Periodo Edo. Una infante de corta edad, es entrenada cruelmente por su padre, para ser un samurai. Al ser la primogénita, y no haber nacido como varón, su trato era injusto. Si no hasta que decide huir y tratar de llevar una vida lejos de maltratos...
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A la mañana siguiente, Himeno despertó estirando su cuerpo, estaba arropada y Muzan ya no se encontraba a su lado. Por un momento creyó que había sido un sueño muy loco, pero al sentir su piel desnuda y un poco de dolor en su cadera, reiteró que todo fue real.
Inmediatamente se ruborizó al recordar lo sucedido, le vino a la mente el cómo la abrazó por la espalda y besó su cuello, de cómo él masajeó sus senos con delicadeza y a la vez con lujuria... Pero lo más increíble, fue el que la hizo suya totalmente, y ni siquiera el machista de su ex esposo la tomó de esa manera, como lo hizo Kibutsuji.
Ella recordaba que sólo había tenido relaciones con el samurai para procrear a sus dos hijos, y nada más, desde un principio supo que ese matrimonio era vacío y sin sentimientos. Y a decir verdad, es este instante se mostraba muy confundida, se preguntaba el por qué el malvado e infame rey de los demonios habrá decidido a intimar con ella. ¿Qué lo impulsó? ¿Acaso vendría para repetir? No tenía respuesta.
Dejó de divagar en su océano mental, y se levantó de la cama, tomó una refrescante ducha y se arregló con uno de sus elegantes kimonos, para empezar a preparar un poco de té y el almuerzo.
-Mamá- dijo alegre al entrar a la cocina, acababa de llegar a visitar a su madre.
-Hola, cariño, ¿Tienes hambre? El almuerzo está listo- le sonrió.
-¡Sí! No podría negarme a tu comida, mamá- observó lo que su mamá preparó. -¡Oniguiris!- se emocionó.
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-Sé que son tus favoritos, vamos a almorzar.
Himeno puso la comida en la mesa, y ambas mujeres comenzaron a degustar el almuerzo mientras conversaban alegremente. Satoru amaba la que ella cocinaba, y desde que era una infante que no los disfrutaba, y ahora, tenía todo el tiempo para deleitarse con sus platillos.
Sin embargo, cuando la espadachín terminó de lavar los platos, observó algo inusual en la sala principal, algo que la hizo acercarse a la mesita de centro y tomar la prenda que se encuentra encima. Se trataba de un fino saco negro para caballero, y sólo conocía a un hombre que usaba uno como ese.