Si alguien te hubiera dicho que terminarías enamorándote del representante de clase más cuadrado, estricto y formal que jamás hayas conocido, probablemente te habrías reído.
Y sin embargo, ahí estabas. Sentada en la biblioteca de la U.A., con los apuntes abiertos y la cabeza inclinada apenas unos centímetros hacia la derecha... solo para poder ver a Tenya Iida mientras estudiaba.
Tenía una forma curiosamente intensa de leer. Las cejas fruncidas, los lentes deslizándose levemente por el puente de la nariz, los labios tensos como si estuviera a punto de regañar al libro. Era gracioso. Y un poco adorable. Ok, demasiado adorable.
—¿Estás prestando atención a la lectura o a mí? —preguntó de pronto sin apartar la vista del texto, pero claramente sabiendo lo que pasaba.
Te sobresaltaste.
—¡A la lectura! ¡Obvio!
Él alzó una ceja con ese gesto elegante, inquisitivo y ligeramente intimidante tan suyo. Pero luego sonrió. Una de esas sonrisas raras que lo transformaban por completo: suaves, sinceras... humanas.
—Me alegra saber que al menos una de las dos cosas capta tu atención —dijo.
Eres tú quien desvió la mirada esta vez, un poco más roja de lo que te gustaría admitir.
Tenya Iida era orden. Era reglas. Horarios. Disciplina. Pero había algo más que se escondía bajo ese marco rígido de rectitud: una ternura tímida, casi involuntaria, que aparecía cuando menos lo esperabas.
Como cuando te dejó un termo de té caliente después de una misión especialmente dura.
Como cuando notó que habías olvidado tu almuerzo y, sin decir palabra, partió el suyo por la mitad y te lo ofreció como si fuera lo más lógico del mundo.
—No puedes luchar con el estómago vacío —había dicho, mirándote con esa mezcla de firmeza y preocupación.
—¿Tú puedes?
—Eso no importa. Tú sí.
Con el tiempo, sus actos hablaron más fuerte que cualquier discurso sobre responsabilidad o justicia. Y tú, sin saber cómo, empezaste a buscarlo en los pasillos. A notar su risa cuando Midoriya decía algo torpe. A escuchar cómo se le quebraba la voz cada vez que hablaba de su hermano.
Tenya Iida era más que rectitud. Era profundidad. Y empezabas a caer.
Una tarde, después del entrenamiento, terminaste quedándote atrás por una torcedura en el tobillo. Nada grave, pero molesto. Estabas tratando de no cojear visiblemente cuando escuchaste pasos rápidos detrás de ti.
—¡Espera!
Iida apareció con su uniforme aún arrugado y los lentes empañados por el sudor.
—¿Estás bien? Vi que no saliste con los demás.
—Ah, solo un mal paso. Estoy bien, de verdad.
Él te observó con detenimiento, como evaluando si era una verdad o una de esas mentiras piadosas que uno dice para no preocupar a los demás.
—Déjame ayudarte.
—Puedo caminar, Tenya.
—No es cuestión de capacidad, sino de cuidado. —Su tono era tan firme como suave.
Y antes de que pudieras negarte otra vez, se acercó y te pasó el brazo por encima del hombro, apoyando tu peso sobre él. El gesto fue tan natural que te dejó en silencio.
Iida caminaba contigo despacio. Como si el mundo pudiera esperar.
Y tal vez, por primera vez en su vida, lo estaba haciendo.
El momento en el que te diste cuenta de que estabas enamorada fue mucho más simple de lo que esperabas.
Fue en la sala común, una noche de invierno. Tú habías terminado una misión bastante exigente. Estabas agotada, con un libro en las manos que ni siquiera podías seguir con atención. Entonces llegó él, con una bufanda extra en la mano.
—Escuché que estarás en vigilancia mañana temprano —dijo—. Hace frío a esa hora. Usa esto, por favor.
Lo dijo sin mirarte mucho. Como si fuera una orden, no una oferta.
Y aún así, el gesto fue tan considerado, tan tierno, que te rompió un poco por dentro. Porque nadie te había cuidado así en mucho tiempo. No de una forma tan callada. Tan honesta.
Y lo supiste.
Estabas jodidamente enamorada de Tenya Iida.
Pasaron semanas. De miradas sostenidas. De silencios cómodos. De gestos cada vez más obvios.
Y sin embargo, ninguno decía nada.
Hasta que una noche, mientras caminaban de regreso de una patrulla nocturna, sucedió.
Estaban solos. El aire era frío. Tus dedos rozaron los suyos por accidente y él no se apartó.
—Hay algo que debo decirte —dijo él de pronto, con la voz baja.
Te detuviste. Su rostro estaba tenso, pero su mirada era clara.
—Durante mucho tiempo pensé que el camino del héroe era recto. Una línea firme hacia adelante. Sin desvíos. Sin distracciones.
Tragaste saliva. ¿Y tú qué eras entonces? ¿Un desvío?
—Pero... tú me mostraste que no todo lo que se aparta del plan es una pérdida de rumbo —continuó—. A veces, detenerse. Mirar a alguien. Sentir algo... también es avanzar.
Tu corazón latía tan fuerte que no sabías si él podía escucharlo.
—No sé si esto es adecuado. O si debería decirlo. Pero me importas. Mucho más de lo que debería permitir. Y si me dejas, me gustaría aprender a equilibrar lo que siento por ti con el camino que he elegido.
Era tan suyo. Tan formal. Tan cuidadoso... y tan completamente hermoso.
—No tienes que equilibrarlo —respondiste, acercándote—. Solo tienes que sentirlo.
Y esa noche, entre los faroles de la calle y el frío del invierno, lo besaste.
Fue torpe. Lento. Pero lleno de verdad. Y cuando se separaron, Iida te miró como si acabara de descubrir algo más valioso que cualquier victoria.
Desde entonces, fue como un nuevo capítulo. Uno donde él seguía siendo el mismo: puntual, noble, brillante. Pero ahora te tomaba de la mano cuando nadie miraba. Te enviaba mensajes llenos de emojis mal usados. Se ponía nervioso cuando te veía con otro uniforme.
Y tú... tú te enamorabas más cada día.
Una noche, mientras lo esperabas en la terraza, le preguntaste:
—¿Qué es lo que más te gusta de mí?
Él se quedó pensando, serio.
—Tu capacidad para hacerme romper mis propias reglas —dijo finalmente.
—¿Y eso te gusta?
—Contigo, sí. —Te miró con esos ojos intensos y dulces a la vez—. Porque me haces querer crear nuevas reglas. Donde tú siempre estés incluida.
Las semanas se volvieron estaciones. Y aunque el mundo seguía siendo peligroso, el amor que crecía entre ustedes se convirtió en un refugio.
Iida aprendió a ser menos estricto consigo mismo. A reírse más. A permitirte ver sus errores sin esconderse.
Tú aprendiste a confiar más. A sentirte vista, querida, cuidada... sin condiciones.
Y así, paso a paso, como dos líneas que parecían opuestas pero que en realidad solo esperaban el momento de cruzarse... te enamoraste de él.
No con urgencia.
Sino con certeza.
Como el sonido de un nombre que uno aprende a pronunciar con el corazón.
Y en su caso, ese nombre era el tuyo.
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𝐁𝐍𝐇𝐀 | 𝐎𝐍𝐄 𝐒𝐇𝐎𝐓𝐒
Fiksi Penggemar! pedidos cerrados ¡ . . 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬 𝐁𝐍𝐇𝐀. Los personajes de este fanfic pertenecen a Kohei Horikoshi. Todos los derechos reservados. Prohibido el plagio o adaptación de este one shot.
