—¿Puedo besarte? —la pregunta toma por sorpresa a Ahkmenrah, quien sentado en una de las bancas en el área verde del museo, estaba hablando sobre las estrellas que se podían ver esa noche antes de que Lancelot soltara aquello. Fue completamente inesperado, de golpe, incluso el caballero lucia desconcertado por lo dicho. —Es... Es decir... Yo... —levantandose de golpe, el rubio lleva sus manos al cabello, angustiado por no saber cómo salir de esa situación. Su boca habló por hablar, sus palabras salieron sin permiso, pensando imprudentemente.
Como cada noche desde que se auto proclamó el guardia personal de Ahkmenrah para saldar su deuda por casi asesinarlos a todos, Lancelot fue en su búsqueda al área egipcia del museo, esperándolo pacientemente antes de pasear por las instalaciones. A veces escogían un lugar para pasar las horas, como habían hecho esa noche. Y emocionado por el cielo lleno de estrellas, Ahkmenrah comenzó a contarle lo que sabía sobre ellas.
Siempre tenía algo para decirle sobre el basto conocimiento que poseía, enseñándole mucho sobre la actualidad, sobre la realidad. Lancelot lo apreciaba aunque algunas cosas le costaba entenderlas. Ahkmenrah, en lugar de molestarse con él por lo que hizo, le perdonó. Le tendió una mano cuando el resto le dio la espalda, sonriéndole con amabilidad. Conmovido por eso, le prometió que le protegería con su vida.
Respetaba a Ahkmenrah, le admiraba de igual magnitud, lentamente formando un vínculo con el príncipe. No era como ninguno que hubiera conocido antes, era radiante como el oro que colgaba de sus prendas, las cuales lucia a la perfección. Lancelot nunca había visto algo como Ahkmenrah, con costumbres tan diferentes. Inevitablemente comenzó a sentir algo especial por el faraón, admirando su sabiduría, su lado divertido, sus sonrisas adorables, su mirada profunda, sus curvas llamativas que hipnotizan al simplemente caminar.
Ahkmenrah era la Ginebra de su historia, era el tan anhelado Cáliz de Oro que todos querían poseer. Era una belleza exótica de la que no podía parar de pensar. Lo anhelaba, lo deseaba como el agua en el desierto. Se reprendió por pensar así, pero era sólo un hombre. Por eso, cuando vió a Ahkmenrah con la mirada perdida en las estrellas, brillando más que ellas mientras hablaba con emoción, no pudo evitar pensar cuánto quería besarlo.
—Perdoname —Lancelot cubre su rostro para ocultar la vergüenza además del miedo. —He dicho algo completamente inapropiado. —sabe que ha arruinado las cosas entre ellos, que su incorregible corazón a complicado su relación. El silencio que se forma se lo confirma.
Sin embargo, no podría estar más equivocado.
—Lancelot —Ahkmenrah pronuncia con suavidad, haciendo acelerar los latidos del corazón del caballero, quien se niega a moverse aunque quiera salir corriendo de allí. —Mirame —el faraón pide mientras se levanta del asiento, acercándose al rubio que sigue cubriendo su rostro, negando con la cabeza ante su petición. Entonces Ahkmenrah se burla soltando una risita, alzando sus manos para tomar las de Lance, apartandolas de su cara. El toque, cálido para el caballero que esa noche no lleva su armadura, le eriza la piel. —Mirame —el egipcio vuelve a pedir cuando se da cuenta de que Lancelot a cerrado incluso sus ojos.
—Perdoname —repite con arrepentimiento.
—Besame —por otro lado, Ahkmenrah lo ignora, enfocado en lo que desencadenó ese momento entre ellos.
—¿Qué? —desconcertado, pensando que escuchó mal, Lancelot finalmente ve a Ahkmenrah, quien sigue sosteniendo sus manos entre ellos.
—Besame —Ahkmenrah se acerca un paso, tensando al rubio que se mantiene firme en su lugar. —Tienes mi permiso —dice —Puedes besarme.
Ahkmenrah no ha sido ciego al encanto natural de Lancelot, es un hombre guapo con muchos atributos cuando le dabas la oportunidad de demostrarlos correctamente. Había pensado en él como un buen amante, más no profundizó en aquello por respeto a la relación que mantenían. No creía que Lancelot pudiera verlo de esa manera.
—¿Estás seguro? —el caballero duda.
—¿Debería insistir más? —Ahkmenrah pregunta con una mirada tentadora —¿Rogar?
—Nunca, su alteza —Lancelot susurra sólo para ellos —Porque haré todo lo que me pida sin cuestionarlo. —acto seguido, sin decir más palabras, se inclina para besar los labios del príncipe que ha deseado las últimas noches. Es un poco tímido al principio por parte de ambos, un suave toque de reconocimiento antes de volverse algo real, algo que ambos han estado esperando sin saberlo.
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