Sala Imperial Parte 1
En el castillo de Volaris se encontraba una sala diseñada especialmente para las reuniones entre los reyes del imperio. El espacio estaba dominado por columnas redondas de mármol rematadas con intrincados relieves de motivos florales. Las paredes decoradas con murales inmensos tallados en piedra, narraban episodios de la historia de Eiralis, desde la era de los primordiales hasta el surgimiento de las grandes islas flotantes en el cielo.
En la pared central se alzaba una ventana alargada, adornada con molduras que dividían el cristal en complejos diseños. Desde allí, un manto de luz pálida creaba un juego de claroscuros que se extendía por todas partes. Alrededor de un espacio circular, en el corazón de la estancia, se disponían cuatro tronos dorados, todos orientados hacia el centro. Tres de ellos estaban ocupados; la reunión de los tres reyes del imperio había comenzado.
—Henos aquí, tras casi un siglo —dijo el Rey Viryon—. Reunidos nuevamente. Jugando a ser dioses.
—¿Y no lo somos acaso? —respondió Sydrion, monarca de Volaris, con tono sombrío y desafiante—. ¿Acaso no tejemos los hilos de la historia conforme a nuestra voluntad? ¿Acaso no moldeamos el destino de mundos enteros?
El anciano Rey, desde su trono, dejó caer un suspiro pesado, antes de pronunciar hablar con voz medida, profunda, rasposa.
—El universo jamás se detiene, Sydrion. Nuestros mundos se acercan, irremediablemente, al final que hemos postergado durante milenios. Eso es algo, amigo mío, que ninguno de nosotros puede evitar. Esas cosas sí que pertenecen a los dioses. Nosotros somos meros hombres bendecidos con el poder de la vida. Pero ni siquiera yo, que he caminado en este mundo desde tiempos que vuestra memoria no alcanza, soy eterno.
El Rey Zoryon hizo una pausa, su mirada cuarteada por el peso de las eras.
—Estoy al tanto de los acontecimientos recientes, esos que inquietan a nuestros hombres. Sin embargo, esta reunión, convocada por mi mano hace una década, no es para tratar tales asuntos, aunque relacionados, por supuesto, son solo fragmentos de un cuadro de cristal más grande.
Su voz descendió en un murmullo grave. Ronca. Pesada.
—El hijo de Symmaria está por nacer, y con su llegada vendrá fuego, llanto, crujir de huesos y rechinar de dientes a nuestros mundos.
Los tres reyes permanecieron en completo silencio. Durante un instante la habitación quedó envuelta en una quietud mortal. La luz caía sobre sus vestiduras, brillando en el metal de sus tronos, sus túnicas y sus copas, hasta que todo fue engullido por la oscuridad. Una nube cubrió el sol y Viryon le pareció que la propia Symmaria, diosa, fuerza, madre, padre y verdugo, estuviera jugando con ellos mientras los observaba.
—¿Y se supone que vendrá de mí? —dijo el Rey Cuervo con tono grave.
—No de ti, sino de tu casa —respondió el Rey Zoryon, guardián del conocimiento—. Lo he visto. El ciclo se repite. Me llevó décadas entender los patrones, pero finalmente encajan. Las muertes no son fortuitas. Debemos encontrar a quienes están detrás de ellas. Solo así, tal vez, podamos hacer algo con lo que se avecina.
—Hay un patrón claro entre cada víctima —afirmó Sidrion, con la preocupación marcando su tono—. Cada una poseía más energía que la anterior, y los cuerpos de todas fueron hallados en la misma postura: espalda arqueada, con el pecho apuntando al cielo.
—La misma postura que adoptan nuestros hombres cuando son embuidos por el legado del guardián, un hechizo que, entre otras cosas, otorga el poder de tu brújula, Rey Cuervo —dijo Zoryon, y todos confirmaron lo que temían.
Los niveles de poder de cada uno de los guardianes eran de dominio público. Incluso había naipes con sus imágenes a la venta en todas las tiendas de la ciudad. Pero encontrar la ubicación exacta de un guardián era otra historia. Cuanto más fuerte era el guardián, menos energía mágica desprendía, lo que hacía imposible localizar a los más poderosos. Excepto si eras el Rey Cuervo. Considerado un dios por casi todos sus súbditos, su aura era tan inconmensurable y el dominio sobre su poder tan absoluto, que desde hacía siglos mantenía activo un hechizo que cubría por completo ambos mundos: Brújula. Gracias a este hechizo, podía sentir la ubicación de todos aquellos que poseían el legado del guardián, pues cada uno llevaba consigo una parte de él.
—Solo hay un puñado de hechizos capaces de robar la energía vital de una persona por completo. Hechizos arcanos. Prohibidos todos ellos —dijo Sidrion, el guardián de la magia—. Más muertes se avecinan por todo el imperio, especialmente aquí en Volaris, si no cancelo las pruebas.
La preocupación no abandonaba el rostro del rey. Sabía que el reclutamiento de nuevos aspirantes era crucial para la protección de ambos mundos en los eventos oscuros que se avecinaban. Con las festividades de la Ascensión, la fecha que marcaba la creación de las islas flotantes, y la ceremonia que daría inicio a las pruebas de los aspirantes, una oleada de guardianes había llegado al reino en los últimos días. El caldo de cultivo perfecto para un nuevo ataque. No tenía elección, debía cancelarlas.
El Rey Zoryon se acomodó en su trono, acarició su larga barba blanca y miró por la ventana. El cielo se había despejado, devolviendo claridad a la sala.
—Por lo pronto, será necesario imponer la ley marcial —dijo Viryon.
—Daré la órden para reforzar la seguridad en todo Volaris. Pero no declararé ley marcial. No quiero que se desate el caos en mi reino.
—Con un estado de emergencia bastará —comentó Zoryon
—¿Aún no tienes noticias de Avelindra? —pregunto Sidrion.
—Aún no —repuso el Rey Cuervo—. Pero le he dado instrucciones a uno de mis hombres para que elija a alguien de su equipo y...
El rey cuervo no terminó la frase.
—Acaban de morir otros dos. Con ellos, ya son diez bajas confirmadas, y hay veintidós más de los que no tengo certeza de su destino —dijo el Rey Cuervo con un tono sombrío y una ira contenida que apenas podía disimular.
El Rey Sidrion alzó la voz para dar por terminada la reunión. Aunque el futuro augurara un valle de sombras y muerte, su prioridad inmediata era atender el presente. Debía dar las órdenes para instaurar el estado de emergencia en todo el reino, reunirse con el director y los profesores, acudir a la ceremonia de bienvenida de los aspirantes, explicarles lo que estaba ocurriendo. Debía...
Unos pasos resonaron en el pasillo tras la imponente puerta de la sala. El rey bajó la mano, frunció el ceño, pero no pronunció palabra. De repente, la puerta se abrió de golpe, dejando ver la figura de una mujer esbelta, poderosa y altiva, que aparentaba no más de cuarenta años. Su uniforme plateado de batalla estaba mellado y sucio, y su cuerpo mostraba varias heridas visibles. Junto a ella caminaba una niña de unos doce años, con piel pálida y cabello largo recogido en trenzas que le llegaban hasta las pantorrillas. Vestía una túnica dorada con capucha y mangas largas y una falda corta decorada con patrones intrincados.
La mujer avanzó con paso firme, irradiando una energía imponente. Sin prestar la más mínima atención a los reyes presentes, se dirigió al cuarto asiento vacío y se dejó caer en él con decisión. La niña que la acompañaba permaneció de pie a su lado, su mirada inexpresiva y distante.
—Qué insolencia de su parte, caballeros —espetó la mujer con voz grave, pero cargada de ironía—. organizar una reunión para atender asuntos del Imperio en donde la emperatriz no está invitada.
El rey cuervo no respondió de inmediato, su ceño se arrugó y sus ojos negros se alzaron hacia ella, disparando una mirada que hubiera podido hacer flaquear a cualquier hombre, pero no a ella. Imperia, la llamada guardiana de la autoridad suprema, maestra de coronas, emperatriz de Eirialis.
ESTÁS LEYENDO
LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasiObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
