Hinata una pintora con peligrosas visiones que la llevan a pintar escenas de crímenes en las que poco o nada puede intervenir. Tras esas experiencias sufre unos estados de shock cuyo elemento dominante es el frío. Un frío interior que sólo un hombre...
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El suelo del vestíbulo era de baldosas gris oscuro, cubiertas por la gruesa alfombra de los colores más intensos que se hubiese visto nunca. Habría hecho una pausa para contemplarla, pero Naruto, con un gesto, la instó a precederlo hacia la sala y ella lo hizo incómoda.
Su expresión era de lo más gélido, como si no la quisiera allí pero fuese demasiado educado para decírselo. Hinata hundió más las manos en los bolsillos y se sintió una intrusa.
La vez anterior que había estado en la casa también se había sentido una intrusa. Claro que en esa ocasión se había visto presionada a socializar, brevemente, pero esta vez no se sentía mejor.
El lujo la ponía nerviosa. De niña, siempre era ella la que vertía el bote de pegamento en un mantel de encaje o se manchaba de pintura una blusa de seda o pisaba un bolígrafo y lo reventaba sobre una alfombra carísima.
Su madre siempre había resaltado en su espectacular tono de voz, que lo mejor sería tenerla en una jaula y luego siempre se disculpaba de la torpeza de su hija. Durante un tiempo, Hinata vivió aterrorizada pensando que su madre realmente la encerraría en una jaula.
Había superado ese miedo, pero siempre había sido propensa a los accidentes y con las cosas caras se sentía especialmente torpe. Caminó hasta el centro del vestíbulo y se mantuvo a distancia de una hermosa lámpara.
La espaciosa sala estaba a la derecha. Entró en silencio, con Naruto pisándole los talones. Experimentó la vaga sensación de ser conducida. No debería estar allí, se encontraba fuera de lugar y, ciertamente, el momento no era el mejor. Había dado por sentadas muchas cosas en su relación y esta era demasiado nueva y estaba aún muy poco formada como para que uno pudiera, sacar conclusiones.
Pese a su incomodidad, Hinata se fijó, como siempre, en los colores que la rodeaban y enseguida notó que la sala había cambiado. A Sakura le gustaban los tonos claros y neutros; ahora todo era más intenso y consistente. Y nada de lo nuevo era menos costoso que lo anterior.
Hinata se quedó en el centro de la sala, incómoda, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro.
—Siéntate —dijo Naruto.
—No puedo quedarme. —No había mejorado nada en sus mentiras piadosas, pensó enfadada consigo misma—. Sé que no tendría que estar aquí... Para ti es un momento muy delicado y yo me estoy entrometiendo.
— Siéntate —repitió él, aunque esta vez sonó como un gruñido.
Hinata eligió un gran sillón de cuero y se sentó en el borde del cojín. En la mesa que tenía al lado había una estatuilla. Se puso las manos entre las rodillas para no tirarla sin querer.
No le gustaba sentirse incómoda con Naruto. En su apartamento se sentía más a gusto con él. Allí, por primera vez, advirtió el abismo económico que los distanciaba. Nunca le había parecido un esnob, por lo que la distinción tendría que estar dentro de sí misma, y lo contrario al esnobismo era tan irracional como ser esnob.