Ailén Wilson
La noche había caído sobre la mansión King, envolviéndola en un silencio que solo se rompía por el susurro del viento.
Después de todo lo que había pasado, necesitábamos respirar.
Descansar.
O simplemente... hablar.
Así que, tras asegurarnos de que Megan dormía profundamente, Leia y yo nos escabullimos a la terraza privada del segundo piso.
Una botella de agua para ella, una taza de chocolate caliente para mí, y la brisa fresca acariciándonos el rostro.
Leia se dejó caer pesadamente en el sofá grande, como si llevara encima el peso del mundo.
Yo me senté frente a ella, abrazando mis rodillas contra el pecho, y la miré.
Durante unos segundos, solo nos observamos. Sin decir nada.
Hasta que no pude más.
—¿Y bien? —pregunté, arqueando una ceja.
Leia me lanzó una mirada cargada de advertencia.
—¿Bien qué?
—No te hagas la tonta, Leia. Te vi cuando fui a buscarte. Te vimos todos. —Sonreí traviesa—. En el despacho. Rodeada.
Observada como si fueras un maldito tesoro perdido en una isla prohibida.
Ella soltó un bufido, intentando disimular.
Fallando miserablemente.
—No fue para tanto —protestó, cruzándose de brazos.
—Leia —dije, arrastrando su nombre como si fuera una advertencia—. Hades prácticamente te juró lealtad eterna. Ares te miraba como si quisiera ponerte su chaqueta encima y matar al primero que te respire cerca. Ander parecía dispuesto a escribir una tesis sobre ti. Y Adriel... —me llevé una mano al corazón, dramática—. Adriel te miraba como si fueras su próximo pecado favorito.
Leia se echó hacia atrás en el sofá, cubriéndose la cara con una mano.
—¿Puedes no exagerar, por favor?
—¿Yo? ¡Estoy siendo amable! —me reí.
Ella resopló, pero bajó la mano, mirándome directamente a los ojos.
—La verdad... no sé qué me pasa —confesó en voz baja—. No sé qué me pasa cuando estoy con ellos.
Me acomodé mejor, abrazando una almohada.
—¿Qué sentiste? —pregunté suavemente.
Leia frunció los labios, buscando las palabras correctas.
—Como si... no tuviera que ser fuerte todo el tiempo —admitió finalmente—. Como si pudiera bajar la guardia... y ellos seguirían estando ahí.
La emoción se me apretó en el pecho.
Leia, mi Leia, la guerrera, la invencible... estaba empezando a confiar.
De verdad.
Tomé su mano sin pensarlo.
—No estás sola, Leia —susurré—. No aquí. No nunca más.
Ella me apretó la mano de vuelta.
Un gesto pequeño.
Pero para ella... significaba un mundo.
La miré, sonriendo traviesa.
—Y admitámoslo —añadí—. No es solo protección lo que quieren darte.
Leia rodó los ojos, pero una sonrisita involuntaria se dibujó en su boca.
—Cállate, Ailén.
—¡Es la verdad! —me reí
—¡Cállate! —repitió, riendo también, cubriéndose la cara.
Nos quedamos así, riendo, sintiendo que todo estaba, por primera vez en mucho tiempo... bien.
Pero entonces, me mordí el labio.
Porque yo también tenía algo que contarle.
Algo que... no sabía muy bien cómo soltar.
Respiré hondo.
—Leia...
Ella se detuvo, bajando la mano para mirarme.
—¿Qué pasa?
Me removí incómoda en mi asiento.
—Hay algo que no te he contado.
Su ceja subió en silencio.
—¿Qué hiciste, Ailén?
Tragué saliva.
Me lancé.
—Besé a Asher —solté de golpe.
Leia parpadeó.
Una. Dos veces.
—¿QUÉ?
—Y a Eros —añadí rápidamente, en un susurro.
El silencio que siguió fue tan absoluto que escuché claramente el sonido de mi propio corazón latiendo en mis orejas.
Leia me miró como si acabara de decirle que me había casado en Las Vegas.
—¿Me estás diciendo que besaste a Asher... y a Eros...? ¿En serio? —Su voz subió una octava.
Asentí, roja como un tomate.
—No fue planeado, lo juro. Solo... pasó.
Leia me miró como si tratara de decidir si reír o gritar.
Optó por reír.
Se echó hacia atrás, sujetándose el estómago de tanto reírse, mientras yo me tapaba la cara con ambas manos.
—¡No te rías! —protesté, medio avergonzada, medio divertida.
—¿Cómo no voy a reírme? —jadeó entre carcajadas—. ¡Eres increíble, Ailén! ¡Un récord! ¡Dos King en menos de veinticuatro horas!
Yo también empecé a reír, incapaz de contenerlo.
La risa se nos escapó en oleadas, limpiando toda la tensión, todo el miedo, toda la carga del día.
Cuando finalmente conseguimos calmarnos, nos quedamos mirando las estrellas.
Silencio cómodo.
Complicidad real.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Leia, girando la cabeza hacia mí.
Me encogí de hombros.
—No lo sé.
Supongo... que dejarme sentir.
Por primera vez en mucho tiempo, dejar de tener miedo.
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Mujeres King
Teen FictionEllas, mejores amigas de la infancia Ellos, hermanos de distintas madres ¿Que pasaría si dos de sus hermanos vinieran un día diciendo que han encontrado a la indicada, a la mujer con la que se casarán? ¿Y si en vez de una fueran dos? Desde hace ya...
