Periodo Edo. Una infante de corta edad, es entrenada cruelmente por su padre, para ser un samurai. Al ser la primogénita, y no haber nacido como varón, su trato era injusto. Si no hasta que decide huir y tratar de llevar una vida lejos de maltratos...
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En otro lado, Akira regresó al lugar de encuentro después de cinco días como habían acordado, para verse con su obsesivo padre. Cuando llegó, el samurai ya estaba ahí, afilando la hoja de su gran katana, así que sólo se acercó en silencio hasta él, sin perturbar lo que hacía.
—¿La encontraste?— preguntó sin preámbulo.
—No, padre...— contestó con seriedad. —Recorrí detenidamente los dos pueblos cercanos, y no hallé rastro de mi madre o hermana— el guerrero mira el brillo de su espada recién afilada. —Y tú, padre, ¿Las hallaste?
—¿Crees que te estuviera preguntando si las hubiera hallado?— el joven bajó la mirada. —No seas estúpido.
—Lo siento, padre...
—Sin embargo... Sé de un sitio donde podrán ayudarme— dicho comentario hizo que su hijo levantara la vista.
—¿Qué sitio, padre?— le miraba con atención.
—No lo sé con exactitud, sólo escuché que ayudan a las personas, creo que hay un hombre milagroso allí.
El joven samurai sintió su corazón acelerarse, supo inmediatamente que se refería al hogar de Doma, dónde su madre estaba. Debía hacer todo lo posible por evitar que fuera, inventar una mentira o algo parecido y lograr que cambie de idea.
—¿Te refieres... Al templo?— lo dijo como si ese lugar no fuera importante.
—¿Templo? ¿Conoces ese sitio?— centró su atención a Akira.
—Sí, no es lo que tú crees, padre...— habla sin titubear. —Es un templo donde se dedican a curar personas, y a los desafortunados que no tienen hogar.
El samurai escuchó con detenimiento, sin dejar de mirar a su joven vástago, y Akira sabía perfectamente que su papá buscaba algún indicio de mentiras, pero lo supo disimular bien.
—También oí acerca de ese lugar, así que fui averiguar... Pero ahí no ayudan a rastrear ni buscar personas, padre. No servirá de nada que vayas...
—Mierda...— se quedó pensativo. —Como sea, iré a preguntar a ese famoso templo.
El hombre enfundó su arma y empezó a caminar en sentido contrario, por donde Akira llegó. El chico sabe que si su despiadado padre encontraba a su mamá, estando aún de día, la segunda superior no podría salir a protegerla como debe ser, ya que su progenitor mataría a todos los sirvientes y a quien le impidiera acercarse a Himeno, con tal de tenerla en sus manos.
—¡No, padre, no vayas!— lo sujetó del brazo para detenerlo.
—¡Qué putas pasa contigo! ¡Suéltame!— le da un fuerte puñetazo en la boca. —¡No me vuelvas a alzar la voz, maldito mocoso!
Akira retrocedió unos pasos ante el golpe, colocando su mano en la boca, sintiendo la sangre escurrir de sus labios. No le devolvió el puñetazo ni le contestó, desde de todo, él es su papá y debía respetarlo, no obstante, eso no significaba que no se enojó ante el putazo que le dió.