22. Sin Recuerdos

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Cade se dejó llevar dócilmente.

Protestó por el trayecto entre palabras ininteligibles y avergonzadas. Pero Io lo ignoró. Y en cuanto lo tuvo frente a la abertura de la tienda, le propinó un empujón dentro de ella, derribándolo con facilidad encima de los sacos de dormir.

Después entró él, cerrando el cierre de la lona a sus espaldas. Afuera ya no había más ruido, y las últimas brasas de la fogata parecían haberse extinguido, pues ninguna clase de luz se filtraba a través de las paredes de la tienda.

Cade intentó erguirse en su lugar, pero falló y se desplomó otra vez de modo aparatoso.

Io se hincó en el suelo y encendió la linterna. No iluminaba tanto como la que había roto, pero al menos lo suficiente para no estar en completa penumbra.

—Ahora acuéstate a dormir, o harás que te golpee.

Cade guardó silencio. Se había acomodado con los brazos echados sobre las rodillas como un niño pequeño y tenía la vista en el suelo.

—Io... —masculló, sin levantar la cabeza—, lo que oíste allá afuera...

—No tienes que explicarme nada. —lo corto Io—. Menos... contigo en este estado.

Aquello arrancó a Cade una sonrisa y alzó solo allí el rostro.

—Oh, vamos... ¿Cuál estado?

—Estás completamente borracho.

—Mira quién habla —se defendió Cade—. ¿Recuerdas cuando tú te emborrachaste en Halloween y yo te cuidé?

Io le clavó una mirada de pocos amigos y le dio un empujón que volvió a tumbarlo en el suelo.

—Lo que sea; métete en tu saco y duérmete ya.

Sin que sus palabras tuvieran efecto, Io intentó rodarlo por el suelo de la tienda hacia su saco de dormir.

—¡Ya! ¡Muévete! Qué fastidioso eres.

Cade se retorció entre risas, sin cooperar y al final, exhausto, Io se rindió con un gruñido exasperado.

—¡Bien! Entonces vete a la mierda. Yo sí me voy a dormir —dijo, y se metió en su propio saco—. No hagas ruido. Y apaga la luz cuando...

—Hablo en s-serio, Io... —Volvía a oírse mortificado—. Yo... no fui del todo honesto contigo antes. M-me refiero a... a D-Destiny.

Io se subió las cubiertas del saco de dormir hasta la barbilla y se ovilló.

—... Te dije que no tienes que explicarme nada.

—Te hice una promesa esta tarde.

A pesar de la ebriedad, esa sola frase sonó extrañamente articulada. Io se mordió los labios y respiró lento por la nariz.

—Ya lo sé —masculló—. Pero... si me dices cosas ahora, cuando estés sobrio te vas a arrepentir.

—¿Experiencia propia? —Cade se carcajeó débilmente.

Io guardó silencio. Lo era. Su padre solía arrepentirse de las cosas que hacía o decía mientras estaba borracho, una vez sobrio. Eso... cuando podía recordarlas.

—Duérmete ya.

Le cayó inesperadamente todo el peso del cuerpo de Cade cuando este se le echó encima, igual que siempre, y lo aplastó contra su saco de dormir.

Bajo los SaucesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora