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Nueva Konoha, un año después

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Nueva Konoha, un año después.

Una cosa era creer en fantasmas, y otra muy distinta verlos. Sin embargo, Hinata había descubierto que lo que realmente marcaba la diferencia era conocer o no al fantasma. En el pequeño pueblo de Byakugan, Nueva Konoha, en el que había vivido hasta hacía un año, conocía de vista a todos los habitantes, incluidos los muertos. 

En la ciudad de Nueva Konoha no conocía a nadie, por lo que podía mirar a través de los rostros traslúcidos de la multitud y fingir que no los veía. Después de haber visto el fantasma del niño de diez años en Byakugan, nunca sabía cuándo iba a encontrarse con otro fantasma que le hablara, y nunca podía tomárselo con calma suficiente y fingir que no ocurría nada. 

No, tenía que reaccionar, y al poco tiempo la gente empezó a mirarla como si sospechara que había perdido la cordura. Así que hizo las maletas y se trasladó a Nueva Konoha, antes de que los vecinos empezaran a señalarla por la calle.

Sí, la gran ciudad era mejor. Hacía menos frío. En la época en la que empezó a ver fantasmas, su regulador térmico interno también pareció helarse. Siempre tenía frío, había tenido frío todo el año. 

Tal vez el frío había llegado antes incluso de ver al niño, pero no se acordaba. Al fin y al cabo, ¿Quién prestaba atención a esos detalles? No eran esas cosas las que uno se apuntaba en la agenda: 29 de agosto. He tenido frío.

Hinata no sabía qué le había llevado los fantasmas a la mente aquella radiante mañana de septiembre, pero fue lo primero en lo que pensó cuando se despertó. Eso y el frío, que parecía empeorar. 

Salió de la cama a toda prisa, se quitó el pijama, se puso un jersey y fue a la cocina a tomarse la primera taza de café, dando gracias al cielo de la existencia de los programadores electrónicos en la vida doméstica. Era tan agradable tener el café ya preparado al levantarse de la cama... De otro modo, pensó, se quedaría helada de frío esperando a que estuviese listo.

El primer sorbo la calentó por dentro y suspiró aliviada. Saboreó el segundo y cuando se disponía a hacer lo mismo con el tercero, sonó el teléfono.

Los teléfonos eran una molestia necesaria, pero una molestia al fin y al cabo. Consultó su reloj y eran las siete cuarenta y tres de la mañana. ¿Quién demonios la llamaría a esa hora? Irritada, dejó la taza en la mesa y fue a responder.

—Soy Sakura—dijo una cálida voz—. Siento mucho llamarte tan temprano pero no sabía qué planes tenías y quería pescarte en casa.

—Pues me has pescado en el primer lanzamiento —replicó Hinata, menos agitada. Sakura Uzumaki era la propietaria de la galería donde Hinata vendía sus cuadros.

—¿Cómo dices?

—No importa. Es argot de pescadores. Supongo que nunca has ido a pescar...

—Oh, no. —Al igual que su voz, la risa de Sakura era cariñosa e íntima—. Te he llamado para saber si podrías pasarte por aquí sobre la una para conocer a unos posibles clientes. Anoche nos encontramos en una fiesta y dijeron que les gustaría hacerse un retrato. Enseguida pensé en ti, por supuesto. La señora Katō quería venir a la galería a ver una pieza que acabo de adquirir y he pensado que podrías acercarte y hablar con ellos.

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