Hinata una pintora con peligrosas visiones que la llevan a pintar escenas de crímenes en las que poco o nada puede intervenir. Tras esas experiencias sufre unos estados de shock cuyo elemento dominante es el frío. Un frío interior que sólo un hombre...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Hinata no sabía si la creía pero, por unos momentos, no le importó. El alivio que sentía después de habérselo contado a alguien era inmenso y, hasta ese instante, no advirtió lo estresante que había sido afrontarlo sola. Él no dejó de mirarla ni un solo momento, con la mano en sus cabellos.
Entonces advirtió que lo que él pensara sí era importante. Hasta hacía tres días, nunca había respondido a ningún hombre del modo que lo había hecho con él ni había creído que fuera posible hacerlo.
No sabía cómo había cobrado tanta importancia en su vida y tan deprisa pero no podía eludir esa verdad. Y como era importante para ella, su opinión le interesaba. ¿Y si pensaba que estaba loca y que le daría más problemas que satisfacciones?
De repente, Hinata se sintió incapaz de mirarlo y notó que se ruborizaba. Dios mío, ¿Qué había hecho con su cautela? ¿Cómo había permitido que la amenaza de llevarla al médico la hubiera empujado a contárselo todo? Ella misma había pensado en acudir a un médico para saber si sus fríos se debían a algún trastorno físico, pero que él quisiera llevarla, la hacía sentir cobarde.
—No sé por qué te he contado todo esto —murmuró.
—Sí, pero lo has hecho. —Naruto siguió mirándola y jugando con su cabello—. ¿Cómo sabes que son fantasmas? —preguntó en tono suave.
—Porque están muertos —respondió ella, irritada, mirándolo con el ceño fruncido—. Cuando vas al funeral de alguien y un mes más tarde te lo encuentras en el aparcamiento del supermercado, sabes que algo raro está pasando.
—Sí, yo diría que sí. —Sus labios se curvaron como si se esforzara por contener una sonrisa y Hinata se preguntó qué tendría de divertido todo aquello. Muchas veces, Naruto parecía a punto de echarse a reír.
—¿Qué es lo que te parece tan divertido?
—Tú me pareces divertida, Estás tan ocupada intentado reconstruir tus defensas que no has advertido que estoy en tu mismo terreno.
—Decidimos que no nos enrollaríamos.
—Yo no lo recuerdo exactamente así —dijo Naruto—. Ya estamos «enrollados». Convinimos que no haríamos el amor y no lo hemos hecho, aunque te prometo, cariño, que las tentaciones han sido muy grandes.
Hinata pensó que Naruto debería ponerse la camisa antes de acercarse a ella medio desnudo. El tipo del anuncio de la gaseosa no tenía nada que él no tuviera en lo que a tórax se refería.
El de Naruto era ancho, musculoso, y a Hinata le apeteció poner las manos en sus pectorales, sentir en las palmas los latidos de su corazón y, de alguna manera, acumular en ella su calor corporal para cuando él no estuviese a su lado.
—Cuéntame más de los fantasmas.
Como ya había empezado a hablar, lo mejor sería que lo contase todo. Él parecía haberse acomodado para un cierto tiempo, decidido a no moverse de allí hasta conocer toda la historia.