echarse a llorar. Estaba muy triste, casi de luto, y cuando el teléfono sonó, lo cogió enseguida, alegrándose de la interrupción.
—Hola, soy Sakura. ¿Llamo en un buen momento? —En sus oídos sonó la cariñosa voz de Sakura.
—Tan bueno como cualquier otro. —Hinata se apartó un mechon de los ojos—. Con respecto a lo de ayer...
—No te disculpes —la interrumpió Sakura riendo—. Tendría que ser yo la que se disculpara. Si me hubiera parado a pensarlo, habría sabido de inmediato que no podrías soportarlos. Tsunade es inaguantable, pero en su defensa hay que decir que Dan agota la paciencia a un santo.
—Pues no veas cómo te mira. —No tenía que haber dicho eso, maldita sea. Sakura le caía bien pero nunca habían pasado del cordial trato que tenían en los negocios a la verdadera amistad. Y, de todas formas, las conversaciones sobre cuestiones íntimas no eran su fuerte.
Sakura no tenía esas dificultades, estaba claro. Rió para quitarle importancia y dijo:—Dan mira de ese modo a todas las mujeres. Decir que es un perro sería insultar a los perros. Sin embargo, tiene sus ventajas. Es por eso que Tsunade sigue con él.
Hinata no dijo nada porque sabía que cualquier cosa que saliera de su boca no sería especialmente cortés y los Katō no sólo estaban en el círculo social de Sakura sino que, además, eran clientes suyos. Meterse con ellos no sería diplomático. No decir nada resultaba tenso pero lo consiguió.
—Vi que ayer te marchabas con Naruto en el coche —dijo Sakura tras una breve pausa y con un tono de voz algo vacilante.
Oh, Dios. El radar de Hinata empezó a sonar en señal de alarma.
—Se puso a llover y yo llevaba la carpeta, así que me acompañó a casa en coche. —Agarró el teléfono, con la esperanza de que Sakura lo dejara ahí y pasase a otro tema.
—Puede ser muy servicial, es esa educación que tiene de chico de campo.
—No sabía que fuera un chico de campo —replicó Hinata. Aquellas palabras no eran comprometidas.