EXTRA: ¿Qué estoy qué?

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4 años después

Estaba inclinado sobre la encimera de la cocina, en su último intento por descifrar las instrucciones de una receta de galletas que, según Harry, "probablemente ni la abuela Carly lograría hacer comestible." Una montaña de harina cubría la superficie, junto con un bol que contenía una masa más pegajosa de lo esperado, realmente no se le daban las cosas dulces, pero quería intentar por lo menos.

—¿Cuánto tiempo más vas a fingir que esto es un éxito, Parker? Los Foster tienen chefs de renombre y tú insistes en convertir esta cocina en un campo de batalla —comentó Harry desde su puesto habitual, sentado en la isla con las piernas cruzadas, luciendo su típica sonrisa de suficiencia.

Él, con el delantal colgando torpemente de su cuello, se giró con una ceja arqueada.

—Algún día estas galletas serán perfectas y entonces tendrás que admitir que mi suerte está mejorando en la cocina. Mientras tanto, ¿quieres probar la masa o seguirás juzgándome desde ahí?

Harry abrió la boca como si fuera a replicar, pero lo cerró de golpe, frunciendo el ceño.  Se percató del cambio en su expresión y dejó la espátula, algo sucedía, lo había sentido, su Omega últimamente andaba extraño, pero no más de lo normal. Pero una sensación le había llegado, algo que no comprendía.

—¿Todo bien? —preguntó, acercándose.

Harry se encogió de hombros, como si nada hubiese pasado.

—Solo un poco revuelto, pero nada fuera de lo normal. Probablemente culpa de las tostadas que me preparaste esta mañana. Eres bueno manejando un coche, pero en la cocina eres un desastre.

Fingió indignación y le lanzó una bolita de masa, supuso que si él decía que no era nada, es porque no tenía importancia.

—Mis tostadas son obras de arte. Tal vez solo estás sensible.

La broma pasó desapercibida, porque en ese momento Harry se llevó una mano al estómago y su rostro palideció. De inmediato, dejando a un lado ese pensamiento de que no tenía importancia, viendo que tal vez si la tenía, y olvidándose de la cocina por completo, lo ayudó a bajar de la isla y lo guió al sofá de la sala. No era común que Harry se enfermara, en los cuatro años que lo conocía jamás lo vio pasar siquiera por un resfriado.

—Esto no es nada —insistió el pelirrojo mientras se dejaba caer—. Seguramente fue algo que comí.

Pero durante los días siguientes, el malestar persistió. Notó que Harry estaba más irritable de lo usual, algo preocupantemente extraordinario para alguien que ya tenía fama de ser un omega testarudo. Su apetito cambió, rechazaba comidas que antes adoraba y se antojaba de otras que ni siquiera le gustaban. A veces, lo encontraba mirando la nada, perdido en sus pensamientos.

—Harry, esto no es normal —dijo una noche mientras cenaban. O más bien, mientras él cenaba y Harry picoteaba un trozo de pan —. Deberías ir al médico.

—¡Estoy bien! —espetó Harry, pero incluso mientras lo decía, su voz no sonó convincente.

Sin embargo, la gota que colmó el vaso llegó una tarde cuando ambos estaban en el supermercado. Harry, en medio de un pasillo, se inclinó repentinamente contra el carrito, respirando profundamente.

—Eso es todo —declaró, dejando caer una caja de cereales en el carrito—. Vamos al médico ahora mismo.

—Por última vez, Jett, no necesito un...— Pero su protesta se quedó a medias cuando otro mareo lo hizo tambalearse.

En la clínica, Harry se mantuvo en silencio mientras el doctor hacía preguntas, aunque cada una parecía desconcertarlo más. En cambio, él, observaba a su pareja con el ceño fruncido, intentando descifrar por qué el omega parecía más incómodo con las palabras del médico que con los síntomas.

Un alfa sin suerteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora