—Lance —Ahkmenrah, apareciendo en la exhibición del caballero de brillante armadura, lo sorprende con su presencia cuando le llama. El caballero le estaba dando la espalda a la entrada, murmurando algo que el egipcio no logró alcanzar a escuchar, pero suponía que era algo importante; Lancelot se veía sumamente concentrado en ello.
—¡Su alteza! —el rubio se sobresalta cuando escucha al faraón, girando para verlo en la entrada de su espacio. De inmediato va hacia él, haciendo una pequeña reverencia que se ha acostumbrado a dar —¿Qué hace aquí?
—No estabas cuando desperté, así que me preocupe. —Ahkmenrah se había acostumbrado rápidamente a la presencia de Lancelot, aunque al principio le incómodo por su manera exagerada de tratarlo. Sin embargo, era inevitable no encariñarse con él una vez aceptabas su forma de ser. En lugar de pelear con él para que cambiara, sólo debía seguirle la corriente. Además... Ahkmenrah no lo iba a negar aunque tampoco lo iba a admitir en voz alta pero... le encantaba la atención que el caballero le brindaba especialmente a él. Fue un príncipe, sí, pero hace demasiado tiempo. Realmente ahora no tenía poder sobre nada, pero Lancelot lo trataba como si fuera un dios.
—Me disculpo, mi rey —el caballero hace otra reverencia. —Es que... Mis pensamientos me han distraído esta noche. —cuando se endereza, desvía la mirada. Siempre que cobraban vida, iba corriendo hacia la exhibición de Ahkmenrah para estar allí cuando despertara, pero esa noche...
—¿Es algo que quisieras compartir? —Ahk intenta indagar, pero el caballero escapa de él.
—No quisiera molestarlo, príncipe. —el rubio sale de la sala medieval para comenzar a caminar por los pasillos.
—Vamos, Lance —el egipcio lo trata de una manera informal, llegando a su lado con rapidez. —Puedes hablar conmigo. —dice. —Somos amigos ¿Cierto? —fuera de su teatro como caballero y príncipe, Ahkmenrah apreciaba a Lancelot como algo más que un súbdito. Y esperaba que fuera igual para Lance, aunque él se tomara en serio todo aquello de ser su cabellero.
Deteniéndose de golpe en un pasillo vacío, frente a una ventana que da vista al cielo estrellado de esa noche, Lancelot toma un gran respiro que preocupa a Ahkmenrah. —Ese es el problema. —el rubio dice. —No quiero ser su amigo. —luego agrega con una expresión demasiado seria para el gusto del egipcio, quien frunce el ceño ante las palabras del caballero.
¿Qué intentaba decir Lancelot con eso? ¿Estaba cansado de "servirle"? —La- Lancelot —a Ahkmenrah le tiembla un poco la voz. —Si he hecho algo para molestarte —inicia —Pido perdón. —no quería perder la amistad de Lancelot, era de las pocas "personas" que hablaban con él. Se había acostumbrado a su presencia, le encantaba estar con él, escuchar sus historias, enseñarle sobre el mundo real. Había tanto que le gustaba de Lancelot, no sólo la atención o la compañía. —Yo... cambiaré lo que te disguste de mi.
—¡No! —Lancelot se alarma por las palabras de Ahkmenrah, quien había malinterpretado sus palabras. —Nada me disgusta de usted —dice menos alterado por la idea de hacer sentir mal a Ahkmenrah. —En realidad... es todo lo contrario.
—No entiendo.
Apretando su mandíbula, pide valor para poder seguir hablando. Ahora era demasiado tarde para hacer como si no hubiera dicho nada. Era el momento, después de todo. Estuvo semanas pensado en si debía decirle a Ahkmenrah o no lo que estaba pasando. —A- Ahkmenrah —Lancelot dice el nombre del egipcio, lo que le sorprende. —Me gustas. —finalmente dice.
Y Ahkmenrah sonríe, así que Lancelot siente un pequeño alivio. Uno de sus miedos era que el hombre ante él se ofendiera, que le rechazara de una forma cruel al no ser considerado digno como pretendiente. —Lance, a mi también me gustas. —el egipcio dice con más simpleza. —Me agrada estar contigo, pero ¿eso qué tiene que ver con no ser amigos?
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