25. El Lugar que Duele

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En el trayecto al centro comercial, Io intentó distraerse de sus propios nervios observando los ligeros copos que flotaban en el aire del otro lado de la ventanilla del autobús.

Los últimos cinco días la nieve no había dejado de caer, de manera que las clases se habían suspendido los días jueves y viernes. La tormenta finalmente había cedido el sábado, y para el domingo no caía más que una ligera nevada.

En la cabina oscura del autobús viajaba poca gente. Salvo ellos dos, sentados en la última fila, el resto de las personas se ubicaba hasta el frente, en los asientos delanteros.

Io trasladó la vista del cielo al paso de las casas engalanadas para las fiestas; las luces coloridas colgando de las fascias de los techos, las guirnaldas de espumillón que envolvían cada poste y las coronas adornando cada puerta.

La mañana estaba helada, incluso a bordo del vehículo. Io se encogió de hombros y se cerró la chaqueta prestada de Alex hasta el cuello. Cade no mentía cuando dijo que solía olvidarlo todo en su casa y fue una suerte; de otro modo, no hubiese tenido con qué vestirse en esos días lejos de casa, cada vez que lavaba su ropa.

Cade se quitó la bufanda y le envolvió el cuello con ella. Después le rodeó los hombros con su brazo y lo atrajo hacia sí.

—¿Tienes frío?

Io se sorprendió, pero no se apartó. Tampoco le preocupó que alguien los viera así; nadie al frente parecía interesado en ellos.

Recordó su primer viaje juntos en autobús y se preguntó en qué momento esa clase de gestos se habían vuelto tan naturales entre ellos; de qué manera las cosas habían llegado a ese punto... y pensó también en lo cerca que habían estado de que todo hubiera sido muy diferente.

Se subió la bufanda al rostro, por encima de la nariz helada, y aspiró; estaba tibia, pero no solo eso: tenía el aroma de Cade.

El mismo que había estado respirando los últimos días y el que nunca parecía alcanzarle; por más cerca que lo respirara, sin importar cuan profundo lo inhalase.

Luego de la difícil revelación de Cade y de aquel abrazo doloroso y desesperado frente a la ventana, el cual a Io le parecía que había durado horas —y, aun así, jamás el tiempo suficiente—, Cade había sido el primero en apartarse. Al hacerlo ya no lo miraba, y el aspecto en su rostro al hurtarle la vista parecía el de alguien atrapado en algo prohibido y vergonzoso.

Io no llegó a saber qué pasaba por su cabeza en ese momento; Cade no se lo dijo. Después de eso se fueron a dormir en silencio, cada uno con sus pensamientos.

¿Por qué siempre que parecían a punto de llegar juntos a una misma conclusión, uno de los dos dudaba?

Esperó hasta estar seguro de que Cade se había dormido y abrió los ojos para contemplarle hacerlo. Aun cuando hacía solo unos instantes que —aterrorizado de que los hilos frágiles que habían unido su destino pudiesen cortarse incluso entonces— Io se había estrechado contra él sin miedo, no halló el valor que hubiese deseado esa noche para meterse entre sus brazos y dormirse sobre su pecho.

Y tampoco lo hizo las noches siguientes; aunque cada hora que pasaba tendido a su lado le hacía ansiarlo más cerca.

Aspiró otra vez la lana de la bufanda y se acurrucó contra él.

—¿Te gusta?

—¿H-huh? —se sobresaltó Io.

Alzó la vista y se encontró con los ojos de Cade; como siempre, trabados en él, atento incluso a cada pestañeo. Se sorprendió con la cercanía de su rostro y la caricia de su aliento tibio al hablar le ardió sobre las mejillas.

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