—¡¡Cade!!... Resiste... ¡Resiste, Cade! ¡Quédate conmigo!... ¡¡Nathan!!
—Estoy llamando... ¡Estoy llamando, maldición!... ¡¿Cuántas tomó?!
—No lo sé... ¡¡No lo sé!! Hay dos en el frasco... Oh, por dios... ¡Por dios, no!... Cade... ¡¡Cade!!
—... Estoy llamando... Estoy llamando... ¡¿Hola?! ¡Sí! ¡Nuestro amigo...!
***
Cuando el timbre resonó en el recibidor, enviando ecos por toda la casa, Cade se incorporó de un sobresalto y escaneó los alrededores sin recordar en dónde estaba ni en qué momento se había dormido.
Las voces agitadas de sus amigos se desvanecieron a aquel lugar en su cabeza al que sus pensamientos tenían vetada la entrada, pero al cual se escabullían a veces entre sueños, cuando bajaba la guardia; recogiendo fragmentos de memoria a los que no tenía acceso de otro modo. Eran vívidas al despertar... pero siempre se le emborronaban poco después, y volvían a su confinamiento.
Estaba tendido sobre su cama desecha, y la habitación estaba a oscuras, por lo que supuso que debía ser tarde. El frasco anaranjado seguía abierto junto a su almohada. Cade se incorporó con cuidado, sin ponerles atención a las píldoras que se habían derramado, y giró sobre su cama para alcanzar el vaso de agua en su mesa de noche.
Tenía la boca seca y pastosa, el cuerpo pesado, y estaba tan mareado que incluso el movimiento de empinar el vaso, aun cuando sentía que se movía en cámara lenta, hizo que la visión le diera vueltas.
Miró la hora en su móvil. El resplandor de la pantalla era tan suave que apenas iluminó el espacio, pero aun así le hizo doler la cabeza. Eran pasadas las dos de la mañana. De manera que había dormido alrededor de nueve horas de corrido...
Tenía varios mensajes de sus amigos. Leyó primero los de Alex:
«¿Todo bien, bro? Llámame cuando llegues a casa».
«¿Llegaste a casa?»
«??»
«Si quieres desahogarte o mentarle la madre a alguien juntos, mensajéame. O llámame, prometo responder, solo porque eres tú. 😘»
«En serio, bro, háblame...».
«De acuerdo, nos vemos mañana... ¡Te quiero!».
Dos mensajes de Gwen:
«¡Hola! ¿Cómo estás?»
«A decir verdad... no te veías muy bien hoy, por eso te lo pregunto. Si necesitas contárselo a alguien, puedes hablar conmigo».
Y después, un único mensaje de Nathan.
«No sé qué haya pasado, pero aquí estoy». Escueto, pero sincero.
¿Había sido tan obvio? Odiaba preocupar a sus amigos, y estaba seguro de haber hecho una buena actuación ese día en la escuela. Pero al parecer lo conocían demasiado bien. Eso... o tal vez se habían vuelto demasiado buenos a la hora de advertir la más mínima señal de alarma en él. Al menos agradeció que no hubieran considerado necesario ir hasta su casa.
Hasta donde sabían sus amigos, su madre seguía allí. Cade omitió decirles que se había escabullido el sábado fuera de la ciudad apenas la oportunidad se le presentó para una consulta sobre un posible nuevo proyecto. Y que él se hubiera negado a salir el fin de semana con la excusa de pasar tiempo con ella lo hizo creíble.
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Bajo los Sauces
General FictionA la sombra de los sauces florece una inusual amistad. Tras conocerse en circunstancias inusuales, Cade, un muchacho solitario, emprende una odisea personal para rescatar al temperamental Io del triste mundo de su padre alcohólico y su problemático...
