Hinata una pintora con peligrosas visiones que la llevan a pintar escenas de crímenes en las que poco o nada puede intervenir. Tras esas experiencias sufre unos estados de shock cuyo elemento dominante es el frío. Un frío interior que sólo un hombre...
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Tenía mucho más frío. Hinata se sentó, envuelta en la manta, sin dejar de temblar. Le parecía que iba a morirse de frío y se divirtió al imaginar la perplejidad del forense ante una muerte por hipotermia en un apartamento a veintiocho grados un espléndido día de septiembre.
Pensó en volverse a la cama y meterse bajo la manta eléctrica, pero si lo hacía, tendría que admitir que estaba enferma y no quería hacerlo. Cuando sonó el timbre de la puerta, no le hizo ningún caso porque si se quedaba enroscada, podría acumular el poco calor que generaba. En cambio, moviéndose, tenía más frío.
Pero el timbre sonó de nuevo, y al final, consiguió ponerse en pie.
—Maldita sea —murmuró mientras se acercaba a la puerta.
Oyó un sonido curiosamente apagado y se detuvo sobre sus pasos. Conocedora de los riesgos de vivir en una gran ciudad, decidió no acercarse más a la puerta.
—¿Quién es?
—Naruto.
Sorprendida, miró los paneles de madera.
—¿Naruto?
—Naruto Uzumaki —contestó con amabilidad. A Hinata le pareció oír risas en su voz.
Pensó en la posibilidad de no abrir la puerta. Pensó en alejarse de ella como si no hubiese dicho nada. Sin embargo, él era el propietario del edificio, y aunque no fuera el lugar más elegante del mundo, Hinata sospechaba que Naruto podía alquilarlo por mucho más de lo que ella le pagaba.
Y, en esos momentos, no podía pagar más, por lo que le tocaba ser amable con el propietario. Ésa fue la excusa que se dio a sí misma mientras abría con dificultad los cerrojos debido al frío y al temblor de sus manos.
Él se encontraba en el descansillo sobre la moqueta vieja y sucia. Habría estado totalmente fuera de lugar con su carísimo traje. Sus ojos de artista se fijaron en cada uno de los detalles, bebiéndolo con la mirada.
Si tenía la esperanza que lo ocurrido el día anterior hubiese sido una aberración, en esos momentos la visión de aquel hombre se la hizo perder. El estómago se le encogió y la boca se le llenó de saliva igual que cuando veía un rollo de canela. Aquello no era buena señal.
Naruto sonreía, pero la sonrisa se desvaneció enseguida al verla envuelta en la mana. La miró de arriba abajo con sus ojos azules y preguntó en tono brusco.
—¿Estás enferma? —Dio un paso hacia adelante, ella tuvo que retroceder y con esa facilidad, entró en el apartamento. Cerró la puerta y volvió a correr los cerrojos.
—No, sólo tengo frío. —Se apartó de la peligrosa proximidad de Naruto y enfadada, le preguntó—: ¿Qué estás haciendo aquí? —Se sintió terriblemente alterada.
No estaba preparada para ver a Naruto y mucho menos para estar a solas con él en su apartamento. Ése era su santuario, el lugar en el que podía bajar la guardia entre ella y el mundo y pintar y ser ella misma. A menudo, cerrar esa puerta a sus espaldas la hacía sentir como si hubiera dejado toneladas de cadenas en el descansillo. Allí era libre, pero sólo podía ser libre si estaba sola.