Era la madrugada, y el sonido de la respiración tranquila de Antonio llenaba la habitación. Sofía, incómoda, se removía entre las sábanas. Abrió los ojos y, sin pensarlo dos veces, lo sacudió suavemente.
—Antonio... —murmuró con voz adormilada pero firme—. ¿Puedes ir por un chocolate?
Antonio, aún atrapado en el sueño, gruñó un poco antes de abrir los ojos lentamente.
—¿Qué? —dijo en un tono entre confuso y somnoliento.
—Un chocolate. De cookies and cream, por favor —respondió Sofía, con un tono que indicaba que no se trataba de una simple sugerencia. Era un antojo urgente, de esos que solo las mujeres embarazadas conocen.
Antonio, quien ya había vivido varios de esos episodios, suspiró resignado. Aunque estaba agotado, sabía que no había vuelta atrás. Se frotó los ojos y se levantó de la cama, sabiendo que la tranquilidad de su hogar dependía de ese chocolate.
—Cookies and cream, ¿no? —preguntó por si acaso.
—Sí, pero de ese, no de otro. Es lo único que quiero —insistió Sofía, acurrucándose de nuevo en las sábanas, aunque el sueño ya había huido de ella.
Antonio se vistió rápidamente, cogió las llaves del coche y salió en busca del anhelado chocolate. Sabía que a esa hora las tiendas abiertas eran pocas, pero estaba dispuesto a recorrerlas todas. Después de ir a la primera tienda y no encontrarlo, la segunda tampoco tuvo éxito, y en la tercera, ya con algo de frustración, decidió llevar uno de los chocolates favoritos de Sofía: un clásico de almendra que solía hacerla feliz.
Regresó a casa cerca de una hora después. Entró con sigilo, esperando que Sofía estuviera de buen humor a pesar de no haber encontrado exactamente lo que pidió.
—No encontré el de cookies and cream, pero traje este, tu favorito —dijo Antonio, con una sonrisa forzada, mostrando el chocolate.
Sofía lo miró con una mezcla de sorpresa e irritación. Se incorporó un poco en la cama y frunció el ceño.
—Te pedí una cosa. Una sola cosa, Antonio. ¿Cómo no pudiste encontrarlo? —dijo en un tono molesto.
Antonio, ya algo cansado de la situación, intentó mantener la calma.
—Amor, fui a todas las tiendas que estaban abiertas. De verdad lo intenté. Pensé que este te gustaría porque es tu favorito... —respondió, tratando de sonar conciliador.
Pero Sofía no quería escucharlo. Los antojos, sumados al cansancio del embarazo, la tenían al límite.
—No era tan difícil, Antonio. ¡Solo te pedí ese chocolate! —replicó, levantando un poco la voz.
La discusión comenzó a subir de tono. Antonio, quien hasta ese momento había intentado ser paciente, empezaba a sentir cómo la frustración se acumulaba dentro de él.
—¡Sofía, estoy haciendo lo mejor que puedo! —soltó de golpe, alzando la voz por primera vez—. Fui a todas las tiendas. Me estoy esforzando, pero parece que eso nunca es suficiente para ti.
Sofía lo miró sorprendida, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—¿Nunca es suficiente para mí? Antonio, solo te pedí algo tan simple como un chocolate —replicó, su tono cargado de rabia.
Antonio apretó los puños, intentando contenerse, pero entonces dijo algo que sabía que lamentaría en el instante en que las palabras salieron de su boca:
—Quizá no lo encontré porque ya no deberías estar comiendo tantos chocolates... con todo ese peso extra.
El silencio que siguió fue ensordecedor. La expresión de Sofía cambió de inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, y sus labios temblaron mientras los mordía, luchando por no romper en llanto. No dijo nada. Simplemente se levantó y se dirigió al baño, cerrando la puerta detrás de ella con un golpe seco.
Antonio se quedó inmóvil, sintiendo una oleada de arrepentimiento. Sabía que lo que había dicho era cruel y que, aunque la discusión había sido por algo insignificante, había cruzado una línea. Suspiró profundamente y caminó hacia la puerta del baño.
—Sofía... —dijo suavemente mientras tocaba la puerta—. Lo siento. No quise decir eso, estaba apendejado. ¿Puedes abrir, por favor?
El silencio desde el otro lado de la puerta fue la única respuesta. Antonio apoyó la cabeza contra la puerta, sabiendo que había metido la pata, y grande. Continuó hablando, con la esperanza de que ella lo escuchara.
—Sofi... sé que estás molesta, y tienes razón. Lo que dije estuvo mal. De verdad no lo pienso. Estaba cansado y frustrado, pero eso no justifica que te haya dicho algo así. Eres hermosa, te lo digo siempre porque lo creo de verdad.
Siguió hablando durante lo que parecieron horas, intentando disculparse, explicándose, pero nunca obtuvo respuesta. Después de un rato, ya no escuchaba ningún ruido desde el baño, lo que lo preocupó aún más.
Finalmente, decidió abrir la puerta con una llave de repuesto. Cuando la abrió, vio a Sofía dormida, con la cabeza recargada sobre el borde de la bañera, su rostro aún con rastros de lágrimas. La escena hizo sentir peor. Sentía una mezcla de culpa y tristeza al verla así, agotada emocionalmente y físicamente por su discusión.
Sabía que ahora Sofía estaba más pesada debido al embarazo, pero eso no le impidió agacharse y, con esfuerzo, cargarla en brazos. Aunque era más difícil que antes, no le importaba. La llevó con cuidado hasta la cama y la acostó suavemente.
Se sentó a su lado, acariciando su cabello, susurrándole palabras suaves, aunque sabía que probablemente no lo escuchaba. Sus manos temblaban un poco mientras la miraba, deseando poder borrar lo que había dicho, deseando poder hacerla sentir bien otra vez.
—Lo siento tanto, mi amor —dijo en voz baja—. De verdad, nunca quise hacerte sentir mal. Jamás he pensado eso de ti. Solo estaba molesto, y no lo pensé. Eres lo más hermoso que me ha pasado, y tu cuerpo... tu cuerpo está creando algo increíble. Te amo tal como eres, y más que nada quiero que lo sepas.
Mientras hablaba, siguió acariciando su cabello, dejando que sus palabras llenaran el silencio de la habitación.
—Eres increíble, Sofía. Y sé que a veces no lo demuestro lo suficiente, pero lo eres. Lo que estás haciendo, traer a nuestro bebé al mundo... eso es lo más asombroso que he visto en mi vida. No me importa cómo te veas, siempre te verás perfecta para mí.
Sofía no respondió, pero Antonio sabía que, en el fondo, sus palabras llegarían a ella en algún momento. Le dio un beso suave en la frente y la cubrió con las sábanas. Luego se acostó a su lado, abrazándola con cuidado, asegurándose de no incomodarla.
A pesar de lo ocurrido, Antonio no podía dejar de pensar en lo mucho que amaba a Sofía, y en cómo, incluso en medio de las peleas más tontas, seguía siendo la mujer que había elegido para compartir su vida. Sabía que tendrían que hablar al día siguiente, pero por ahora, lo único que importaba era que estaban juntos, y que, de alguna manera, superarían esto.
Con ese pensamiento, cerró los ojos, esperando que la mañana trajera una nueva oportunidad para arreglar las cosas.
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Close Friends - Junior H
FanfictionMe dice a dónde No ocupo GPI Varios le tiran pero me prefiere a mí Me sube a Close Friends Que no sepan de mí Le gusto por placoso De malandro traigo skin
