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El timbre resonó con fuerza en la casa de Gabriel, rompiendo el silencio de la tarde. Antonio esperaba nervioso en la puerta, con las manos enterradas en los bolsillos de su chaqueta. Había pasado una semana desde la última vez que vio a Sofía, y aunque la vergüenza y el miedo de enfrentarla lo acosaban, sabía que no podía dejar las cosas así. Su amigo Gabriel era su única esperanza. 

La puerta se abrió y Gabriel lo miró con una mezcla de sorpresa y cautela. 
—¿Qué haces aquí, Antonio? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta. 

Antonio respiró hondo, tratando de mantener la calma. 
—Necesito hablar con Sofía. Sé que está aquí. 

Gabriel suspiró y negó. 
—¿Qué te hace pensar que quiere hablar contigo? 

—No lo sé —admitió Antonio, mirando al suelo por un momento antes de volver a levantar la vista—. Pero tengo que intentarlo. 

Gabriel lo observó durante unos segundos antes de dar un paso al costado y dejarlo pasar. 
—Ella está en la sala. Pero te advierto, no está de humor para escuchar pendejadas, Antonio. 

Antonio asintió con un leve gesto y entró en la casa. Caminó por el pasillo, reconociendo los sonidos familiares: el sonido de su película favorita suave sonaba desde el fondo, y el olor a café fresco se filtraba desde la cocina. En la sala, Sofía estaba sentada en el sofá, estaba tapada con una colcha y tenía un vaso de chocomilk, el sabía cuanto le gustaba. Parecía tranquila, pero la tensión en su postura revelaba lo contrario. 

Cuando lo vio entrar, sus ojos se endurecieron al instante. Dejando el vaso sobre la mesa, se levantó y lo enfrentó. 
—¿Qué haces aquí? —preguntó, su voz baja pero cargada de firmeza. 

Antonio se detuvo a unos pasos de ella, sintiendo el peso de su mirada. Durante un segundo, consideró retroceder, pero sabía que ya no había marcha atrás. 
—Vine a hablar contigo. 

Sofía dejó escapar una risa breve, sin humor, y negó con la cabeza. 
—¿Hablar? ¿Hablar sobre qué, Antonio? ¿Sobre cómo no soy suficiente para ti? Porque si eso es lo que vienes a decirme otra vez, no tienes que molestarte. 

—No, no es eso —respondió rápidamente, levantando las manos en un gesto defensivo—. Por favor, Sofía. Solo dame unos minutos. 

Ella cruzó los brazos y lo miró con frialdad. 
—Tienes dos minutos. Habla. 

La frialdad en su voz lo desarmó, pero intentó no dejarlo ver. Dio un paso hacia ella, pero Sofía levantó una mano, deteniéndolo. 
—Desde ahí está bien. 

Antonio tragó saliva y asintió. 
—Sé que lo que hice fue horrible. Sé que te lastimé de formas que ni siquiera puedo entender del todo. Pero he estado pensando mucho en todo lo que pasó, y... no sé, necesitaba verte. Necesitaba decirte que me equivoqué. 

Sofía arqueó una ceja, su postura inquebrantable. 
—¿Eso es todo? ¿Que te equivocaste? 

—No, no es todo —respondió él, su voz bajando ligeramente—. Quiero arreglar esto. 

Ella soltó un suspiro, casi de exasperación. 
—¿Arreglar qué, Antonio? ¿Cómo se supone que arreglas algo que tu mismo terminaste? 

—No lo sé —dijo él, su tono adquiriendo una vulnerabilidad que sorprendió incluso a él mismo—. Pero estoy dispuesto a intentarlo. 

Sofía lo miró fijamente, su expresión apenas cambiando. 
—¿Intentarlo? ¿Ahora quieres intentarlo? ¿Dónde estaba ese intento cuando te necesitaba, Antonio? ¿Cuando estaba frente a ti pidiéndote que no me empujaras más lejos incluso cuando acepté mi error? 

Close Friends - Junior HDonde viven las historias. Descúbrelo ahora