Io sabía ahora que, después de la escuela, Cade y sus amigos normalmente se iban juntos por ahí. Lo que no sabía era a dónde iban los chicos como ellos para pasar el tiempo. Dudaba que el parque de patinaje fuera su único destino. Y su horario y lo apartados que quedaban los colegios de ambos le impediría llegar a tiempo para encontrarlo a la salida de su colegio...; eso, si quisiera encontrarlo, claro.
A menos que faltara... Pero si Logan no lo había molestado demasiado la semana anterior por desaparecer casi todo el día, sí que comenzaría a hacerlo si empezaba a recibir llamadas de sus maestros. Por lo que la semana en que Cade se reintegró a clases, Io comprendió que las tardes juntos se habían terminado... y que no podía hacer nada al respecto. Aunque... no era como si eso le importara demasiado. Volvería cada uno a su vida normal y ya.
La situación en su propia casa se mantuvo tranquila. Su padre mantenía su palabra y acudía a su trabajo sin retrasos ni faltas. Por las noches llegaba relativamente temprano y se iba a dormir a su cuarto. En cuanto a Logan, había comenzado a trabajar en una estación de gasolina hacía tres días y no parecía que anduviera metido en nada deshonesto. El convenio tácito de no entrar nunca en conversación se mantenía entre su hermano y su padre, pero ahora al menos toleraban la presencia del otro.
Aún así, Io no se sentía nunca del todo tranquilo; en especial cuando Logan y su padre coexistían en la misma habitación. Cada gesto, cada movimiento, cada respiración lo ponía en extrema alerta. Como si de una casa de naipes se tratara, temía a que un movimiento equivocado, el menor soplo de aire..., fuera a derrumbarlo todo.
Sabía que era cosa de tiempo... Que la calma no duraría mucho antes de que se desatara otra tormenta.
Por otro lado, aunque su pequeña familia de tres estuvo reunida en casa más tiempo que de costumbre, fueron días solitarios después de las clases. Io se sorprendió extrañando las tardes que había pasado en el «barrio pijo». Y no solo por la comida, los ambientes ventilados y frescos, el aroma a limpieza y la luz que inundaba la casa de Cade. Odiaba admitirlo... pero extrañaba su compañía y su charla; sus bromas estúpidas, su tarareo odioso y su sentido del humor bobo de maestro suplente.
La noche del viernes, cuando su hermano ya se había tendido en cama para dormir; con la ropa del día puesta y cubierto tan solo por el viejo edredón, como era su costumbre —Logan siempre estaba en alerta, listo para correr; incluso cuando dormía—, su teléfono móvil vibró sobre la mesa auxiliar.
—Voy a matarlo... Le dije que hoy no... —le escuchó refunfuñar.
La luz azulina de la pantalla delineó por un momento los duros rasgos de su hermano, antes de que este bajara el móvil a la mesa y se diera la vuelta para seguir intentando dormir.
Pero entonces, el aparato volvió a vibrar.
—¡Hijo de...! —siseó Logan y respondió la llamada—. ¿Quién coño habla? —Y luego, acribilló la pantalla táctil con el dedo para ponerlo en silencio y lo devolvió a su sitio de un golpe—. La puta que los parió...
—¿Es Jhonen?
—Número desconocido. A estas jodidas horas...
Io sintió que sus entrañas se estremecían con un retortijón. Tuvo una corazonada y rogó por estar equivocado. Por otro lado, le extrañó que Logan se hubiese acostado temprano un viernes.
—¿Trabajas mañana? —intentó digresar—. Es sábado.
—Ya ves. A ver si duro otra semana haciendo esta mierda...
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Bajo los Sauces
Ficção GeralA la sombra de los sauces florece una inusual amistad. Tras conocerse en circunstancias inusuales, Cade, un muchacho solitario, emprende una odisea personal para rescatar al temperamental Io del triste mundo de su padre alcohólico y su problemático...
