Capítulo 16

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Leia Clark

Hay una parte de mí que odia admitirlo.
Una parte terca, lógica, fría... que aún quiere controlar todo.

Pero desde que llegamos a esta casa, esa parte mía ya no manda tanto.

O por lo menos, no sola.

La habitación está en penumbra.

Megan y Alexander duermen profundamente, uno abrazando una almohada, el otro con un pie fuera de la cama como si estuviera flotando en su propio planeta.

Y Ailén, en su cama, está sentada con las piernas cruzadas, mirando su celular con el ceño fruncido.

—No contestes —le digo desde mi lado del cuarto.

—Ni siquiera abrí el mensaje —responde. Pero sé que miente. Está nerviosa. Tiene esa forma de morderse el labio cuando no sabe qué hacer.

—¿Vanessa otra vez?

—No, ahora es Sandra. La de contabilidad. Quiere saber si vamos a renovar su contrato.

—Es sábado a la noche. ¿Qué clase de persona normal pregunta eso un sábado a la noche?

—Gente que no vive en una casa con seis hombres que parecen sacados de un comercial de perfume.

Ahí sonreímos. Las dos. Al mismo tiempo.
Y en ese gesto compartido... ya no hay teléfono. Ni trabajo. Ni excusas.
Solo nosotras.

—¿Puedo preguntarte algo? —le digo después de unos segundos de silencio.

—¿Vas a hacerlo igual aunque diga que no?

—Siempre.

Ailén me lanza una mirada ladeada. Pero asiente.

—¿Te pasa lo mismo que a mí? —pregunto, sin rodeos.

Ella parpadea. Dos veces. Se queda quieta. Y baja la mirada.

Luego sube la vista. Me observa.

—¿Qué es lo que te pasa a ti?

—Que siento que esto... —hago un gesto vago con la mano, señalando la casa, el ambiente, ellos—... está empezando a importar más de lo que esperaba.
Ailén no responde de inmediato.

Y eso me dice todo.

Porque si hay algo que mi mejor amiga no sabe hacer, es callar cuando no siente nada.

—Sí —dice al fin. Su voz es baja. Casi un suspiro—. Me pasa lo mismo.

Me acomodo en la cama, girándome hacia ella, más cerca.

—¿Con todos?

—No sé. Con algunos más que otros. Pero... sí. Es como si me estuviera abriendo sin darme cuenta. Como si me gustara lo fácil que se vuelve todo cuando ellos están.

—¿Y eso te asusta?

—¿A ti no?

Pienso la respuesta.
La tengo.
Pero me cuesta decirla.

—No me asusta lo que siento —le digo, sincera—. Me asusta dejar de resistirme.
Ailén se queda callada, pero sonríe. Esa sonrisa chiquita, esa que se le escapa cuando la pillo en algo.

—Vi a Hades contigo hoy. Cortando madera.

—Sí, me enseñó. O al menos lo intentó.

—Se veía... muy cerca.

—Lo estaba.

—¿Y te gustó?

—Sí. Y eso me asusta también.

—¿Y Eros?

—Me hace reír. Me calma. Me provoca.

Todo junto.

—Adriel me hizo reír hoy —dice Ailén de repente—. Me susurró algo cuando perdí al Uno y... no sé. No era gran cosa, pero me sonrojé. Como una idiota.

—¿Y Ares?

—Me mira como si quisiera cuidarme y follarme a la vez.

Nos reímos. Suave. Por lo bajo. Como si fuéramos adolescentes contándonos secretos en una fiesta de pijamas.

—¿Esto está mal, Leia?

—No lo sé. Pero se siente bien. Y diferente. Y jodidamente confuso.

—¿Y si seguimos sin decidir?

—¿Y si no hay que decidir nada?

Se queda pensativa.

—¿Y si terminamos enamoradas de todos?

—Entonces habrá que ver si ellos también se dejan.

Mujeres KingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora