Las ramas se agitaron en algún lugar de los alrededores.
Io quiso convencerse de que era el viento, pero sus manos se movieron por voluntad propia a sus oídos para bloquear el sonido y se ovilló.
Todo lo que podía oír ahora eran los sonidos que venían de su interior. Su respiración agilizada, sus latidos altos y el zumbido grave del aire atrapado entre sus tímpanos y sus palmas ahuecadas presionando sus orejas.
Con la cara entre las rodillas todo el calor de su cuerpo se concentró en el espacio entre su rostro y sus piernas, mientras que el resto de su cuerpo resintió el frío nocturno con intensos trémulos que entorpecieron su respiración.
No lograba sacudirse la sensación de que algo escalaría por sus piernas en cualquier momento y un hormigueo desagradable reptaba por su columna cada vez que sus pensamientos se detenían en esa idea.
Algo volvió a agitar los arbustos, ahora con la fuerza suficiente para que pudiera escucharlo aún a través de sus manos.
El miedo adormeció toda la sensación de su cuerpo, por lo que no supo diferenciar la penumbra de sus propios ojos cerrados, de la oscuridad nocturna.
Su primer impulso fue el de levantarse y correr, pero una mano mortalmente fría se cerró en torno a su muñeca y la resistencia al final de su brazo lo jaló de vuelta como un látigo, derribándolo de sus piernas temblorosas contra un cuerpo grande.
Io se congeló con los labios abiertos en un grito que no encontró en su pecho el aire necesario para emerger y que se convirtió en un sonido estrangulado en el fondo de su garganta.
—¡Io! —El sonido de su propio nombre lo alarmó—. ¡Soy yo!
Las luces que estallaron detrás de sus párpados le hicieron percatarse de que los apretaba con todas sus fuerzas, e Io abrió los ojos en cuanto la creciente tensión alrededor de ellos le hizo doler la cabeza.
Al virarse le cegó primero un intenso fulgor blanco. Después, el rostro suave de Cade apareció tras el rebote de la luz de la linterna de su móvil.
La mirada de ambos permaneció trabada en la del otro por un instante.
Entonces, Cade cerró la distancia entre ellos con una zancada que crujió sobre la hojarasca y lo estrechó fuertemente contra sí.
Io sintió que todos los huesos de su cuerpo se volvían de algún material blando y elástico, y que se amoldaban a las formas de Cade. Era sostenido en pie solo por su abrazo, pues la firmeza de sus piernas lo había abandonado.
—Por dios, Io... —Cade exhaló sobre su hombro un respiro que parecía llevar horas conteniendo—. ¡No sabes el susto que me diste!
Io intentó tragar saliva, pero su boca estaba seca y su garganta batalló para pasar un buche de aire.
Se vio obligado a asentar los pies en el suelo y sostenerse por su cuenta en el momento en que Cade lo apartó por los hombros para mirarlo. Su esqueleto volvía de a poco a ser sólido; aun así, se tambaleó sobre los talones.
—¡¿Estás bien?!
—Sí... —susurró él.
—¡Me desperté y habías desaparecido! ¡¿Qué viniste a hacer aquí?!
La luz de la linterna perfilaba ahora los rasgos preocupados de Cade. Io orientó el rostro lejos del resplandor para esconder en las sombras su expresión avergonzada:
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Bajo los Sauces
Ficção GeralA la sombra de los sauces florece una inusual amistad. Tras conocerse en circunstancias inusuales, Cade, un muchacho solitario, emprende una odisea personal para rescatar al temperamental Io del triste mundo de su padre alcohólico y su problemático...
