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Hinata salió de la cama poco después de las tres de la madrugada y recorrió el oscuro apartamento sin vacilar ni tropezar

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Hinata salió de la cama poco después de las tres de la madrugada y recorrió el oscuro apartamento sin vacilar ni tropezar. Su expresión era calmada y distante; apenas parpadeó. Los latidos de su corazón eran lentos y uniformes.

Cuando llegó ante la pintura sin terminar que todavía estaba en el caballete, se quedó largo rato mirándola, con la cabeza ladeada, como si escuchara una voz invisible.

Mientras preparaba pigmento blanco y lo mezclaba con rojo, se movió despacio, casi soñolienta. Cuando consiguió un tono rosado, empezó a pintar con sus precisas pinceladas una cabellera rosa despeinada, desparramada sobre una alfombra color crema.

La cara le resultó mucho más difícil porque tenía una expresión que ella nunca había visto. La aurora de fines de verano empezó a despuntar mientras, con esmero, recreaba una hermosa cara cuyo color se había vuelto ceniciento, con los ojos abiertos y vidriosos por la muerte, y unos labios que eran una cuchillada de color rojo. 

El estudio se estaba llenando de luz cuando, metódicamente, puso los pinceles en un bote con trementina, tapó los tubos y volvió a la cama tan silenciosamente como se había levantado.

*                                       *

Hinata despertó con el sol que se colaba, radiante, por la ventana de su cuarto. Estaba hecha una bola, con los brazos alrededor del cuerpo en un esfuerzo inconsciente por conservar el calor. El frío era increíble, más intenso que nunca. Tiritaba con tanta violencia que la cama se movía.

Naruto. Necesitaba a Naruto.

Con un gemido, consiguió arrastrarse hasta el borde de la cama. Los números rojos del reloj digital quedaban oscurecidos por el brillo del sol pero, sin lugar a dudas, eran un uno, un cero, un tres y un cuatro. Las diez y treinta y cuatro.

¿Por qué no había llamado Naruto?

Tenía que haber llamado. Si ella no lo llamaba, llamaba él. ¡Qué rápido se había establecido esa costumbre! Y había llegado a confiar en él aún más deprisa... Su ausencia la conmocionó, sacudiendo una seguridad recién creada en la que apenas empezaba a creer.

—Naruto —susurró como si este pudiera oírla. Su voz era débil y cansina.

Pensó que no tenía que asustarse. No era probable que muriese, se tranquilizó. Fueran cuales fueran las reglas que gobernaban aquel mundo paranormal, nunca había oído que esas experiencias matasen a quienes las tenían.

No había tenido demasiado tiempo para informarse acerca de la clarividencia ni nada parecido, únicamente se había dedicado a los fantasmas. Tal vez los médium sólo tenían una oportunidad, como el macho de la mantis devorado por la hembra.

Tenía que llamar a Naruto. Quizá se había quedado dormido. Probablemente la cena de negocios había acabado muy tarde.

Cuando fue a coger el teléfono de la mesilla de noche sintió una especie de angustia. El cuadro. Empezó a notar un hecho que se repetía: cuanto más trabajaba por la noche, más frío tenía después. Nunca había tenido tanto frío como ese día.

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